La muerte del ruiseñor | Perfil

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Con 20 gramos y un alto rango tonal, el ruiseñor macho alcanza un dominio que supera los cien tipos de estrofas diferentes. Sus composiciones artísticas incluyen variaciones de color únicas con notas agudas y profundos graves. Los silbidos acelerados pintan un in crescendo singular. Los ruiseñores no nacen sabiendo. El repertorio lo entretejen aprendiendo de los adultos en su entorno.

En un mundo distópico se desarrollan cajitas musicales, especie de dispositivos avanzados que se colocan en los cuellos de los ruiseñores con la capacidad de crear himnos majestuosos prescindiendo de sus labores naturales en el plano de la defensa territorial y conquista de pareja. El subterfugio decadente al confinamiento de la automatización elimina toda esencia del ser vivo. La nueva tecnología coarta la libertad creativa alejando el plano del esfuerzo al reducto maquínico.

Claramente podemos extrapolarlo a los seres humanos. El cónclave corporativo de Silicon Valley, epicentro mundial de tecnología e innovación gestado en el podio del oráculo de la inteligencia artificial (IA) se hizo de voluntades enteras a nivel individuo, sociedad y, lo que es más gravoso, gobierno.

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En El desierto de nosotros mismos, el filósofo francés, Eric Sadin analiza el condicionamiento del ejercicio de nuestro pensamiento y libertad: “La parte que hasta ahora se juzgaba como la más irreductible de nosotros mismos –nuestra riqueza subjetiva, la potencia de nuestra imaginación y nuestros poderes de acción- está destinada a ser dejada al margen en favor de artefactos concebidos para garantizar su relevo”. A largo plazo, continúa Sadin provoca una renuncia y hasta un olvido de todo aquello que nos constituía con total propiedad.

En Noviembre de 2022, con el lanzamiento de ChatGPT, los sistemas son capaces de llevar a cabo tareas intelectuales y creativas que anteriormente solo residían en el campo humano. El rol maquínico de autoría con la IAG –inteligencia artificial generativa- rompió la esencia misma de la singularidad humana. Perforación de fronteras intelectivas, imaginativas, laborales y hasta almáticas confluencian en la renuncia de nuestro yo y el saqueo del otro.

Pero ¿qué lógica opera detrás de toda esta avanzada tecnológica en tiempo meteórico? Bajo la cáscara del antropomorfismo con la obsesiva tendencia de atribuir cualidades, emociones, intenciones, características físicas humanas a cosas no humanas; se erige el santuario de la singularidad tecnológica de la mano del transhumanismo. La eugenesia tecnoliberal desfila pomposa en la construcción de un poder inhumano asediado por el capitalismo de vigilancia corporativo. La diversificación del universo de arquitecturas extractivas reclama para sí información detallada de nuestros torrentes sanguíneos, las conversaciones diarias, los desplazamientos, las preferencias y uso del tiempo libre. El excedente conductual genera un alto nivel predictivo. Shoshana Zuboff en La era del capitalismo de la vigilancia, denomina como el Gran Otro al aparato cumputacional conectado que transfiere, convierte, monitoriza, computa y modifica la conducta humana. Se trata del reemplazo de la ingeniaría de las almas por la ingeniería de la conducta. “Al Gran Otro no le importa lo que pensemos, sintamos, o hagamos mientras sus millones, billones y trillones de ojos y oídos sensitivos accionadores y computacionales puedan observar, convertir, datificar e instrumentalizar las inmensas reservas de excedente conductual que se generan en el galáctico alboroto de conexiones y comunicaciones”.

Las IAG funcionan como expertos en predicción estadística entrenadas a partir de gigantescos volúmenes de datos. Lo que existió tiene fuerza de ley: lengua, imagen, música. Esta ecuación empobrece todo nuestro ecosistema de vida dando fin a la capacidad inventiva humana.

Se buscó sintetizar labor, contar con más tiempo libre, delegación como facilitador. Lo que nadie se esperaba es que ese agente artificial se ocupara piano piano de matar al ruiseñor.

* Politóloga. Socióloga UBA.

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