Un equipo argentino avanza entre las vigas de un edificio venezolano con víctimas de una fiesta infantil
TANAGUARENA, Venezuela.– El edificio OPP-25 de Tanaguarena, 40 kilómetros al noreste de Caracas, parece una construcción de cuatro pisos. Pero no lo es. Los otros ocho permanecen enterrados bajo una montaña de hormigón. Durante los terremotos, la tierra se hundió y solo sobresale una parte de la estructura.
Debajo quedaron departamentos, pasillos, escaleras y una barbería, entre otros locales, convertidos en un laberinto de cemento comprimido. Sobre esa superficie irregular, donde antes había doce plantas de viviendas, avanzan los rescatistas argentinos del Cuerpo de Evacuación y Primeros Auxilios (CEPA), que desde el primer día de la tragedia trabajan en el punto donde creen que aún quedan decenas de personas.
Entre los escombros aparecen pequeños recordatorios de que allí hubo vida hasta hace apenas unos días. Un peluche cubierto de polvo asoma entre bloques de concreto. Un boletín de calificaciones quedó atrapado entre restos de mampostería. Más allá, un papel escrito a mano todavía conserva un mensaje: “Feliz día, papi”. Los brigadistas caminan sobre esas escenas durante horas.
“Acá en la tragedia es muy duro porque identificás las habitaciones de las personas. Es durísimo poder ver y entender quién vivía ahí, dónde vivía un músico, dónde vivía una familia con niños, ver las cartucheras, las habitaciones, un cartel que dice ‘Feliz día, papi’. Estamos todo el día subidos a los escombros viendo ese tipo de cosas”, dice Cristian Luccisano, uno de los integrantes del equipo argentino.
CEPA llegó a Venezuela y fue destinada de inmediato al OPP-25, uno de los edificios donde se concentra la mayor cantidad de víctimas. El despliegue no tardó en comenzar.
Durante el recorrido por el edificio, el ruido de varios taladros y grúas que trabajan al mismo tiempo no se detiene. A pocos metros funciona una vivienda utilizada como punto de resguardo temporal de los cuerpos que van recuperando antes de entregarlos a sus familiares o a las autoridades, bajo un protocolo que impide filmaciones y busca preservar la intimidad de las víctimas.
Cada pocos metros, un brigadista desaparece debajo de una losa mientras otro permanece tendido sobre el hormigón, con medio cuerpo dentro de un hueco apenas más ancho que su cuerpo. Afuera esperan sus compañeros, atentos a cualquier movimiento, con las herramientas listas para continuar apenas reciban una indicación. Sobre los escombros descansan motosierras , martillos y palancas. Nadie habla más de lo necesario. En un edificio que todavía puede moverse por sí mismo (o con una réplica de los terremotos), cada ingreso debajo del cemento exige avanzar despacio y medir cada paso con concentración.
Uno de los sectores donde trabajan este día concentra toda la atención. Debajo de una enorme viga creen que permanece atrapada una niña. Su abuelo espera desde hace días junto a los brigadistas. Ya logró sacar con vida a su esposa y a su hija tras el derrumbe, pero todavía falta su nieta. Con un casco, unos guantes y una maza, trabaja como un rescatista más, sin importar los cortes, el polvo o el riesgo de caminar sobre estructuras inestables.
Quien acaba de salir de un estrecho túnel abierto entre dos losas es Daniel Iglesias, otro de los integrantes de CEPA. Lleva el rostro cubierto de polvo y todavía recupera el aire después de permanecer casi media hora debajo de los escombros.
“Habré estado 20 minutos, 30 minutos. Lo que pasa es que con este calor el esfuerzo físico se potencia”, dice.
La operación apunta a mover una enorme estructura de hormigón.
“Estamos intentando sacar una viga que está aprisionando un artefacto de cocina. Detrás de eso, posiblemente haya una cama con una niñita. Su abuelo está siempre acá con nosotros, solicitándonos que lo asistamos en esta tarea. Hoy nos pusimos como objetivo poder recuperar a esa nieta que este hombre nos está pidiendo”, relata.
La desesperación de las familias también sorprende a quienes llevan años dedicados al rescate.
“Es increíble cómo la gente con solo una maza hace un hueco gigante que a nosotros nos llevaría horas. Ellos están ahí, y le dan y le dan hasta que abren un agujero intentando buscar a su familia. Es increíble”, agrega Daniel.
A unos metros, el jefe del operativo, Esteban Chalá, intenta explicar la dimensión de lo que fue ese edificio antes del colapso.
Hay dormitorios abiertos al vacío. Más abajo aparece un muñeco lleno de polvo, junto a una vieja guía telefónica.
“Era enorme. Catorce pisos, 16 departamentos por piso y en la planta baja toda una galería comercial”, describe. “En esa galería comercial teníamos un salón de fiestas infantiles, donde estaba transcurriendo una fiesta. Ya pudimos recuperar siete cuerpos de los niños que estaban en esa fiesta. Todavía nos faltan muchos porque es un espacio bastante complejo para poder llegar”, dice.
Los trabajos se desarrollan en distintos frentes al mismo tiempo.
“Tenemos ocho sitios de trabajo desplegados, algunas maquinarias con las que podemos trabajar y cientos de personas. Convivimos con sus familiares, muchos inclusive ayudando también, que nos van indicando los departamentos y los lugares. Encontramos a mucha gente en los pasillos, en los conos de escalera”, explica Chalá.
Después llega la explicación que ayuda a entender por qué el edificio quedó convertido en un complejo desafío.
“Este edificio colapsó muy rápido, en segundos. Alguna gente con el primer sismo llegó a salir del departamento y alcanzar los pasillos o las escaleras, pero cuando vino el segundo sismo colapsó rápidamente. No dio tiempo a absolutamente nada. Por eso encontramos mucha gente en las camas”, cuenta.
La tarea avanza con lentitud. Primero verifican que el lugar sea seguro para los rescatistas y para los familiares que también trabajan sobre los escombros. Después comienzan a cortar vigas y abrir túneles. A veces, recuperar un solo cuerpo demanda medio día.
“Nos ha llevado 10, 12 horas de trabajo retirar un solo cuerpo”, resume Esteban.
Hasta ahora, solo en el OPP-25, el equipo argentino ya recuperó más de 60 cuerpos.
Luccisano reconoce que nunca imaginó enfrentarse a una tragedia de esta magnitud: “Creo que ninguno de los rescatistas presenció una tragedia de este tipo”, dice. “Hoy llevamos devueltas 50 víctimas a las familias para que les puedan dar un poco de paz a los que se quedaron”.
Mientras tanto, Daniel vuelve a colocarse el casco. Pone su vida en riesgo, pero tiene muy claro a qué vino: “No, no lo pienso dos veces. Nunca. Si lo pensás dos veces, tal vez no lo hacés”.
En la zona costera de La Guaira, la emergencia empezará, lentamente, a entrar en una nueva etapa. Pero falta. Las máquinas comenzaron a retirar parte de los escombros, que ya son trasladados hacia las playas. Se habla de que uno de los planes es tirarlos al mar. Es muy temprano para saber.
En muchísimos edificios, como el OPP-25, por ejemplo, el tiempo corre lento. Gran parte del edificio continúa sepultado bajo tierra y los rescatistas saben que el trabajo no terminará en días, sino en meses o años.

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