Trump no despeja Ormuz, pero sí el acceso de Warsh a la Fed


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Persisten las tensiones en Medio Oriente mientras avanza el recambio en la Fed y Wall Street mantiene su rally, impulsado por resultados sólidos y expectativas optimistas.

Trump, entre la tensión en Ormuz y el avance para colocar a Warsh al frente de la Fed.

Sin novedad en el frente. el estrecho de Ormuz continúa cerrado con doble candado. La tregua original venció el martes 21, pero se extendió de facto. Lo hizo bajo los auspicios entusiastas del presidente Donald Trump y el silencio intrincado de Teherán (pero el que calla, otorga). El cese de fuego prosigue, aunque lo salpiquen hostilidades náuticas de baja intensidad. No fue posible reunirse en Pakistán. Y el vicepresidente JD Vance debió cancelar su viaje a último minuto porque, Trump dixit, Irán no sabe quién lo gobierna. Da igual. “Somos todos iraníes y revolucionarios”, contestaron sin sorna. Por supuesto, los nombres cambian y el nuevo ayatola no da señales de vida, pero el émulo de Delcy Rodríguez tampoco aparece. ¿Qué nos espera? Más de lo mismo. El cruce de Ormuz, mayormente paralizado (aunque no falten los audaces que desafíen, con suerte diversa, la clausura). Las negociaciones, en el trabajoso intento de reactivarlas. Las dos delegaciones, algo raleadas y sin Vance, se encontrarán probablemente esta semana en Islamabad, aunque no es seguro que se vean las caras en un mismo salón si EEUU no levanta el bloqueo naval (y eso no está en sus planes). El sábado Trump pospuso el mitin previsto para hoy, insatisfecho con las respuestas esquivas de Irán. No es grave. El cese de hostilidades puede convivir con el cese de negociaciones sin romperse.

La guerra que iba a ser breve ingresa en su novena semana, exhausta, pero sin visos de solución tampoco. Ya estaría concluida de no ser porque se atascó en el recodo de Ormuz. Una tregua elástica manda por inercia. Por lo menos, se economizan vidas, sufrimientos y munición. También rige un impasse en el Líbano. Allí, la pausa culminaba el domingo. Israel y el Líbano acordaron prorrogarla tres semanas más tras una reunión en el Salón Oval. Trump tomó la iniciativa, en su faceta ahora menos castrense y más propia del autor de El Arte de la Negociación. El fogoso Netanyahu, el más propenso a los combates, no saca los pies del plato.

Sin novedad en el frente iraní. Pero esa no es la única guerra. La Administración Trump batalla contra la Fed y la independencia de la política monetaria desde su primer mandato. Es otra cruzada perdida pero que la Casa Blanca mantiene en vigencia. Y esta semana se registraron avances importantes. Recordemos: en Irán, el presidente no pudo designar al sucesor del líder supremo. En el banco central, sí. En noviembre de 2017, el presidente nominó a Jerome Powell, a la sazón gobernador de la institución desde 2012, para suceder a Janet Yellen al timón de la Fed luego de su período inicial de cuatro años. Powell, un votante republicano registrado, asumió en febrero de 2018. Trump lo escogió personalmente, tras varias entrevistas previas, asesorado por su secretario del Tesoro de entonces, Steve Mnuchin. Fue una decisión rupturista con su sello, que quitó a Yellen de funciones y le negó un segundo mandato. “Es fuerte, decidido e inteligente”, lo ponderó. Y no se equivocó. Lo lamentaría de inmediato.

El error fue creer que Powell seguiría las instrucciones del presidente al pie de la letra. Trump, un hombre que proviene del negocio inmobiliario, tiene una única exigencia en materia de política monetaria. Que bajen las tasas. No importa cuando leas esto. De febrero a diciembre de 2018, Powell subió las tasas cuatro veces. Nadie dudó de su voluntad independiente. Trump no ahorró las críticas más feroces. Su furia rompió el molde usual de la convivencia entre la Fed y la Casa Blanca, pero no torció la voluntad de su elegido (quien en 2019 debió bajar las tasas deprisa para estabilizar la pérdida de bríos de la actividad económica). “Mnuchin me aconsejó muy mal”, se exculpó siempre Trump, quien nunca dejó de pelear esta guerra personal a pesar de los nulos resultados.

El segundo mandato de Powell termina el 15 de mayo. Trump ya designó a su reemplazante, otro ex gobernador, aunque anterior (2006-2011), en tiempos de Ben Bernanke, Kevin Warsh. Curiosamente, un finalista del proceso de selección de 2017 que Trump desechó para consagrar a Powell. Su verdadero favorito, Kevin Hassett, resultaba una apuesta temeraria. Y Trump, a sugerencia de Scott Bessent, su actual secretario del Tesoro, así lo entendió. Warsh a diferencia de Hasset superó la prueba de fuego. Recuérdese el principio tutelar de que las tasas deben bajar. Su nombre no alteró la paz de las tasas largas. Contó con el beneplácito de los bond vigilantes.

Esta semana Warsh se presentó ante el Comité Bancario del Senado. Contestó un extenso interrogatorio y se ocupó de manifestar su celo por preservar la libertad de acción de la Fed. Corresponde al propio banco central mantenerse por fuera de la influencia política, dijo. Y añadió: “no creo que la independencia de la política monetaria se vea amenazada cuando los funcionarios electos expresan sus opiniones sobre las tasas de interés”. Nadie le repreguntó si el intento del Ejecutivo de despedir a un gobernador (el caso de Lisa Cook, en suspenso, se discute ante la Corte Suprema) o iniciarle una investigación penal al chairman sí constituyen amenazas. Así, Warsh quedó bien con todos sin demasiado esfuerzo.

De conseguirse el dictamen de comisión, restará la votación del pleno del Senado para consagrar su nombramiento. El principal obstáculo, la referida querella penal a Powell por los sobrecostos de la refacción inmobiliaria de la Fed, se canceló este viernes. El senador republicano Thom Tillis había señalado que no le daría curso al tratamiento de ninguna designación en la Fed hasta que no se resolviera esa cuestión. Y sin su apoyo, no había quórum para franquear el pasaje por comisión. Oh sorpresa, la fiscal Jeanine Pirró cerró el caso (y despejó así la hoja de ruta de Warsh). En particular, Tillis no objeta su candidatura y votará a favor. Con su aporte, se estima que el miércoles la comisión la aprobará 13 a 11 y que la mayoría republicana le allanará en mayo el camino en el Senado. Esta semana sería entonces la última reunión de la Fed presidida por Powell. Para la próxima, a mediados de junio, Kevin Warsh debería estar a cargo de la conducción de la orquesta, aunque quizás con Powell todavía como gobernador (cuenta con mandato hasta 2028) y, por ende, con voz y voto en la toma de decisiones.

Ajena a estas vicisitudes, Wall Street no tiene problemas de navegación. No la aflige el bloqueo de Ormuz ni el desbloqueo del cambio de guardia en la Fed. Nobleza obliga, nunca dudó de la suerte de su independencia. No necesita confiar en Warsh, sí en la aritmética de un cuerpo colegiado en el cual una docena de votantes, no solo el chairman, adopta las decisiones.

El S&P 500 sumó su cuarta semana consecutiva en alza, la seguidilla más prolongada desde 2024. El viernes estampó un nuevo récord para que no haya dudas sobre su convicción. La tregua en Medio Oriente le sienta particularmente bien, después de una muy breve corrección en marzo – al calor del nutrido intercambio de misiles – que orilló 10%. El rally se abre paso raudo a caballo de balances muy robustos. Las ganancias por acción del S&P 500 proyectan un crecimiento interanual que desborda 15% en el primer trimestre (con un notable aumento de los ingresos que roza 10%). Para todo el año se vislumbra un poco más: 18,6%. Los márgenes de utilidad no dejan de ensancharse. Si se verifica la estimación actual de 13,4% será la cifra trimestral más elevada desde 2009.

La inteligencia artificial (IA), lejos de ser el demonio destructivo de principios de año, ahora se percibe primordialmente como una fuerza del bien. El boom de los semiconductores instaló la euforia. Nvidia quiebra récords. Intel regresó a los titulares laudatorios de primera plana. El índice SOX creció 48% en lo que va del año y el sector es el principal contribuyente del alud de la rentabilidad (con una expectativa de expansión de +28%). ¿En qué quedó el temor a la destrucción de empleo por causa de la IA? ¿Y la angustia que despertó en su momento el informe de Citrini Research? Esta semana Meta y Microsoft anunciaron recortes de plantilla que podrían superar las 20 mil posiciones. Confirmaron los riesgos, pero el temor visible fue quedarse afuera del rally y no la guadaña sobre el empleo.

La crisis de la energía, créase o no, también tiene a la Bolsa sin cuidado. Si al 31 de marzo, se esperaba que las empresas de energía del S&P 500 aumentasen sus utilidades 8% interanual, ahora se descuenta una caída de 14% (mayormente explicada por una sola firma, Exxon). Ese impacto directo está incorporado en los cálculos. Pero no se advierte para nada la incidencia que tendrá la crisis en los próximos meses a lo largo y ancho de la economía global. Las compañías no reflejan los mayores costos que deberán enfrentar ni problemas serios de abastecimiento. Tampoco anticipan una merma de demanda significativa (ni siquiera las empresas de consumo discrecional). Las proyecciones que sigue Wall Street están blindadas a prueba de balas. Es difícil creer que podrá ser enteramente así, aunque hasta ahora sea así. Pero, ya se dijo, la Bolsa no tiene dudas. Encandilada por la expansión incesante de los márgenes de ganancias, no vaticina tampoco un Sell in May inminente, y trepa pujante. Se vienen los balances de las Siete Magníficas y los inversores prefieren descubrir su contenido subidos al convoy en marcha y no esperar a que se detenga, de pie, en el andén.



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