En un mundo envuelto -y revuelto- por el celofán de la inteligencia artificial, los algoritmos y la transformación de las plataformas, Santiago Tejedor propone volver a una cuestión esencial: el significado de formarse y ejercer como periodista. Para el catedrático de la Universitat Autònoma de Barcelona, el error es reducir esa construcción de conocimiento a un enfoque instrumental o técnico. Las herramientas cambian, las plataformas desaparecen y los modelos de negocio se transforman; por eso, sostiene, siguen siendo fundamentales capacidades humanas como observar, escuchar, formular buenas preguntas, verificar, interpretar contextos, conectar datos y distinguir lo importante de lo simplemente llamativo. Y, por encima de ellas, cultivar una voz propia para contar el mundo desde la persona.
Esa mirada atraviesa también su posición frente a la IA. Tejedor plantea que debe entenderse como una aliada capaz de mejorar el trabajo periodístico, siempre desde un uso crítico, ético y transparente. A medida que la tecnología gane terreno en diferentes fases del proceso, considera que el criterio, la responsabilidad y la mirada deben seguir siendo del periodista. Las nuevas tecnologías pueden detectar patrones, traducir documentos o analizar grandes volúmenes de datos, pero la responsabilidad última sobre una historia no puede delegarse.
El desafío alcanza de lleno a las universidades y a las redacciones de los medios. En diálogo con LA NACION, Tejedor cuestiona una enseñanza que persigue herramientas que pueden desaparecer antes de que se aprueben los planes de estudio y propone un aprendizaje que combine “humanidades, tecnología y calle”, con menos fronteras entre asignaturas y más proyectos reales. También advierte sobre el riesgo de que las métricas se conviertan en el criterio principal de las decisiones editoriales y reivindica una innovación que dialogue con la tradición periodística en lugar de sustituirla.
– Enseñar periodismo siempre implicó preparar a los estudiantes para enfrentar nuevos desafíos. ¿Qué capacidades cree que hoy deberían aprender en la universidad y que probablemente seguirán siendo valiosas dentro de diez años aunque cambien el negocio, la tecnología y otros factores que no dominamos?
– El error es pensar en un enfoque estrictamente instrumental o técnico. Las herramientas son importantes, pero la clave es entender los procesos, los porqués y los caminos. Por ello, la universidad no debería formar periodistas para manejar las herramientas. Al menos, no solo eso. Necesitamos enseñar a comprender críticamente las herramientas de mañana y, por ende, los algoritmos. Antaño, enseñábamos a manejar instrumentos y plataformas. Hoy el desafío es aprender a conversar con ellas. Las aplicaciones cambian. Las plataformas desaparecen. Los modelos de negocio se transforman. Hay capacidades clave. Algunas las demanda la nueva coyuntura. Otras siempre han existido, pero ahora se redefinen. Entre ellas, son y serán clave educar la mirada, aprender a escuchar de manera activa, saber observar, formular buenas preguntas, verificar, interpretar contextos, conectar datos aparentemente dispersos y distinguir lo importante de lo simplemente llamativo. Y, por encima, cultivar una voz propia para contar: contar el mundo desde lo humano. También será fundamental aprender a convivir con la incertidumbre. Necesitamos periodistas versátiles y preparados para desenvolverse en contextos en permanente transformación. Esto es: trabajar con tecnologías que todavía no conocemos. Para ello, será crucial un aprendizaje perenne y un reciclaje formativo continuado. No hablo de competencias exclusivamente técnicas. Aludo a la importancia de fomentar la curiosidad, el pensamiento crítico, la creatividad, la ética, la deontología y la cultura general para edificar contextos. Añadiría otra competencia decisiva: saber escuchar. En un ecosistema saturado de voces, los periodistas capaces de escuchar con atención serán muy valiosos.
– ¿Sigue teniendo sentido hablar sobre periodismo digital o llegó el momento de hablar simplemente de buen periodismo en un ecosistema digital?
– Durante muchos años, hablamos, escribimos e incluso identificamos un periodismo digital frente a otros que denominamos analógicos. Con el tiempo, fue una diferenciación innecesaria. Hoy todo el periodismo es digital. La aparición de internet, la hipertextualidad, la multimedia, la interactividad, la actualización permanente y la participación de las audiencias son elementos presentes en cualquier escenario periodístico. Durante un tiempo tuvimos y fue útil y necesario estudiar ese cambio, definir sus características y formar profesionales capaces de desenvolverse en un nuevo entorno. Actualmente, sería redundante. Es decir, todo el periodismo se produce, circula o se transforma dentro de un ecosistema digital. Incluso, cuando el entregable final sea un soporte físico. Detrás de esa historia, existe un trabajo previo derivado de bases de datos, buscadores, redes y, en definitiva, herramientas digitales. Considero que lo digital ya no es una categoría que diferencia. No obstante, eliminar el adjetivo no significa olvidar sus implicaciones. El periodismo hoy se desarrolla en entornos dominados por plataformas, algoritmos, métricas… El reto ya no es digitalizar el periodismo. El desafío es entender su esencia y preservarlo dentro de un ecosistema digital que tiende a homogeneizar voces y amplificar el ruido versus la melodía informativa. Cada año mi esfuerzo no se centra únicamente en enseñar herramientas en las aulas de mis clases del grado de Periodismo sino en recordar, sensibilizar y formar al alumnado en el sentido y la función del periodismo. La educación del futuro recupera los valores como baluartes de un mejor periodismo y de una mejor sociedad.
La revolución del periodismo exige un cambio en la forma de enseñarlo. Hemos de invitar a los futuros profesionales a salir del aula, conversar con las fuentes, enfrentarse a la necesidad de verificar y a generar sus propias historias.”
– ¿Qué error observa con mayor frecuencia en las facultades cuando intentan adaptar sus programas a la velocidad con la que cambia la industria?
– Los errores son muchos y diversos. Queremos adaptarnos a una coyuntura profesional cambiante, pero no tenemos la capacidad administrativa de hacerlo. Queremos formar a profesionales para un sector con el que “dialogamos” poco y mal. Queremos inculcar la semilla y la vocación del periodismo con un profesorado que enseña periodismo sin ser ni haber ejercido el periodismo. Queremos ser innovadores y confundimos la innovación con incorporación de herramientas recientes y novedosas. El desafío no es crear asignaturas específicas sino elaborar itinerarios formativos que, desde lo transversal, trabajen lo específico. Cambiamos los planes de estudio siguiendo el rastro de herramientas o plataformas que ya han desaparecido antes de que el plan de estudios haya terminado de aprobarse. La clave es identificar y analizar las transformaciones que experimenta el sector, que la academia contribuya a solucionar problemas existentes en la industria. Pero me encantaría que también anticipara propuestas, propusiera sin esperar una demanda y se adelantara desde la experimentación y el uso disruptivo. Esto demanda de un modelo formativo diferente que no es lineal sino multidireccional y colaborativo. Las herramientas nos acercan a una necesidad coyuntural; las preguntas nos aproximan a los desafíos estructurales. Por ello, más allá de renovar los nombres de las asignaturas, necesitamos apostar por nuevas metodologías. Hablamos mucho de innovación, transmedia o IA, pero ¿de qué sirve si nuestro alumnado sigue sentado escuchando como alguien lee una presentación durante horas para luego repetir conceptos en un examen? La revolución del periodismo exige un cambio en la forma de enseñarlo. Hemos de invitar a los futuros profesionales a salir del aula, conversar con las fuentes, enfrentarse a la necesidad de verificar, y a generar sus propias historias.
– La IA ya puede redactar, traducir, resumir e incluso investigar. ¿Qué debería seguir siendo exclusivamente humano en el trabajo periodístico?
– La IA nos acompaña desde hace años. Ahora está más presente, es más factible su uso y el impacto es exponencial. Hemos de entenderla como un complemento que mejora. El planteamiento no es dicotómico. Hemos de concebirla como una aliada que nos puede hacer mejores, siempre desde un uso crítico, ético y transparente. Las tareas exclusivamente humanas se han reducido, pero el criterio, el cierre, la responsabilidad y la mirada siguen siendo del periodista. El término Human-In-The-Loop (HITL) alude a procesos o sistemas donde una persona participa activamente en supervisar y validar decisiones dentro de un flujo de trabajo. Es un planteamiento interesante. Progresivamente, la IA ganará terreno en muchas fases del trabajo periodístico, pero esto no significa que pueda asumir la responsabilidad última sobre una historia. Hay una palabra que se recupera y enfatiza: criterio. El criterio editorial del periodista y, por extensión, de un medio ha de salir fortalecido de una nueva coyuntura. ¿Quién decide qué cosas merecen ser contadas? El humano. ¿Quién justifica por qué han de ser contadas? El humano. ¿Quién mira a los ojos a las fuentes? Nosotros. ¿Quién las escucha? Otra vez: el periodista. La confianza, el dolor, el miedo, la vulnerabilidad o el conflicto son situaciones y escenarios que necesitan de periodistas humanos. ¿Puede una máquina transcribir un testimonio? Sí. ¿Puede asumir moralmente el impacto que tendrá publicarlo? No. La responsabilidad, el juicio, la empatía o la conciencia ética son territorios que corresponden a los periodistas. La IA aporta aspectos claves y de gran utilidad. La detección de patrones, las tendencias de búsqueda, la traducción de documentos, la exploración y el análisis de grandes volúmenes de datos son ejemplos de tareas y procesos donde la IA será clave y valiosa, pero siempre bajo el criterio humano. Creo y confío en un periodismo que siga necesitando a los periodistas. No se trata de cómo usar la IA en el periodismo, sino de cómo la IA puede ayudarnos a hacer un mejor periodismo. Haber estado allí, haber mirado a los ojos, haber dudado, haber contrastado y estar dispuesto a reconocer que no supimos entenderlo del todo, que lo contamos desde la primera persona, serán elementos valorables por los lectores. La autoridad de quien firma la historia seguramente recobrará su valor.
Olvidamos que detrás de esos sistemas hay elecciones económicas, políticas, culturales y empresariales. En definitiva: personas. ”
– En su libro Inteligencia Artificial y Periodismo aborda la formación de los comunicadores del futuro. Si tuviera que diseñar desde cero una carrera de periodismo para 2035, ¿qué materias eliminaría y cuáles incorporaría?
– Las grandes materias fundacionales son y serán decisivas. Historia, ética, derecho, economía, política, sociología… constituyen pilares clave en la formación de un buen periodista. Por otro lado, la vocación del reporterismo unida a los principios de la teoría de la comunicación son decisivos. No necesitamos operadores tecnológicos. Necesitamos periodistas. Y me reitero: los equipos y enfoques multidisciplinares son muy valiosos, pero es clave que el periodismo lo sigan enseñando periodistas. Por otro lado, las asignaturas excesivamente compartimentadas, repetitivas o vinculadas a herramientas específicas son sustituibles. El diseño de un plan de estudios a partir de la diferenciación entre prensa, radio, televisión e internet… es algo vetusto. Hoy día, las historias circulan entre lenguajes y plataformas. Hemos de formar contadores de historias arraigados a los valores fundacionales del periodismo. La metodología es clave. Me parece crucial un modelo de aprendizaje por indagación que ofreciera más preguntas que respuestas. Por ello, creo que podemos imaginar un currículo que estuviera más basado en problemas, proyectos y grandes preguntas. Sin duda, incorporaría materias sobre IA, verificación digital; análisis y visualización de datos; ciberseguridad; pensamiento crítico; media literacy (alfabetización mediática), diseño de experiencias informativas y emprendimiento periodístico. Pero siempre desde un concepto, un enfoque y un modelo que transversalmente potencie el valor del oficio. Creo en un modelo de transversalidad mixta que no excluye el abordaje de áreas muy específicas, pero nunca como elementos nucleares. Añadiría laboratorios en los que estudiantes de periodismo trabajaran junto a programadores, diseñadores, científicos, antropólogos, educadores y especialistas en datos, pero siempre con la dirección, el criterio y los objetivos propios del periodismo. En resumen, para mí, la carrera de Periodismo 2035 debería combinar humanidades, tecnología y calle. Esto es: mundo. Quizás una asignatura puede ser aprender a escuchar. Otra, a preguntar. Y, quizás, a leer. En definitiva, defiendo menos fronteras entre asignaturas y más proyectos reales. La mejor aula es el mundo. Y hemos de invitar al alumnado a recorrerlo, mirarlo y contarlo.
– ¿La verdadera transformación ocurre por la tecnología o por las personas?
– La tecnología posibilita y acelera la transformación. Las personas decidimos el cómo. Es decir: su sentido. Las herramientas pueden transformar procesos, acelerar tareas o ampliar capacidades. Sin embargo, la verdadera transformación emerge cuando las preguntas y los comportamientos se ven impactados. Solemos atribuir a la tecnología decisiones que son humanas. Responsabilizamos al algoritmo, a la plataforma o a la IA en general. Olvidamos que detrás de esos sistemas hay elecciones económicas, políticas, culturales y empresariales. En definitiva: personas. Quizás, en lugar de preguntar qué puede hacer una tecnología, tendríamos que plantearnos para qué queremos utilizarla, quién la controla, quién la creó, quién se beneficia de ella, qué línea editorial enfatiza… La gran revolución no es una herramienta. La verdadera transformación nace cuando las personas dedican su valor más valioso -el tiempo- para hacer algo anteriormente inviable o para mejorar una acción que seguimos necesitando. La tecnología cambia los instrumentos. A los humanos nos compete cambiar, o al menos intentarlo, el mundo.
– Y como especialista en ciberperiodismo, ¿cuál considera que fue la innovación narrativa más relevante de los últimos años y cuál cree que todavía está subaprovechada por los medios?
– La capacidad de construir relatos que combinan distintos lenguajes dentro de una misma experiencia (texto, fotografía, audio, vídeo, mapas, datos, animaciones e interacción) nos ha brindado una oportunidad única de contar el mundo con una gran riqueza de voces y matices. A la multimedialidad hemos de sumar la interactividad que, con la hipertextualidad, convirtió al lector en lector-autor y al periodista en un arquitecto de caminos posibles. La idea de que cada soporte debía contar una historia de manera aislada murió. No obstante, creo que la transformación más impactante no es la suma de formatos. El gran cambio fue conferir al usuario un rol activo. Puede explorar, elegir recorridos, consultar documentos, comparar datos, aportar contenidos, reescribir, compartir, editar… Y todas las veces: acercarse a una historia desde distintos niveles de profundidad. Esta oportunidad es -al mismo tiempo- un elemento poco o mal aprovechado. Existen medios que siguen explotando internet como un escenario para publicar contenidos. Pero el cambio exige una mirada más abierta. Hemos de entender el ciberespacio como un territorio narrativo que posee una idiosincrasia, una personalidad y una lógica propias. Los mapas narrativos y los archivos vivos, que son el germen de historias que evolucionan con el tiempo, siguen siendo oportunidades poco utilizadas. El gran desafío es potenciar un periodismo que responde y, a la vez, pregunta. Y, desde este planteamiento, generar espacios de conocimiento que el lector pudiera visitar e interrogar. Un periodismo para ir y para volver.
Durante mucho tiempo hemos digitalizado productos. Y está bien. Pero la clave es digitalizar procesos mentales.”
– Su trayectoria como cronista de viajes demuestra que viajar también es una forma de observar el mundo. ¿Qué le enseñó esta especialidad sobre la importancia de mirar antes de contar?
– Viajar ha sido uno de los mayores regalos y de las más hondas responsabilidades en mi trayectoria personal, profesional y académica. Una oportunidad de aprender. Pero prefiero añadir algo que considero más importante. El viaje siempre me invitó a una acción mucho más provechosa: desaprender. Son muchas las lecciones y los aprendizajes. Por un lado, entender que mirar no significa simplemente ver. La mirada demanda de tiempo, atención y humildad. Estos tres ingredientes son claves para cualquier buen ejercicio periodístico. El viaje me ha ayudado a confiar en las personas y en el mundo. Pero también ha sido un ejercicio perenne de desconfianza. Especialmente, de las primeras impresiones. Hay que volver. Esto tardé en entenderlo. Pensé y defendí muchas veces que a los periodistas no corresponde ir. Ir para mirar, entender y contar. Luego entendí que el volver es igualmente útil y necesario. Por otro lado, fui descubriendo el valor de las conversaciones, los silencios, los gestos, los mercados, los trayectos, las contradicciones y las pequeñas escenas que no estaban previstas en el itinerario. Escribí sobre Che Guevara, unidades de élite de los ejércitos de Ecuador y Guatemala, grupos nativos de la frontera entre México y Estados Unidos, el mercado de las brujas de Bolivia, selvas casi urbanas de Panamá, la Amazonía ecuatoriana… Y, en todos los casos, antes de contar un territorio, comprendí que es clave que ese territorio nos desordene. Ir a la calle de atrás del hotel. Sentarse durante horas a mirar quiénes llegan y se marchan de un mercado. Observar una estación de tren o autobuses. El espacio para la sorpresa, la incomodidad y el cambio son clave. Descubrí también que podemos entrevistar a las ciudades. Sucede, muchas veces, que no sabemos qué preguntarles. El viaje significó siempre una enorme responsabilidad. Desde China a Irán, pasando por Etiopía, Uganda o Kirguistán, defendí que nuestras palabras cargan el peso de muchas vidas. Vamos, miramos, nos marchamos y escribimos una historia. Pero no podemos olvidar a las personas sobre las que escribimos. Ellas se quedaron. Seguramente no leerán nada de lo que contamos. Nos abrieron sus casas y sus vidas. Y nos hicieron, queriendo o sin querer, corresponsables de muchos relatos. Los que viajamos para contar cargamos ese peso -mágico, a veces, funesto, otras- de vivir con muchas vidas.
– Las plataformas digitales ofrecen texto, audio, video, fotografía, mapas, visualizaciones e interactividad. Sin embargo, muchas historias siguen contándose como si estuvieran pensadas para el papel. ¿Por qué todavía cuesta aprovechar todo el potencial narrativo del entorno digital?
– Durante mucho tiempo hemos digitalizado productos. Y está bien. Pero la clave es digitalizar procesos mentales. El cambio que introduce la IA es un cambio de paradigma. Pasó con el paso del papel a la pantalla y ahora podemos reproducir esos errores. Hemos de entender el alcance de los cambios. Antaño, llevamos a las pantallas la lógica del papel. Y por eso hablamos de “páginas” web, de “ciber-diarios”, de “textos” digitales… Es algo normal. El cambio fue hondo y acelerado. Y nos adaptamos desde una lógica del palimpsesto que, necesariamente, conservaba rastros de una manera de escribir previa. Poco a poco debería de ser borrada o raspada para dar paso a un nuevo modo de decir y contar. A lo anterior se suman las redacciones, las estructuras y los procesos que seguían reproduciendo una lógica analógica. El redactor escribe. El fotógrafo produce imágenes. El equipo audiovisual graba. El diseñador interviene al final. Hoy día, la narrativa digital debería concebirse como una experiencia integrada. Fácil de escribir en esta entrevista, difícil de hacer en una realidad impactada por muchas crisis que, en último término, tendríamos que entender como oportunidades. Este cambio demandó, como demanda ahora la IA, un cambio formativo. Muchos periodistas sabían contar historias mediante palabras. Y esto era y es tan necesario como útil. Ahora, no obstante, necesitamos diseñar recorridos, experiencias o sistemas. Antes usábamos las herramientas. Ahora hemos de aprender a conversar con ellas. La mirada es sistémica y este cambio demanda de formación, aprendizaje y ejercitación. Las facultades de comunicación se enfrentan a una gran crisis. Esto es: a una gran oportunidad de renovarse, adaptarse y convertirse en espacios de reflexión, pensamiento y experimentación.
– Las nuevas generaciones consumen información de maneras muy distintas a las de hace una década. ¿La universidad está formando periodistas para las audiencias que existen o para las que existían cuando muchos docentes comenzaron a enseñar?
– Quizás el desafío no sería ni dirigirse a las que existían ni a las que existen. El gran hito es formar a periodistas capaces de monitorear la pulsión del cambio. Lo otro es arriesgado y no suele funcionar. En demasiadas ocasiones seguimos formando periodistas para las audiencias que conocimos, no para las que existen. Continuamos imaginando un lector que accede a los medios, lee las noticias de inicio a fin, las contrasta… No es así. Pero quizás el periodismo no debería únicamente responder a las necesidades de las audiencias. Muchas veces, veloces, superficiales y descontextualizadas. Martín Caparrós defendió que teníamos que escribir contra el público. Quizás podríamos crear un periodismo que no se limitara a satisfacer a las audiencias. Conocerlas es necesario. Pero adaptarnos a sus gustos y preferencias entraña riesgos envenenados. Le comenté una vez a mis estudiantes que no podían informarse del conflicto entre Rusia y Ucrania con videos de un minuto en una red social. Uno de ellos alzó la mano y me refutó: “También hay videos de tres minutos”. Conocer a la audiencia, sí. ¿Adaptarnos sin más a sus hábitos y preferencias? No creo. No lo quiero. Esto no quita que el periodista debe comprender no solo cómo producir información, sino cómo circula, cómo se interpreta y, especialmente en nuestros días, cómo puede ser manipulada. Defiendo que la universidad debe formar profesionales capaces de comprender esas nuevas formas de consumo y, al mismo tiempo, cuestionarlas. Esto no es una crítica a las redes sociales. El gran objetivo sería hacer que el rigor viaje por esos lenguajes y canales. Para ello, la universidad tiene que cambiar. Mucho. Necesitamos periodistas que sepan interrogar a sus fuentes y al entorno tecnológico que nos va rodeando más y más.
Quizás podríamos crear un periodismo que no se limitara a satisfacer a las audiencias. Conocerlas es necesario. Pero adaptarnos a sus gustos y preferencias entraña riesgos envenenados”
– En un escenario dominado por algoritmos, métricas y plataformas, ¿cómo puede un periodista evitar que los datos sobre el comportamiento de la audiencia terminen condicionando el criterio editorial?
– Las métricas son útiles. Nos ayudan a comprender. Las usamos desde hace mucho tiempo antes de la IA y antes de internet. Ahora, el riesgo es la dictadura del like, del contenido viralizado o del sesgo algorítmico. El peligro es cuando estas cifras, porcentajes y estadísticas comienzan a decidir. Saber cuánto tiempo permanece un lector en una historia puede ser útil para el periodista. Conocer en qué momento abandona el contenido, también. Identificar los temas que despiertan mayor interés nos aporta información estratégica. Todo ello puede mejorar el trabajo periodístico. El problema aparece cuando esos indicadores se convierten en criterio único y principal. Son datos que detectan comportamientos. Pero si hablamos de periodismo no tendríamos que verlos como estrictas necesidades. Una información puede recibir pocas visitas: ¿es por ello un mal trabajo periodístico? ¿Prima el interés mayoritario? ¿Por qué no hablar de comunidades temáticas? La teoría The Long Tail, formulada por Chris Anderson, anticipó ya la pertinencia de la diversidad. El video de un gato con millones de visualizaciones, ¿marca la pauta para un buen periodismo? Existe la popularidad. Existe el valor periodístico. ¿El riesgo? Caminar hacia una agenda temática dominada por la emoción inmediata, el escándalo y la repetición. Por ello, en un mundo IA, será clave definir y consensuar principios editoriales explícitos. Está bien medir clics, pero ¿por qué no medir también confianza, utilidad, diversidad, impacto social, educación en valores, media literacy, pensamiento crítico, cambio social, comprensión o capacidad de generar conversación pública? El periodista debe conocer las métricas y ha de escuchar a su audiencia. Pero, desde un criterio profesional sólido, tiene que velar por un buen periodismo y su función social.
– ¿Y qué experiencias internacionales cree que deberían inspirar a las redacciones iberoamericanas y cuáles, por el contrario, conviene no copiar?
– Siempre me acerqué a experiencias que entienden el periodismo como un servicio público. Es decir, como un proceso y como un proyecto colectivo. Por ejemplo, iniciativas que trabajan cerca de las comunidades. Proyectos que aportan soluciones y contexto. Experimentos periodísticos que colaboran con universidades. Propuestas transnacionales para investigar problemas. Estuve en la frontera entre Tijuana y EE.UU.; luego en la que separa República Dominicana de Haití. Los problemas son “glocales” y, por ello, tendríamos que potenciar la colaboración. Me interesan también los medios que experimentan sin perder su identidad. Creo que es un error partir de planteamientos dicotómicos. La IA, las narrativas inmersivas o los mapas temáticos ofrecen grandes oportunidades para contar más y mejor el mundo. Por la inercia del grupo de investigación que dirijo, el Gabinete de Comunicación y Educación, me parecen altamente valiosos los proyectos que apuestan por la alfabetización mediática. Hacemos periodismo y explicamos a la sociedad cómo lo hacemos. Recorriendo Iberoamérica, entendí que no necesita reproducir mecánicamente fórmulas externas. Es valioso conocer y aprender. Pero tenemos una tradición extraordinaria de crónica, periodismo comunitario y ‘miradas’ genuinas. La innovación suma cuando dialoga con esa tradición, pero resta cuando pretende sustituirla.
– Si dentro de 20 años uno de sus estudiantes le dijera que una idea aprendida en sus clases cambió su manera de ejercer el periodismo, ¿qué le gustaría que fuera esa idea?
– Los valores. El periodismo en este mundo IA sobrevivirá si sobreviven sus valores. La humildad, el esfuerzo, la constancia… Me gustaría que me recordaran como un docente que vivió su oficio de manera apasionada. También como quien insistió en aprender a mirarla. No se trata de llegar primero. Es más importante llegar más lejos. El periodismo es incómodo. Y es humano. Quisiera que recordaran como alguien que les insistió en que detrás de cada historia existen personas. Dijo Kapuscinski que para ser periodista hay que ser buena persona. Esto lo leímos en mis clases. Pero quizás es una frase que serviría igualmente eliminando la palabra periodista: “Para “ser” hay que ser buena persona.

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