Números y la lenta rebelión del sentido del mundo

Nos acostumbramos a que, en medio de una discusión, baste un número para disipar dudas y cerrar la idea. Una tasa, un promedio, toda certeza que se perciba capaz de ordenar el caos del mundo. Sin embargo, los nuevos tiempos de la digitalidad han activado en la precisión implacable de los números la sospecha o convicción de que comprender no es lo mismo que medir. Que toda cifra, incluso la más exacta, necesita de alguien que la interprete.

Durante décadas, lo cuantitativo reinó mediante sus “barreras de entrada” -acceso a datos, capacidad computacional-. Ese paisaje parece cambiar radicalmente. La inteligencia artificial puede producir análisis estadísticos e incluso papers académicos “de decente calidad” con una facilidad impensada hace apenas unos años. Es de considerarse que cuando todos pueden medir, la excepcionalidad de la medición se desmorona.

Es importante aclarar que sería absurdo e injusto manifestarse contra los números. Mejorar implica entender su nueva condición. Como advertían los viejos cursos de marketing, “sabemos mucho más… pero no los comprendemos mejor”. La frase es una constatación de que el dato ilumina, pero no agota el fenómeno.

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Un ejemplo concreto es el de los resonantes sistemas educativos como los de Finlandia o Canadá, en que los rankings estandarizados conviven cada vez más con las evaluaciones narrativas. Las métricas siguen siendo esenciales para garantizar equidad, pero hay un evidente esfuerzo por reconocer sus límites.

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Un puntaje que indica desempeño es probable que no siempre revele la historia del aprendizaje. Que no releve el esfuerzo invisible o la creatividad (poca amiga de las grillas).

Desde los años setenta, la evaluación cualitativa comenzó precisamente como respuesta a los “errores” de una medición excesivamente rígida, e incorporó observaciones y procesos. Desde esa perspectiva, el estudiante deja de ser un número y vuelve a ser un sujeto.

Algo similar ocurre en el mundo empresarial. Prestigiosas firmas transnacionales combinan hoy grandes volúmenes de datos con “bancos conceptuales” construidos a partir de percepciones, relatos y experiencias de usuarios. Porque una compra no siempre puede explicarse, más allá de los esfuerzos del clásico motivacionismo y su postulado de que la razón solo sirve para justificar el impulso inconsciente, verdadero motor de las decisiones de consumo.

Lo cuantitativo y lo cualitativo son momentos de una misma unidad que no necesariamente se oponen»

¿Por qué alguien elige una marca? ¿Qué emoción interviene, qué historia personal se activa? El dato señala el qué; lo cualitativo se aproxima al por qué.

Desde la filosofía, este desplazamiento no es nuevo, aunque hoy adquiera otra urgencia. Ya en el siglo XIX, pensadores como Wilhelm Dilthey (gran pedagogo, también) distinguían entre explicar, propio de las ciencias naturales, y comprender, bandera de las ciencias humanas.

Más tarde, tradiciones como la de Berger y Luckmann o Giddens insistieron en que la realidad social no es solo un conjunto de hechos medibles, sino una construcción de significados compartidos, precisiones tan caras a los estudiantes de comunicación.

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En términos más radicales, lo cuantitativo y lo cualitativo son momentos de una misma unidad que no necesariamente se oponen. Son la realidad como medida y sentido a la vez.

Umberto Eco, con su ironía habitual, advertía que “los números pueden contar una historia, pero no saben si es verdadera”. Se trata de la advertencia epistemológica de que la verdad no reside en la exactitud de igual modo que en la interpretación.

En este nuevo escenario, lo cualitativo emerge como el territorio de lo difícilmente automatizable. Parece dispuesto a liberar una elegante lucha con las encuestas, enormes protagonistas del mundo que solo mide.

Los números pueden contar una historia, pero no saben si es verdadera’ (Umberto Eco)”

Mientras los algoritmos ordenan millones de datos en segundos, sigue siendo profundamente humano construir confianza en una entrevista. Hasta captar un silencio significativo en una respuesta puede cambiar el sentido de lo que se ha recabado. No son tan importantes los temas como el tratamiento a que son sometidos –vieja recomendación para los tesistas-.

Asimismo, el número de observaciones es insustancial frente a la profundidad del denominado “trabajo de campo”.

Sería un error, casi un retroceso, pensar este cambio como una sustitución. No estamos ante el ocaso de los números. Preferimos, más bien, pensar que estamos ante su maduración. La educación más sofisticada integra examen y proceso. La mejor investigación interpreta datos. La filosofía más lúcida sitúa la medición en el lugar de mayor provecho. Aprendemos a convivir con la idea de que el mundo no es completamente inteligible sin las cifras.

En la tensión fecunda de números y significado de la realidad se juega el conocimiento del futuro. Habrá que adquirir el hábito de descartar, por improcedente, la tradicional elección entre contar o comprender. Y aceptar que toda cifra, para decir algo verdadero, necesita convertirse, tarde o temprano, en sentido.

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