El mundo agradecerá, hasta un acuerdo final, el memorándum de entendimiento alcanzado por Estados Unidos e Irán para poner fin a una guerra de más de 100 días que involucró a todo Medio Oriente, alteró los mercados globales del crudo y del gas y afectará a la economía mundial durante bastante tiempo.
Estos tres meses de Furia Épica dejan varias lecciones sobre los cambios en marcha en el poder mundial y, en particular, sobre los discutibles resultados de la diplomacia unilateral y transaccional ejercida por el presidente Donald Trump, de espaldas a un sistema multilateral desprestigiado pero, al final, necesario.
Con el único apoyo de Israel -o influenciado por él-, Estados Unidos atacó a Irán en una guerra regional que costó varios miles de muertos. Sin embargo, al final acudió a terceros países como Pakistán -aliado de China- y Qatar para forjar un acuerdo en el que cuestiones centrales, como el estatus nuclear iraní o la libre navegación por el Estrecho de Ormuz, vuelven al mismo punto en que se encontraban antes de los bombardeos.
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El denunciado régimen autocrático iraní sigue en pie y sus arsenales misilísticos sólo fueron reducidos a un tercio, según expertos en armamento. En cambio, como evaluó The New York Times, “Estados Unidos sale debilitado -militar, diplomática y económicamente- y pagará un alto precio estratégico durante los próximos años”.
En términos internos, Trump abrió además dos brechas en su propio movimiento político: la primera, entre quienes habían abrazado su promesa de “no more wars” y los viejos neoconservadores republicanos que apoyaron esta nueva guerra del Golfo; la segunda, entre los férreos aliados de Israel en Washington y quienes ahora cuestionan abiertamente su belicismo en la región.
El propio Benjamin Netanyahu sufre en carne propia las limitaciones del unilateralismo del que obtuvo provecho al ocupar más territorios. Trump le recriminó al primer ministro su insistencia en bombardear el sur del Líbano -“¡qué demonios está haciendo!”- mientras se apoya en otros aliados para salir del atolladero del Golfo. Tel Aviv deberá medir ahora su grado de agresividad.
Cuando Trump dijo sarcásticamente “soy el jefe” en la cumbre del Grupo de los Siete (G7) en Francia, expresó casi lo contrario, porque allí aceptó sumarse como uno más al bloque multilateral de países ricos y firmó incluso un documento de respaldo a Ucrania -de la que verbalmente se distancia- y de sanciones a la Rusia de Vladimir Putin, con quien mantiene una relación fluida.
“El acuerdo final será ratificado mediante una resolución vinculante del Consejo de Seguridad de la ONU”, dice el memorando de acuerdo estadounidense-iraní en el último punto. Trump convalida así al organismo que ha sido clave de bóveda del sistema multilateral que tanto desacredita por su lentitud e ineficacia y al que ahora recurre para resolver un problema de paz y seguridad que su administración creó.
Las lecciones que deja esta experiencia en el Golfo son especialmente útiles para países medios como la Argentina, cofundadora del moderno derecho internacional y de sus instituciones multilaterales.
Frente al derrumbe indiscutible del orden mundial, debemos tomar nota de las limitaciones del uso unilateral de la fuerza, de los alineamientos incondicionales, del desprecio por los consensos y del valor de unas reglas que, al final, protejan a los actores más vulnerables del sistema.

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