WASHINGTON.- Este es el escenario de un juego de guerra realizado el lunes por un grupo de actuales miembros del Congreso y exfuncionarios militares, diplomáticos y de inteligencia de Estados Unidos.
Estamos en 2028, la guerra en Ucrania sigue empantanada en un sangriento punto muerto y Rusia ve una oportunidad de fragmentar todavía más a Europa mediante un ataque contra Moldavia. Uno de sus drones impacta contra un depósito de combustible en Rumania, un miembro de la OTAN, y mata a civiles.
¿Qué hace Estados Unidos? La respuesta en esta simulación, que temo que sería también la que veríamos en la vida real, fue tibia, y equivalió a una declaración implícita de que el compromiso de seguridad colectiva establecido en el Artículo 5 de la OTAN está prácticamente muerto. Durante la simulación, los miembros del Congreso coincidieron en que la opinión pública estadounidense no respaldaría una respuesta contundente. Y, sin el liderazgo de Estados Unidos, Europa quedaría fragmentada y desorganizada.
Bienvenidos a la próxima guerra mundial. La simulación, copatrocinada por el Brooks Institute de la Universidad de Cornell y la Fundación Rockefeller, fue la demostración más clara que he visto de que el marco que protegió la seguridad de Estados Unidos y Europa durante 81 años se está desmoronando, a medida que desaparecen las herramientas militares y diplomáticas compartidas. Y lo peor es que el presidente Donald Trump forma parte del equipo de demolición. (Asistí a la simulación y se me permitió informar sobre ella con la condición de no identificar a los participantes).
La cruda realidad es que la guerra de Rusia contra Ucrania está escalando y extendiéndose hacia países de la OTAN. Es una nueva realidad que la mayoría de los estadounidenses —incluidos muchos altos funcionarios del gobierno de Trump— parecen no reconocer. La guerra “híbrida” de Rusia contra los países europeos que respaldan a Ucrania está pasando de la zona gris al rojo sangre, y Estados Unidos está haciendo poco para disuadir esos ataques.
“La actividad híbrida rusa en Europa se volvió más ambiciosa y peligrosa” durante los últimos seis meses, según un análisis privado que compartió conmigo TD International, una firma de asesoramiento estratégico con sede en Washington. Los analistas de TDI contabilizaron 63 incidentes vinculados a Rusia contra objetivos europeos desde marzo, entre ellos 43 episodios con drones u otras incursiones en el espacio aéreo, seis operaciones o complots de sabotaje, seis ataques cibernéticos o de guerra electrónica y cinco incidentes marítimos hostiles.
Esta escalada contra Europa, acompañada por ataques rusos con misiles más intensos contra Kiev, es la respuesta del presidente Vladimir Putin a quienes sostienen que está perdiendo la guerra en Ucrania. “Con terroristas no se negocia”, espetó Putin a primera hora del miércoles, apenas unos días después de que el director de la CIA, John Ratcliffe, visitara Moscú y advirtiera a sus interlocutores rusos que la guerra había llegado a un punto muerto.
Ratcliffe viajó a Moscú porque tanto él como altos diplomáticos y comandantes militares estadounidenses consideraban que Putin no estaba recibiendo una evaluación precisa de los problemas de Rusia en el campo de batalla, según un funcionario al tanto de la situación. La esperanza era que las conversaciones entre funcionarios de inteligencia pudieran abrir un camino más realista hacia negociaciones de alto el fuego que el recorrido por los enviados de Trump, los empresarios Jared Kushner y Steve Witkoff, quienes no lograron modificar la posición del líder ruso.
Algunos funcionarios también esperaban que Ratcliffe advirtiera sobre los ataques híbridos rusos contra países de la OTAN, pero no insistió sobre ese asunto, dijeron varios funcionarios que solicitaron permanecer en el anonimato debido a la sensibilidad de los temas.
El rápido rechazo de Putin al mensaje de Ratcliffe quedó en evidencia con los ataques con misiles casi ininterrumpidos contra Kiev de los últimos días. Y el miércoles rechazó alternativas al canal Kushner-Witkoff al afirmar: “Nos sentimos perfectamente cómodos trabajando con personas que conocemos bien y en quienes, en términos generales, confiamos: personas cercanas al presidente Trump”.
Frente a un Putin implacable y una población ucraniana que pasa cada vez más tiempo refugiada en búnkeres, el presidente de Ucrania, Volodimir Zelensky, amenazó esta semana con su propia escalada. “Queremos advertir a todas las aerolíneas que utilizan el espacio aéreo ruso, a todas las aseguradoras y a todos los que todavía usan los principales aeropuertos de Rusia [que] el espacio aéreo ruso se está volviendo completamente inseguro” debido a los drones ucranianos. Putin denunció inmediatamente esa amenaza como “terrorismo de Estado”.
Lo que vuelve tan peligrosa la situación actual es que Putin intenta claramente recuperar la iniciativa mediante ataques contra los países europeos que se convirtieron en los principales proveedores de armas de Ucrania. En abril, el Ministerio de Defensa ruso publicó los nombres y las direcciones de 21 empresas europeas que, según afirmó, producían drones o componentes para Kiev, y funcionarios advirtieron que eran “objetivos potenciales”.
A esos señalamientos les siguieron ataques rusos contra proveedores europeos de armamento. Un resumen publicado la semana pasada por The Daily Telegraph mencionó ataques de sabotaje ocurridos en agosto contra Milrem Robotics, en Estonia, que suministra drones a Ucrania; EMCO, en Bulgaria, que vende proyectiles de artillería de 155 milímetros; y KNDS Ammo, en Italia, que proporciona municiones. Muchos de estos ataques fueron ejecutados por bandas criminales locales, lo que permitió evitar huellas que pudieran conducir al GRU, la inteligencia militar rusa.
Alemania acusó esta semana a Rusia de un ataque con drones ocurrido el 4 de agosto contra un avión de carga ucraniano en el aeropuerto de Leipzig/Halle y de otros dos intentos de ataques con drones. El ministro de Relaciones Exteriores alemán afirmó que el ataque de Leipzig era parte de “una larga cadena” de ataques rusos, mientras que el ministro del Interior señaló: “Somos el blanco diario de una guerra híbrida”. Alemania adoptó medidas diplomáticas contra Rusia y advirtió que reforzaría la vigilancia sobre la llamada flota fantasma que exporta petróleo ruso en secreto.
Gran Bretaña, que afronta desde hace más de un año actos rusos de sabotaje e incendios provocados, impulsó una respuesta más contundente. Andy Burnham, el nuevo primer ministro británico, visitó Kiev la semana pasada y anunció que Gran Bretaña se sumaría a Francia para ayudar a Ucrania a fabricar un avanzado misil de crucero, conocido en el Reino Unido como Storm Shadow y en Francia como SCALP. Un vocero del Kremlin afirmó que Gran Bretaña estaba “empeñada en echar combustible al fuego”, a lo que Burnham respondió: “¿Quién inició el incendio?”.
Mientras Europa y Rusia suben los peldaños de la escalada, ¿qué puede hacer Estados Unidos para evitar una catástrofe? La respuesta es simple: Estados Unidos debería volver a actuar como una superpotencia y como líder de la alianza transatlántica.
Estas son algunas medidas concretas que el gobierno de Trump podría adoptar para disuadir a Putin y tranquilizar a los aliados europeos de Estados Unidos, basadas en mis conversaciones recientes con altos funcionarios militares y de inteligencia y con dirigentes políticos.
Estados Unidos debería, en primer lugar, emitir una declaración conjunta con sus aliados europeos que advierta sin rodeos que la continuación de los ataques patrocinados por el Kremlin contra países de la OTAN tendrá consecuencias graves. Y si Putin continúa con sus ataques ininterrumpidos contra ciudades ucranianas, Estados Unidos y Europa deberían ayudar discretamente a Ucrania a realizar ataques proporcionales contra Rusia.
Para reforzar la alianza de la OTAN, el Pentágono debería suspender de inmediato su revisión del despliegue militar estadounidense en Europa. Este no es el momento para debatir una retirada de tropas. Trump ya invocó la Ley de Producción para la Defensa con el objetivo de reconstruir el arsenal estadounidense. Parte de ese aumento de la producción debería quedar disponible para que Europa y Ucrania puedan adquirirlo.
Y, por último, al fortalecer la posición de Ucrania y Europa, Trump debería aprovechar esa mayor capacidad de presión para encontrar una salida a esta terrible guerra antes de que consuma al continente: alcanzar el alto el fuego y, finalmente, la paz que ha buscado acertadamente desde que asumió la presidencia.
El peligro de permitir que la situación actual continúe no consiste solamente en fracasar a la hora de disuadir a Putin, sino también en perder cada vez más la capacidad de contener a unos aliados europeos que se sienten abandonados y cada vez más desesperados. La ventaja de la fuerza militar de Estados Unidos no reside únicamente en su capacidad para hacer la guerra, sino también en su capacidad para impedirla.

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