El 30 de abril se celebra el día internacional del jazz. Esto no sólo implica la conmemoración de la emergencia y éxito de un estilo musical en particular, sino también el reconocimiento y avance de los derechos civiles de una minoría históricamente oprimida, discriminada e invisibilizada. El jazz como género musical posee, desde sus orígenes, al menos una arista de análisis (geo) político.
Hacia fines de la segunda postguerra mundial e inicios de la década de los años cincuenta, la corriente teórica del imperialismo cultural criticaba la americanización, proceso por el que la cultura masiva norteamericana se popularizaba y expandía hacia distintos países en detrimento de las locales. El refuerzo de la hegemonía de los Estados Unidos a nivel global, también implicaba penetrar y socavar lo “local”.
Una de las críticas más relevantes de la mencionada corriente teórica residía puntualmente en el racismo. ¿Cómo podía ser que en un país libre y con libertad aún persistiese una política de segregación racial?
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Es en este contexto es que el jazz ofició como respuesta y se constituiría en una herramienta de geopolítica popular para la producción de geopolítica práctica por los Estados Unidos. En el año 1956 el país organizó el festival internacional Jazz Embassadors en Pakistán, Grecia, Siria, Turquía, Afganistán, Irán, El Líbano y Yugoslavia (países en los que existía un especial interés político por evitar el “contagio”), encabezado por referentes como Dizzy Gillespie, Duke Ellington y Louis Amstrong.
Al mismo tiempo, la distribución global de piezas audiovisuales como Jivin´ in Be – Bop, protagonizada por Gillespie y producida por William Alexander – cineasta que trabajó en la Oficina de Información de Guerra estadounidense y en la cadena de prensa All American News durante este período histórico – son más indicadores del uso estratégico de este instrumento de poder “blando”.
El estilo musical permitiría el diseño y la implementación de una política exterior con una doble finalidad. Por un lado, de índole defensiva y de contención. La melodía, los tiempos rápidos, ritmos asimétricos y solos improvisados dotaban de espontaneidad, creatividad y flexibilidad a la cultura norteamericana en contraste a la soviética, que se mostraba más rígida, mecánica y previsible.
Por otro lado, de índole ofensiva y en respuesta al imperialismo cultural, se procuraba transmitir un mensaje racional asignándole al capitalismo un significado de diversidad y libertad, con el objetivo de venderlo como el modelo más deseado al resto del mundo.
En este sentido, los jazzistas fueron utilizados por el aparato estatal de los Estados Unidos en el contexto de Guerra Fría. Sin embargo, ellos también usaron al Estado para luchar y expandir sus derechos civiles. Las giras y los escenarios fueron espacios que les permitieron expandir globalmente su música y presionar a las instituciones estatales para avanzar en la adquisición de derechos.

La composición y viralización de Black and Blue de L. Amstrong, ha sido una herramienta al servicio de eso. Entre los años 1955 y 1957, Amstrong rechazó una invitación a la Casa Blanca y crítico a Dwight Eisenhower, provocando que la prensa presione políticamente al presidente y lo obligue a des-segregar por la fuerza la última escuela en la que se implementaba una política segregacionista en el ámbito educativo.
Este fue el caso de Little Rock, un hito en la historia de la política racial norteamericana.
Así, los jazzistas no fueron simples peones en un plan de ajenos. Ellos también utilizaron estratégicamente el contexto para motorizar el avance de los derechos civiles de esas minorías oprimidas desde donde provenían y que dieron origen a este popular estilo musical.

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