Gaspi no murió de una manera compatible con su personaje. Quienes pasan la vida exponiendo el absurdo ajeno suelen terminar víctimas de alguna ironía proporcional. Uno esperaba para él una muerte común, una de esas muertes discretas que ocurren todos los días y no llaman la atención. La realidad eligió algo mucho menos verosímil.
Murió en un choque entre dos helicópteros en pleno vuelo, una de esas combinaciones improbables que parecen inventadas por un guionista neófito. El accidente, por raro que resulte, posee una lógica secreta: Gaspi había dedicado buena parte de su vida a registrar acontecimientos improbables. Terminó protagonizando uno.
Se llamaba Gaspar Prim Díaz, aunque para millones de personas era simplemente Gaspi. El apodo provenía de su nombre y no del “gas pimienta”, como muchos creen, aunque la confusión habría tenido cierta lógica.
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Como el aerosol policial, sus intervenciones solían ser sorpresivas, irritantes y capaces de producir efectos inmediatos en quienes las recibían. Durante años recorrió calles, recitales, playas, canchas y festivales con un micrófono en la mano y una pregunta que parecía formulada por alguien que acababa de aterrizar de otro planeta. Su método era elemental.
Gaspi y el método absurdo
Se acercaba a un desconocido, decía cualquier cosa y esperaba. El resto lo hacía la realidad.
Muchos creyeron que era un producto exclusivo de YouTube. Se equivocaban. Su verdadera genealogía es anterior a las redes sociales. Gaspi pertenece a una tradición argentina que tiene uno de sus momentos fundacionales en los primeros años de Televisión Registrada, emitido desde 1999. Mariano Cohn y Gastón Duprat comprendieron antes que nadie que los desconocidos podían ser más interesantes que los famosos. Descubrieron algo todavía más importante: la gente no necesitaba que nadie se burlara de ella. Bastaba con darle un micrófono. El porteño anónimo podía resultar más gracioso que cualquier actor profesional.
Aquellos segmentos televisivos modificaron una vieja costumbre del humor argentino. En lugar de ridiculizar al entrevistado, lo dejaban hablar. Cohn y Duprat parecían haber adoptado una máxima atribuida a Napoleón: “Cuando tu enemigo se equivoque, no lo interrumpas”.
La televisión argentina llevaba décadas interrumpiendo a sus personajes para rematarlos con un chiste. Ellos hicieron lo contrario. Esperaron. Y descubrieron que casi cualquier persona, si se le concede tiempo suficiente, termina produciendo un espectáculo más interesante que el que podría inventar un guionista.
Gaspi, un pibe con un método elemental
La vanidad, la ignorancia, la necesidad de opinar sobre cualquier tema, la extraordinaria facilidad con que un ser humano puede quedar atrapado en sus propias palabras: todo aparecía espontáneamente frente a la cámara.
Su obra constituye un archivo inesperado de la Buenos Aires de comienzos del siglo XXI»
A lo mejor existe una razón más profunda para explicar el éxito de ese procedimiento. Umberto Eco contó que una vez le preguntó a Javier Marías por qué tantas personas deseaban aparecer en televisión, incluso cuando esa aparición podía dejarlas en ridículo. Marías respondió: “Porque ya no tenemos un Dios que nos observe”.
La frase parece exagerada, pero explica muchas cosas. Durante siglos los seres humanos vivieron bajo la mirada permanente de dioses, santos, antepasados o vecinos. La modernidad fue vaciando ese escenario. La televisión primero y las redes sociales después ofrecieron una compensación inesperada: la posibilidad de volver a ser observados.
Video: así fue el choque de helicópteros en Río de Janeiro que mató a Gaspi y a Oliver Tree
Gaspi heredó esa intuición y la llevó a su forma más pura. Donde Cohn y Duprat todavía trabajaban dentro de una estructura televisiva, él operaba prácticamente solo. Eliminó productores, estudios, consignas y mediaciones. Conservó únicamente el encuentro entre un micrófono y una persona desprevenida. Su personaje parecía ingenuo, pero detrás de esa apariencia existía una inteligencia muy precisa. Sabía que la mayoría de las personas están deseando hablar y que casi todas terminan diciendo algo inesperado cuando alguien les presta atención durante suficiente tiempo.
Por eso sus videos funcionan como pequeñas piezas de antropología involuntaria. Lo importante nunca fue la pregunta. Lo importante era lo que ocurría después. El silencio incómodo. La respuesta disparatada. El entrevistado que intentaba parecer inteligente y terminaba revelando otra cosa. La conversación que se desviaba hacia territorios imprevisibles. El espectador nunca terminaba de saber quién estaba tomando el pelo a quién.
Muchos de sus momentos más recordados ayudan a entender la naturaleza de su procedimiento. Cuando en una entrevista llamó a un hombre “negro de mierda”, la gracia no residía en el insulto. Un insulto, por sí solo, no tiene nada de particularmente ingenioso. Lo que producía la risa era otra cosa: la imposibilidad de creer que alguien acabara de decir semejante cosa directamente en la cara de otra persona. El humor surgía de la suspensión momentánea de las reglas habituales de convivencia. El espectador no se reía de la expresión sino de la audacia.
Allí estaba el núcleo de su personaje. Gaspi actuaba como alguien que ignoraba convenciones que el resto de la sociedad considera obligatorias. No era agresivo. Era imprevisible. Y la imprevisibilidad, desde los tiempos de la comedia clásica, constituye una de las formas más eficaces del humor.
También entendió intuitivamente algo que excedía el humor. Las personas no se detenían únicamente porque él les hiciera preguntas extrañas. Se detenían porque alguien las estaba mirando. Porque durante unos minutos se convertían en protagonistas de una historia.
Porque una cámara, incluso una cámara improvisada, sigue conservando algo de aquella mirada absoluta que antes pertenecía a los dioses. Tal vez no buscaban responder preguntas. Tal vez buscaban algo más sencillo: ser vistos.
La popularidad le llegó de manera gradual. Primero fue un nombre conocido dentro de internet. Después se convirtió en una celebridad reconocible fuera de ella. Logró atravesar esa frontera que destruye a tantos fenómenos virales. No dependía de una ocurrencia aislada ni de una moda pasajera.
Había encontrado un procedimiento. Y los procedimientos, cuando funcionan, suelen durar más que las tendencias.
Vista con cierta distancia, su obra constituye un archivo inesperado de la Buenos Aires de comienzos del siglo XXI. Miles de personas anónimas registradas en plazas, playas, recitales y esquinas. Formas de hablar, modos de vestir, opiniones extravagantes, certezas infundadas y entusiasmos efímeros.
Dentro de algunos años, cuando muchos de aquellos nombres ya no signifiquen nada, esos videos conservarán algo más valioso que el humor: conservarán una época.
La muerte suele volver solemnes incluso a quienes dedicaron su vida a combatir la solemnidad. Gaspi probablemente habría desconfiado de cualquier elogio excesivo. Tal vez habría interrumpido esta nota con una pregunta absurda destinada a arruinar el clima.
Quedan sus videos. Como ocurre con ciertas fotografías de época, hoy se los puede ver de otra manera. Ya no documentan solamente un chiste. Registran una forma de hablar, de vestir, de discutir, de perder el tiempo. Registran, sobre todo, un país. Miles de personas que jamás habrían aparecido en un archivo histórico quedaron preservadas allí, respondiendo preguntas improbables en una esquina cualquiera.
Encendía una cámara, formulaba cualquier pregunta y esperaba. El resto lo hacía el mundo. Y acaso esa sea la mejor definición posible de su obra. Porque detrás de cada una de sus entrevistas estaba la sospecha de que el mundo es mucho más raro de lo que parece. Y que la mejor manera de comprobarlo consiste en acercarse a un desconocido, encender una cámara y preguntar cualquier cosa.
MM/ff

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