El país lleva tres años ordenando la macro, pero el crecimiento no vendrá solo”


Martín Rossi: Los presupuestos son siempre presupuestos. Pueden ser conservadores u optimistas, y entiendo que el Gobierno eligió ser optimista. Creo que está dentro de los rangos posibles. Y si yo fuese Gobierno también sería optimista: ¿por qué sería pesimista? Cada vez que hago proyecciones armo tres escenarios: optimista, base y pesimista. Después tenés que elegir cuál mostrar. Esta vez eligieron el optimista, y no me parece mal.

P.: ¿Coincide con sus propias proyecciones?

M.R.: No hice proyecciones para las variables que estimó el Gobierno, así que no tengo con qué comparar.

P.: El Gobierno espera que los salarios reales crezcan en torno a un 3,6% el año que viene. Hay economistas que se preguntan de dónde puede venir ese impulso, con un mercado interno golpeado y pérdida de poder adquisitivo. ¿Usted dónde vería esa recuperación?

M.R.: Es una buena pregunta, porque los sectores que empujan la economía son muy puntuales: el energético, minero, quizás un rebote del agro. Y no son sectores especialmente de mano de obra intensivos. Por ahí pasa la cuestión. Lo que pasó es que el salario real fue cayendo, y un rebote puede darse naturalmente. El sector público ya empezó a subir los salarios. Cuando yo estaba en el Gobierno estaban directamente congelados.

P.: Congelados del todo…

M.R.: Cero por ciento. Yo tuve el salario un año y medio congelado, con 18% o 20% de inflación. El salario real caía claramente. Pero cuando se decide aumentar, no te dan la inflación proyectada: te dan más, porque se tiene en cuenta el acumulado. A mí no me tocó porque ya me había ido, pero el aumento fue muy superior a la inflación. Cuando te atrasás mucho, que después tengas un rebote no es raro. En el sector público lo veo claramente, y también en los sectores que están empujando. En la industria lo veo más difícil, porque no le está yendo bien.

P.: Históricamente, en la Argentina los presupuestos se adaptan a las necesidades del año electoral. Este parece responder más a las bases del programa que Milei sostiene desde el inicio. ¿Eso es valioso -y sostenible- para el mercado?

M.R.: Habiendo interactuado bastante con el Presidente, mi impresión es que hay lineamientos que no va a cambiar ni en año electoral. Me sorprendería mucho que libere el gasto. Javier realmente cree en el equilibrio fiscal. La gente te puede sorprender, ojo, hablo de lo que uno conoce de las personas. Pero en mis interacciones con él vi que estaba dispuesto a pagar costos políticos de corto plazo por cosas en las que cree. Quizás no haga un súper recorte, por cómo viene podando, pero me costaría creer que suelte el gasto.

P.: Más allá del Presidente, ¿usted ve margen para liberar un poco el gasto?

M.R.: No, creo que no. La señal que deberíamos dar por muchos años es la fiscal. El país la necesita, y va a ser muy fuerte cuando la dé alguien que no sea Milei. Hablo de largo plazo, pero lo creo así.

P.: Bajo restricciones monetarias y fiscales tan marcadas, ¿de dónde puede venir el crecimiento?

M.R.: La idea de por dónde vendrá el crecimiento me lo pregunté muchas veces y lo discutimos un montón con colegas. La economía es súper compleja, se mueven 800 millones de cosas, y es difícil decir «va a venir por acá o por allá».

Te doy mi lectura. Para tener un empuje de crecimiento, que en algún momento vamos a necesitar para salir de esto, la condición necesaria es el orden macroeconómico. Ahora, ¿es suficiente? No. Ahí mi visión es un poco negativa. Lo que decía Macri, «ordeno y vienen los brotes verdes, vienen las inversiones», ya aprendimos que no funciona así. No es que ordenás y tenés crecimiento endógeno.

P.: Lo decía Macri, y también lo sostiene Milei…

M.R.: Sí. Había una hipótesis de que la baja de la inflación causaba crecimiento directamente. Tuve esas discusiones con Federico (Sturzenegger) y con muchos colegas convencidos de eso. Yo creo que se probó falso. En muchos procesos históricos ves que el orden macro y el crecimiento vienen juntos, pero no es causal: el orden es condición necesaria. Como sin orden no hay crecimiento, vas a ver esa correlación una y otra vez. Es lo que pasa ahora: el país lleva dos o tres años ordenando la macro y esperemos que eventualmente llegue el crecimiento. Pero no va a venir solo.

P.: Es decir, el orden macro debe ser condición necesaria que anteceda al crecimiento, pero ¿cómo lo potencia?

M.R.: Porque hay factores aleatorios que no dependen de vos. De repente una súper sequía en EEUU te empuja el precio de la soja, y si no tenés orden, no lo aprovechás. No quiero hablar de historia, pero Kirchner (Néstor) tuvo un viento de cola enorme y el país no lo aprovechó. Con la macro ordenada y un gobierno como este, ese viento de cola te daba crecimiento por diez años, quizás una espiral de crecimiento. El país está en un proceso de saneamiento, y eso es lo que le va a permitir aprovechar el momento en que se den las condiciones.

P.: El PBI mostró una suba interanual entre abril y junio, pero cayó 0,6% frente al trimestre anterior, con retrocesos del consumo privado, el consumo público y la inversión, mientras subió el desempleo al 7,9%. A su vez, en agosto se moderó la inflación. ¿Cómo se conectan esas dos realidades?

M.R.: No es tan complicado. La economía se está reacomodando hacia sectores que no eran los que tradicionalmente empujaban. No te empuja la industria automotriz ni la textil, que generan mucha mano de obra. Te empujan la energía, el agro, la minería. Crecen un montón y en el agregado la economía crece, pero no son mano de obra intensivos.

Pensá además en la diferencia entre la ciudad y el resto. Si lo que empuja es la energía o la minería, no vas a ver un derrame inmediato en el bienestar de la gente de las ciudades, porque nada de eso está ahí. En el mediano plazo debería llegar.

P.: ¿No cabe entonces en este programa impulsar a los sectores de mano de obra intensivos?

M.R.: No lo veo. La política es así, un día el Presidente se despierta y cambia de opinión, pero los programas de desarrollo nunca me parecieron parte de su agenda. Su agenda es ordenar la macro, convencido de que así van a pasar cosas buenas. Y yo pienso lo mismo para el largo plazo. En el corto, obviamente hay problemas: si abrís la economía, bajás la inflación y dejás operar los precios relativos, suben los servicios públicos y entran productos chinos. Ojo, esto es análisis positivo, no normativo. ¿Me preguntás cómo creo que van a ser las cosas o cómo deberían ser?

P.: Ambas.

M.R.: Hasta acá hablé de lo que creo que va a hacer el Presidente. En lo normativo: bajar el déficit es absolutamente central y hay que hacerlo aun con costos políticos. Lo comparto. Con la apertura no estoy en contra en el mediano plazo, pero sería mucho más cuidadoso, porque a veces dejás muy en desventaja a los actores locales, y eso no está bien.

P.: ¿Qué puede contar en ese sentido desde su paso por la Secretaría de Desregulación?

M.R.: Mientras estaba en el Gobierno se habilitó el ingreso de productos por hasta 400 dólares sin pagar impuestos. La idea era que, si alguien viajaba cuatro veces a Miami, pudiera traer productos sin impuestos las cuatro veces, pero que quien no viajaba también pudiera acceder a ese beneficio. Visto así, es razonable y hasta progresivo.

Ahora mirémoslo desde la oferta. Imaginate un distribuidor local que compraba 200 celulares en China, supereficiente, que hacía todo bien, y pagaba impuestos al importarlos. Viene Shein, le compra al mismo productor y le vende a la misma gente, igual de eficiente. Pero como cada celular entra con el CUIT de cada cliente y no del distribuidor, no paga impuestos. El local no puede competir, y no por ineficiente: por un tema legal. Queda desfavorecido sin haber hecho nada malo. Si fuera ineficiente, discutamos: podés querer mantenerlo por el empleo, pero entonces hacés que la gente pague más. No me queda claro que esté bien que 200 o 300 personas paguen más caro el celular para sostener esos puestos.

P.: ¿Es un problema de diseño?

M.R.: Es un fine tuning. La política de fondo puede estar bien intencionada y fallar en la ejecución. En una apertura que afecta a tantos productores locales tenés que tener un poquito más de cuidado; no se puede hacer tan salvaje. Comparto los objetivos, y en el largo plazo creo que hay que hacerlo, pero en el mediano no podés arruinar a locales que no hacen las cosas mal.

P.: ¿Cómo resumiría, entonces, su mirada sobre el programa?

M.R.: Los lineamientos de Milei no son tantos: no tener déficit, abrir la economía y desregular la micro para facilitar los negocios. Mi rol estaba en el tercero. Con el primero, completamente de acuerdo. Con el segundo, de acuerdo conceptualmente, pero falta un fine tuning que quizás no se hizo del todo. Y con el tercero, completamente de acuerdo: ahí puse el cuerpo. Eliminar kioscos, porque básicamente las regulaciones son kioscos. Estoy convencido de que la mejor política anticorrupción es la desregulación, porque las regulaciones generan discrecionalidad.

P.: ¿Es muy costoso desregular en la Argentina?

M.R.: Muy costoso. Lo viví en primera persona: fui secretario de Desregulación más de un año. Cada vez que desregulás, tocás intereses. Estuve meses estudiando por qué surgen las regulaciones, y la mayoría surge para favorecer a alguien. Cuando la sacás, ese alguien pelea.

Es un problema de acción colectiva, que me parece fascinante. Supongamos que una regulación le hace ganar a una empresa 10 millones de dólares por año. Los beneficiados por sacarla son 10 millones de personas, un dólar cada una. Ninguna va a salir a la calle, porque su tiempo vale más que un dólar. A la empresa, en cambio, le va la vida: te hace lobby, te amenaza, va a los medios a decir que sos un antipatria. Yo no tengo a 10 millones diciendo «Rossi, genio, te apoyamos». Tengo al que me insulta: «Sos un salvaje, voy a tener que echar a cinco empleados». Y yo pienso en equilibrio general: estoy favoreciendo a 10 millones de personas.

P.: ¿Renunció por las presiones que podía recibir del sector privado o por motivos personales?

M.R.: No, por las presiones no. Si no estás dispuesto a hacer lo que tenés que hacer porque te van a insultar, no vayas a gobernar. Grato no es, claro. En la academia escribís un paper, recibís un premio y todos te aplauden. En el Gobierno ayudás a millones que no te conocen y nadie te para en la calle para agradecerte. Pero no me fui por eso. Decidí ayudar un año y pico, que parece poco pero en el Gobierno es un montón, cuando mi vida siempre giró alrededor de otras cosas.

P.: ¿Cómo entiende que se reflejan las políticas desregulatorias en concreto?

M.R.: Para abrir una empresa tenés que pasar por un señor que te controla el matafuego. Nadie sabe quién es, pero sin su firma una empresa de 100 millones de dólares no abre. Te dice «dame 100.000 y te firmo», y cada día cerrado perdés 100.000. Me dirás que el empresario también es corrupto; podemos discutirlo, pero ser dicotómico es un error, todo es un gradiente. Que haya un matafuego es importante, pero también que el país crezca. Siempre podés justificar una regulación en nombre del bien común, pero cuando ves sus consecuencias, tenés un señor con poder discrecional para ser corrupto.

P.: A mediados de este año, la Sociedad Argentina de Pediatría y la Cámara Argentina del Juguete advirtieron que, por la flexibilización de controles aduaneros, muchos artículos entran sin pasar controles locales y señalaron peligros tóxicos. ¿Ese caso, por ejemplo, es consecuencia de esa falta de letra chica que menciona?

M.R.: Participé en eso. Lo que decimos es que si un juguete se puede comercializar en un país de alta vigilancia, puede estar en la Argentina sin que un funcionario lo impida. Elegimos la OCDE, Europa, Japón, Australia, Nueva Zelanda, porque partimos del preconcepto de que son serios. Estoy seguro de que los australianos no quieren juguetes con veneno. Hicimos free riding sobre sus regulaciones. Y así le sacás poder discrecional a un funcionario de Aduana. No tengo pruebas de nadie, pero un funcionario que puede pararte un contenedor de juguetes lo único que genera es corrupción.

P.: ¿Pero no se pierde un control?

M.R.: Es verdad, se saca un control interno. Pero te pregunto: si un juguete se vende en Dinamarca y un funcionario argentino lo frena, ¿qué es más probable, que los daneses aprobaran algo peligroso o que el funcionario esté cobrando una coima del productor local que no quiere competencia? Puedo estar equivocado, pero así hay que tomar decisiones. Si pensara que esos juguetes van a dañar a los chicos, no los dejaría entrar.

Pasaba lo mismo con el iPhone: un ingeniero local tenía que certificar que no explotara, e incluso ir a la fábrica de Apple a controlar. ¿En serio va a detectar si Apple hace las cosas bien, con un teléfono que se vende en todo el mundo? Y de su firma depende un negocio de cientos de millones. Me decían en Apple que lo que importa es que entre rápido: dos meses de demora les cuestan una fortuna.

P.: ¿Estas medidas surgen del diálogo con las empresas entonces?

M.R.: Con las empresas, con la gente, con todos. Abrimos una web para que cualquiera nos contara qué regulación lo molestaba, y llegaron miles. El objetivo no es favorecer a nadie, es hacer las cosas bien.

P.: Por último. Sturzenegger plantea que 4 millones de habitantes van a migrar a provincias con actividades extractivas. ¿Es ese el resultado final del modelo, y en tal caso, lo ve viable?

M.R.: No sé si el multiplicador puede llegar a ser tan grande. Igualmente, el problema distributivo lo vas a tener que poner en la agenda política. Hoy la agenda tiene tres ejes: el orden fiscal, la apertura de la economía y sacar regulaciones e impedimentos para que se puedan hacer negocios en el país. Estoy muy de acuerdo con el primero y con el tercero. Con el segundo tengo matices.

Cuando abrís la economía, los sectores energéticos pueden exportar un montón y van a florecer. Los que se van a ver perjudicados son los sectores que generan más empleo. Vas a tener una torta más grande, pero peor distribuida, porque esos sectores no generan tanto empleo como, por ejemplo, el automotriz.

¿Hay que poner regulaciones para proteger a un sector que no tiene tantas ventajas comparativas? No, la historia te contesta qué hay que hacer y qué no hay que hacer. Está bien que crezcan los sectores con ventajas comparativas aunque no sean mano de obra intensivos. Dejemos que crezcan la minería, el petróleo y el agro, y complementemos esa política de apertura con algo que haga que todo el mundo esté mejor. Hay que poner el foco en lo distributivo para que el crecimiento de esos sectores no sea socialmente costoso. No verlo es no entender el trade off.

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