“Como una zona de guerra”: Así trabajan los rescatistas de la misión argentina en la zona más afectada por el terremoto en Venezuela
CARABALLEDA, La Guaira.- Derek camina más despacio que hace unos días. Tiene ocho años, una pata vendada por los cortes que le dejaron los hierros y los vidrios de los edificios derrumbados y, si todo sale como está previsto, esta será su última misión antes del retiro. El ovejero belga malinois vuelve a internarse entre montañas de hormigón en busca del olor de una persona con vida mientras su guía lo sigue a pocos metros.
A su alrededor, hay ingenieros del ejército argentino que, entre otras tareas, convierten agua turbia en agua potable, manejan drones que sobrevuelan estructuras inestables e instalan varias antenas de Starlink, la tecnología que mantiene conectada a una ciudad que perdió gran parte de sus comunicaciones.
Durante todo un día, LA NACION recorrió junto a las Fuerzas Armadas argentinas la zona de operaciones en Caraballeda, uno de los sectores más castigados por los terremotos. Hay viviendas comprimidas sobre sí mismas, como si un puño gigante las hubiese aplastado.
El coronel veterinario Lucero observa la escena y la describe: “Esto es como una zona de guerra. Acá ya pasó la parte ‘bélica’. Ahora empieza la reconstrucción”. Cuesta discutirle. La Guaira tiene el aspecto de una zona de posguerra, aunque aquí la destrucción no la provocó una guerra, sino dos terremotos y sus respectivas réplicas.
Una señal de “PARE”, abollada y doblada, aparece en una esquina frente a una de las postales más duras de la zona. Detrás del cartel, un enorme complejo residencial luce torcido, con partes mutiladas, con los pisos intermedios reventados por la vibración de la tierra.
Detrás de cada uniforme también hay historias de desapego. Otro integrante del contingente confesará más tarde que dejó a su familia en la Argentina para venir a Venezuela por tiempo indeterminado. “Nuestras familias están lejos acompañándonos, pero nada se compara con lo que está viviendo el pueblo venezolano”, dice el coronel Lucero.
En una casa de tres plantas, la planta baja desapareció bajo el peso del resto de la estructura. El balcón del segundo piso quedó casi a la altura de la calle. Sobre una pared alguien escribió: “[Hay] 2 personas”, acompañado por una flecha negra que apunta hacia el interior. Allí se detiene una patrulla argentina antes de decidir cómo ingresar.
Antes de que un rescatista pise una losa inestable, primero despega un dron. La subteniente Alcoba, oficial de comunicaciones del Batallón de Comunicaciones Satelitales, maneja con precisión milimétrica el control remoto, el cual está equipado con un avanzado sensor térmico. Esta tecnología está diseñada específicamente para buscar e identificar fuentes de calor remanentes dentro de las estructuras colapsadas.
Después de la tecnología, llegan los perros. El suboficial mayor Carlos Prado presenta a los protagonistas de cuatro patas. “Tenemos a Derek, que tiene ocho años, y Jack, que tiene tres”, dice. Ambos son especialistas en localizar personas con vida, no restos humanos. “Lo que buscan es un olor genérico de las partículas que despide el cuerpo humano. Cuando encuentran una persona viva hacen una marcación activa, con un ladrido continuo”, explica.
Derek conoce ese trabajo de memoria. El coronel Lucero, que lo inspecciona habitualmente en la Argentina, asegura: “Tengo la suerte y el honor de conocer a Derek y a Jack. Doy fe de sus capacidades. Son realmente confiables y son animales para destacar”. Durante esta misión, el animal se cortó una pata entre los escombros; lo vendaron en el campamento y, sin dudarlo, volvió al terreno a trabajar.
No todas las búsquedas terminan con buenas noticias. El sargento primero Russo, del Regimiento de Infantería de Montaña 22, regresa de un reconocimiento con una respuesta que se repite cada vez con mayor frecuencia: “Estuvimos haciendo un reconocimiento para detectar víctimas con vida y por ahora fue todo negativo”, cuenta. En esa salida particular no utilizaron perros, sino que trabajaron mediante escucha y observación minuciosa. Tras unos minutos de descanso, volverán a relevar a otra patrulla. Antes de irse, deja una frase que resume el espíritu inquebrantable del contingente: “Los milagros están latentes”.
Esa unión ante la adversidad no se limita al interior del grupo. En el campamento, un rescatista atesora un pequeño papel, arrugado y escrito a mano en inglés que dice: “Please use if you can! Best of luck with rest of your mission. Serve on UK”. Es el mensaje que los militares británicos le dejaron a los argentinos antes de retirarse de la zona, regalándoles todo el equipamiento e insumos médicos que les habían sobrado. Un gesto que refleja la profunda hermandad y solidaridad que florece entre las distintas fuerzas internacionales cuando lo que convoca a todos es el dolor humano.
Mientras unos buscan sobrevivientes en el desastre, otros sostienen la compleja logística de toda la base. El médico Fernando Brandon recuerda que, cuando llegaron, “no había agua”. Las cañerías locales estaban destruidas y las condiciones sanitarias eran críticas. Los ingenieros instalaron una planta potabilizadora que hoy abastece al campamento. “Esa agua la analiza el bioquímico y da el visto bueno para que sea apta para el consumo. Es la que estamos tomando y con la que se cocina”, explica.
El trabajo sanitario no termina allí. Para el coronel Lucero, el peligro ahora empieza a cambiar de forma a medida que pasan las horas. “Las posibilidades de encontrar personas con vida se han reducido considerablemente. Esto hace que la contaminación ambiental se empiece a acentuar”, advierte. Habla de la proliferación de moscas, de la rotura de cañerías, de la mezcla entre agua potable y cloacas y de la necesidad de desinfectar inmediatamente a quienes manipulan cadáveres.
Para mitigar este riesgo, en el centro de operaciones se montó una ducha sanitizadora especial dentro de una estructura de toldos verdes. Es un paso obligatorio: cada vez que los efectivos de las patrullas regresan de una jornada de búsqueda y tienen contacto directo con el escenario de la tragedia, ingresan a esta estación de descontaminación para higienizar por completo sus uniformes y equipos antes de integrarse al resto de la base.
Pero la ayuda no pasa solo por remover escombros o buscar gente viva. Las patrullas entran a las viviendas afectadas para evaluar daños y brindar contención.
Es allí donde la psicóloga y capitán de corbeta Mónica Mateos, quien resalta entre los uniformes camuflados gracias a su casco rojo de rescate y un brazalete blanco con la cruz roja de la Armada Argentina, despliega su labor.
Mateos camina las calles agrietadas para hablar cara a cara con las personas: atiende tanto a quienes deambulan afuera esperando respuestas como a aquellos que, por temor, arraigo o dignidad, decidieron quedarse a vivir dentro de sus casas dañadas, a pesar del alto riesgo de colapso. Se frena, los mira a los ojos y les pregunta directamente qué necesitan, recordándoles que en medio de la pérdida no están solos.
“Lo más difícil es empatizar con la gente. Conversar con el venezolano. Ahí se empieza a perder distancia y no hay manera de no emocionarse”, reconoce. Al ser consultada sobre su perspectiva profesional tras recorrer la zona y evaluar a los residentes que lo perdieron todo, Mateos ofrece un diagnóstico desgarrador pero cargado de templanza. Explica que la pérdida del hogar rompe el núcleo de seguridad básico de cualquier individuo, lo que genera un estado de desorientación y shock inicial.
En la entrada del campamento, la bandera argentina permanece a media asta junto a la venezolana en señal de duelo y respeto mutuo. Detrás de ellas se ven edificios con bloques de hormigón fracturados. Y del otro lado, el mar Caribe, turquesa y calmo. A pesar de las tragedias, La Guaira nunca dejará de ser un paraíso.

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