Borges y la metáfora geométrica de la esfera

En «La busca de Averroes», el filósofo se convierte en figura trágica precisamente porque ignora que el teatro no se entiende, se presencia. Averroes mira por la ventana a los niños que juegan a representar y no comprende que allí está su respuesta. Es un símbolo de la mente que observa sin participar, de la inteligencia que sólo representa pero no vive.

En ese espejo Borges ve reflejado a todo lector que se distancia demasiado de lo que ama. La sabiduría, parece decirnos, comienza cuando el pensamiento se deja afectar. En su ensayo “La esfera de Pascal” Borges escribió que Dios es una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. Y además:

“Los presocráticos hablaron de una esfera sin fin; Albertelli (como antes, Aristóteles) piensa que hablar así es cometer una contradictio in adjecto, porque sujeto y predicado se anulan; ello bien puede ser verdad, pero la fórmula de los libros herméticos nos deja, casi, intuir esa esfera. En el siglo XIII, la imagen reapareció en el simbólico Roman de la Rose, que la da como de Platón, y en la enciclopedia Speculum Triplex; en el XVI, el último capítulo del último libro de Pantagruel se refirió a “esa esfera intelectual, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna, que llamamos Dios”. Para la mente medieval, el sentido era claro: Dios está en cada una de sus criaturas, pero ninguna Lo limita. “El cielo, el cielo de los cielos, no te contiene”, dijo Salomón (1 Reyes, 8, 27); la metáfora geométrica de la esfera hubo de parecer una glosa de esas palabras.” (Borges, “La esfera de Pascal”, Otras inquisiciones, op. cit.).

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Esa imagen lo acompaña como cifra de su teología íntima: la verdad no tiene lugar fijo, se manifiesta por reflejos. Cada lectura, cada metáfora, cada intuición amplía el círculo. Por eso su obra está llena de espejos, laberintos y bibliotecas infinitas: son alegorías del pensamiento que busca sin encontrar. En esa proliferación se reconoce la huella divina: solo un universo creado por una mente infinita podría producir tal exceso de significados.

Borges no se presenta como creyente, pero su descreimiento nunca es escepticismo, todo lo contrario, es una mirada reverente. Cuando habla del tiempo circular, del eterno retorno, del Aleph o de los espejos, afirma la contemplación distante del Misterio desde la melancolía y la distancia del hombre moderno. “No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil”, -escribe en «Pierre Menard, autor del Quijote» (Ficciones, 1939)-, afirmando una vez más la distancia del concepto con la realidad. ¿Esa insistencia es su forma de oración, es una manera negativa de invocar al Misterio?

El diálogo más profundo de Borges con Averroes está en la relación con el límite. El filósofo lo concibe como obstáculo; Borges lo asume como morada. La mente humana no está hecha para poseer la verdad, sino para rodearla con palabras, con metáforas, con preguntas. Los dos saben que el límite no es una barrera, es una forma de protección. Sin él, la luz enceguecería. Algunos han atravesado el límite y han sido abrasados por la luz, como Edipo, como Homero y como Tiresias (¿cómo Borges?), que fueron encerrados en la ceguera y entonces adquirieron la infinita visión interior. La ceguera se convierte en metáfora de la condición humana: solo podemos intuir la verdad a través de lo que no vemos.

Si Averroes quería demostrar la unidad entre razón y revelación, Borges quiere revelar la unidad entre ignorancia y sabiduría. En ambos casos el impulso es religioso, pero el método es distinto. Averroes confía en la explicación; Borges, en la alusión. Averroes busca claridad; Borges busca lo insondable. Averroes se dirige al entendimiento; Borges, al alma. Entre los dos se tiende la historia del pensamiento occidental: de la confianza en la razón a la fascinación por el Misterio.

En la Biblia, el acto de fe es siempre salto y no demostración. Abraham no calcula, se lanza; Job no comprende, soporta. Moisés no razona el fuego de la zarza ardiente, se arrodilla. Borges, lector de todos ellos, retoma esa pedagogía del límite y la convierte en estética. La literatura es, para él, un modo de obedecer sin someterse, un ejercicio de libertad dentro del misterio.

Averroes, a sabiendas de que después del límite está la luz enceguecedora -el castigo a la soberbia adánica-, se arroja con valentía al mundo del imposible entendimiento. Es el desafío de nuestro sino, la heroica tarea de comprender con la razón, aunque desde Adán sabemos que no hay esperanza.

Y al final, en ese encuentro imposible entre Averroes, la Biblia y Borges, se comprende que el conocimiento no tiene fin porque su objeto no es la certeza, sino la belleza del enigma. Averroes quiso comprender el teatro; Borges comprendió que el mundo entero es teatro. La diferencia entre ambos no es de sabiduría, sino de tono; uno quiere explicarlo, el otro quiere participar. Pero en los dos la verdad se presenta como invitación a mirar con asombro.

El teatro imposible de Averroes. En “La busca de Averroes”, Borges no retrata a un sabio medieval, sino a un hombre enfrentado a los límites del lenguaje. Lo imagina encerrado en un patio de Córdoba, en la penumbra de una tarde que ya presiente su fracaso. Averroes sostiene en sus manos la “Poética” de Aristóteles que menciona dos palabras, “tragedia” y “comedia”, y se desespera por entenderlas. Sabe que en ellas hay una clave del alma humana, pero no logra descifrarla. Nunca ha presenciado una representación teatral; la vida le ha negado ese espectáculo. Lo rodean libros, no cuerpos. Las voces que lo acompañan son las de los comentaristas, no las de los actores. Averroes, el intérprete de Aristóteles, el filósofo de la armonía, se descubre de pronto impotente: hay una experiencia que no puede traducir.

En el patio, los niños juegan a pelear, a morir y a resucitar: representan, sin saberlo, el drama que Aristóteles quiso definir. Averroes los ve y no los entiende. Los contempla desde lejos, con la serenidad que es su condena. La verdad le pasa por delante, pero no tiene la forma que su mente esperaba. La razón, en su pureza, se vuelve ciega. Borges representa su propia tragedia y la de Averroes, la tragedia de la razón que sabe -sin esperanza- que no alcanzará al Misterio y que igual lo intenta.

(*) Julio César Crivelli es coleccionista de arte y presidente de la Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes.

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