Ben Tarnoff: “Musk es un modelo político-económico, como Henry Ford dio lugar al fordismo”

—Internet nació con una promesa explícita de democratización: acceso universal, horizontalidad, el fin de los intermediarios. Hoy, uno de sus dueños más poderosos usa esa misma infraestructura para concentrar poder a una escala sin precedentes. ¿Qué falló en aquella promesa? ¿Fue una ilusión desde el principio, una oportunidad perdida o algo que fue activamente destruido?

—Es una gran pregunta. El potencial democrático de internet es algo sobre lo que la gente viene escribiendo y reflexionando desde hace mucho tiempo. Diría que, en el origen de internet, no fue concebida precisamente como una tecnología democrática o democratizadora, sino más bien como un proyecto del ejército de Estados Unidos destinado a llevar capacidad de cómputo al campo de batalla. Era, esencialmente, una manera de distribuir los recursos de información que el Pentágono tenía a su disposición, en un intento por librar guerras de manera más eficaz. Pero, como usted señala, la arquitectura de la tecnología sí tendía hacia cierto grado de descentralización y, a medida que fue adoptada y desarrollada durante los años 80 y especialmente en los 90, muchos de sus impulsores comenzaron a ver en internet algo inherentemente democratizador como tecnología. Ahora, desde la perspectiva de 2026, muchas de esas promesas parecen haberse roto o quizá hayan sido, en cierta medida, ilusorias desde el principio.

—La pandemia obligó a millones de personas a migrar su vida entera a plataformas privadas, trabajo, educación, salud, vínculos sociales. ¿Ese proceso de digitalización forzada fue el momento en que la captura privada de internet se volvió irreversible, o paradójicamente creó las condiciones para que más gente entendiera de quién dependía?

Esto no les gusta a los autoritarios

El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.

—Cuando pensamos en la privatización y comercialización de internet, es un proceso que comenzó mucho antes de la pandemia; en realidad, durante los años 90 y entrando ya en los 2000. Cuando llegamos a la pandemia en 2020, lo distintivo de ese momento es que fue un período en el que la digitalización se acelera, porque más personas deben trabajar desde sus hogares y permanecer puertas adentro, por lo que el uso de servicios digitales aumenta drásticamente. Pero, por supuesto, otra característica importante es el contexto macroeconómico. La Reserva Federal baja las tasas de interés, hay un fuerte estímulo fiscal, y las empresas tecnológicas quedan inundadas de dinero, lo que lleva a contrataciones masivas y a impulsar nuevos proyectos. Es un período de abundancia de capital, que empuja al alza las valuaciones de las tecnológicas y otros activos similares. Ahora estamos en un período algo distinto. La pandemia, por supuesto, en algún momento empieza a quedar atrás. La gente fue retomando la presencialidad, el trabajo desde casa disminuye significativamente, y la Reserva Federal sube las tasas de interés en 2022, lo que genera una caída en el sector tecnológico. Podría decirse que seguimos viviendo en la herencia de la pandemia, pero de un modo menos lineal de lo que parecía en 2020. Ahora, seis años después, estamos en medio de un nuevo paradigma tecnológico, la IA generativa, algo que no estaba en el centro de la escena en 2020, en pleno auge de la pandemia.

“En la pandemia las tecnológicas quedan inundadas de dinero, y esto impulsa nuevos proyectos.”

—En “Voices from the Valley” les dio la palabra a trabajadores anónimos de Silicon Valley para mostrar que detrás de la mitología del fundador-genio hay una fuerza laboral invisible. Hoy, varios de esos trabajadores fueron despedidos masivamente por Musk en Twitter/X en una sola noche. ¿Qué destruyó ese episodio, además de empleos?

—Señalas algo muy importante, que es que 2022 marca un punto de inflexión para Silicon Valley. No solo por las tasas de interés y el contexto macroeconómico, sino también porque en 2022 comienzan los despidos, que se aceleran al año siguiente y, de hecho, aún seguimos en una era de recortes en el sector tecnológico. Tras crecer muy rápidamente durante 2020, las empresas tecnológicas comienzan a despedir a gran escala. En la actualidad, esto suele justificarse por la IA, con la idea de que, mediante herramientas de programación de inteligencia artificial, las empresas pueden operar con muchos menos ingenieros de software. Todavía no sabemos si eso es realmente así; es algo que aún está por comprobarse. En cualquier caso, se trata de un mercado laboral muy distinto, de un régimen laboral muy diferente. Trabajé en la industria tecnológica durante unos diez años, en un período de rápido crecimiento, en el que abundaban las oportunidades y era fácil encontrar y cambiar de trabajo. Ahora, muchos estudiantes que se gradúan en universidades de élite en Estados Unidos con títulos en informática no consiguen empleo; por lo tanto, el entorno se ha vuelto mucho más difícil. Y los despidos en Twitter, llevados a cabo por Elon Musk tras adquirir la compañía en 2022, pueden verse en retrospectiva como el punto de partida de la ola masiva de recortes en las empresas tecnológicas.

Ben Tarnoff, con Fontevecchia en Periodismo Puro.
MUSKISMO: IDEOLOGÍA, ESTADO Y SIMBIOSIS. “Musk siempre ha buscado instrumentalizar el Estado como una fuente de poder y beneficios. No desplazar el poder público con el poder privado, sino lograr una integración o una síntesis entre ambos”. (FOTO JUAN OBREGON)

—En “Internet for the People”, usted argumentó que la solución a la captura privada de internet es la desprivatización. Dos años después, uno de esos dueños privados no solo no fue regulado, sino que colonizó el Estado. ¿Ese giro invalida su diagnóstico anterior o lo confirma de una manera que usted no había anticipado?

—Mi esperanza con el término desprivatización es ofrecer una posibilidad alternativa para internet sin especificar con demasiado detalle o precisión el camino que debería tomar internet en el futuro. Mi libro intenta sostener que la privatización de internet, que originalmente surgió como una red desarrollada públicamente para investigadores y que fue transferida al sector privado a lo largo de los años 90, y que terminó de consolidarse como la red comercial que conocemos hoy durante los años 2000, introdujo una serie de problemas muy graves que seguimos viviendo en la actualidad. La reprogramación de la red en torno al principio de maximización del beneficio ha generado múltiples crisis sociales, como la polarización y la desinformación, que, en mi opinión, eran evitables y ante las cuales existían alternativas, pero que hoy están incorporadas en la propia tecnología tal como existe. Entonces, la esperanza de la desprivatización es sostener que la maximización del beneficio no es el único principio en torno al cual puede organizarse internet como tecnología, y que podemos, como han imaginado muchos activistas y académicos, pensar principios alternativos para organizar esta red, que tiene consecuencias tan profundas para nuestra vida en común. En el libro intento proponer algunas posibles direcciones que una internet desprivatizada podría y debería tomar. Los principios fundamentales que son importantes es desarrollar una internet que garantice todos los recursos para una vida autodeterminada y la posibilidad de que todos puedan participar en las decisiones que les afectan. Serían valores democráticos bastante fundamentales, pero trasladados al ámbito digital.

—“Internet for the People” fue escrito antes del boom de la inteligencia artificial generativa. Los modelos de IA son mucho más opacos y concentrados que las plataformas que usted analizaba entonces. ¿Cómo cambia ese nuevo escenario su argumento sobre la desprivatización?

—Es una gran pregunta. Es algo en lo que he pensado mucho recientemente, porque el libro salió a la venta en el verano de 2022. Por supuesto, ChatGPT se lanzó a finales de 2022 e inmediatamente transformó el paradigma de Silicon Valley. Ahora estamos en pleno auge de la IA generativa, y realmente ha trastocado la economía política de internet de formas que diría que no invalidan por completo mi argumento, porque el boom de la IA generativa se basa, en realidad, en booms anteriores que han dado forma a internet. Si no hubiera existido, por ejemplo, la era de la Web 2.0, en la que se incentivó a las personas a compartir contenido, publicar fotos y escribir mensajes extensos en plataformas como Facebook o Twitter, hoy no existirían los datos de entrenamiento que requiere el auge actual de los modelos de lenguaje de la inteligencia artificial. Si se quiere, las etapas previas de comercialización de internet fueron condiciones necesarias, aunque no suficientes, para el auge de la IA generativa. Pero también hay discontinuidades bastante marcadas. La era de la Web 2.0, de las plataformas de redes sociales, donde se incentiva a todos a compartir e interactuar, sigue presente hasta cierto punto, pero la tendencia es que la nueva puerta de entrada de internet, por así decirlo, ya no es una red social, sino un chatbot. Resulta una transformación bastante profunda y, en cierto sentido, inquietante, porque al menos bajo el régimen de las redes sociales, uno interactuaba con otros seres humanos. Ahora bien, esas interacciones estaban moldeadas de maneras específicas por las empresas tecnológicas, que buscaban extraer datos de los usuarios y monetizar su información personal. Pero, aun así, se daban interacciones y conversaciones genuinas que contribuyeron al surgimiento de diversos movimientos sociales en todo el mundo. En cambio, en la nueva era de la IA generativa, uno interactúa con un sistema de inteligencia artificial, lo que puede tener todo tipo de consecuencias no deseadas. Hemos visto numerosos casos de lo que se ha llamado ‘psicosis de la IA’, donde algunas personas desarrollan un apego insalubre a los chatbots, que pueden derivar en comportamientos bastante destructivos, tanto para sí mismos como para otros. Estamos entrando en un mundo nuevo y todavía estamos tratando de entender su alcance.

—El muskismo, tal como lo describen en el libro que publicaron recientemente con Quinn Slobodiam, no es solo un fenómeno económico, sino casi una cosmología: colonización espacial, demografía, inteligencia artificial, redes sociales. ¿Existe una coherencia ideológica real detrás de todo eso o es una racionalización posterior de impulsos más básicos, el poder, el dinero, el ego?

—Nuestro intento con el término muskismo es analizar la vida y obra de Elon Musk, que es el hombre más rico del mundo y tremendamente poderoso por controlar varias empresas, incluyendo SpaceX y toda la red de satélites que proveen conectividad a internet satelital, algo crítico para la guerra moderna, como se ha visto en el conflicto en Ucrania, entre otros. Pero nuestra intención era pensar a Musk no tanto como individuo, ni en términos personales o psicológicos, sino más como un avatar de un estilo particular de capitalismo y de un paradigma político-económico, de la misma manera en que en el siglo pasado se observó la figura del famoso industrial estadounidense Henry Ford, y a partir de allí extrapolar el concepto de lo que se llamó el fordismo. Ese fue su esfuerzo por pensar el capitalismo industrial de mediados del siglo XX: cómo organizaba la fábrica, pero también, cómo organizaba la sociedad fuera de la fábrica para hacerla compatible con las necesidades de la producción en masa. Así que adoptamos un enfoque similar con Musk y nos preguntamos qué es el muskismo, qué podemos inferir de la vida y obra de Elon Musk, y qué nos dice eso sobre el momento particular del capitalismo global en el que estamos viviendo. ¿Cómo podemos usar a Musk como un punto de observación, un prisma, para entender la convergencia de diversos desarrollos políticos, económicos y culturales que han contribuido a producir nuestro presente?

Ben Tarnoff, con Fontevecchia en Periodismo Puro.
SUBSIDIOS, POLÍTICA GLOBAL Y MARTE. “El muskismo está muy alineado con la política de un mundo en desglobalización, buscando sacar ventaja de eso, y es probable que esas presiones hacia la desglobalización continúen”.

—Usted y Slobodian sostienen que Musk no es un libertario clásico, sino algo distinto: un capitalista que no quiere desplazar al Estado, sino fusionarse con él. ¿Cuándo advirtieron que las categorías disponibles, libertarismo, neoliberalismo, populismo, no alcanzaban para describir el fenómeno, y necesitaban acuñar una nueva?

—Ese fue un argumento muy importante para nuestro libro: que Musk no es un libertario. De hecho, muchos de sus pares en Silicon Valley tampoco pueden describirse como libertarios. Cuando se observa a Musk en particular, se ve que siempre ha buscado instrumentalizar el Estado como una fuente de poder y de beneficios. No busca desplazar el poder público con el poder privado, sino, más bien, lograr una integración o una síntesis entre ambos. Describimos esta dinámica como una simbiosis estatal, en la que Musk ha intentado de manera constante volverse indispensable para los Estados. SpaceX es una ilustración muy clara de esto, donde a comienzos de los 2000 la empresa se presenta ante el Pentágono de Donald Rumsfeld como un contratista clave en la emergente guerra contra el terrorismo, ya que promete colocar satélites en órbita a un costo mucho menor que el de las empresas de defensa tradicionales. Y a su vez, el Estado gana un mayor margen de capacidad y de soberanía. En contraste con la era neoliberal o lo que algunos describen como la era posfordista, en la que se entiende que los Estados se vacían y reducen su soberanía en favor del mercado, en el caso de Musk, y más ampliamente del muskismo, donde el Estado incluso amplía su capacidad en ciertos aspectos, especialmente en funciones coercitivas, pero lo hace a través de la contratación de servicios de proveedores privados como Musk.

“Internet reorientada a la maximización del beneficio ha producido múltiples crisis sociales.”

—En la ceremonia de asunción de Trump, los principales magnates tecnológicos, Bezos, Zuckerberg, Musk, entre otros, ocuparon un lugar de privilegio en primera fila. ¿Esa imagen le sorprendió o era el desenlace inevitable de un proceso que usted ya había diagnosticado? ¿Qué leyó en ese momento como augurio de lo que vino después?

—La relación entre Musk y Trump, y en particular, la iniciativa DOGE, donde Musk entra a la Casa Blanca a principios de 2025, es un momento muy extraño, para quienes hemos seguido a Musk o cualquier cosa en la historia política estadounidense. Por un lado, Musk intenta expandir su poder sobre el Estado, pero se topa con muchas dificultades. Si pensamos en la simbiosis estatal, estamos tomando prestada la metáfora de la ecología, donde en una relación simbiótica debe existir algún tipo de beneficio mutuo entre los dos organismos y, a su vez, cierto equilibrio de poder entre ellos. Si uno de los organismos domina al otro, entonces se pasa a una relación de parasitismo, que es distinta de la simbiosis. Podría decirse que lo que Musk está haciendo en el caso de DOGE es intentar parasitar al Estado, cruzando el límite de la relación simbiótica, y es significativo que eso no le vaya particularmente bien: en función de sus propios objetivos declarados de recortar primero dos billones y luego un billón del presupuesto público, fracasa por completo. En todo caso, solo logra recortes muy limitados, que además son revertidos por la propia ‘One Big Beautiful Bill Act’ de Trump. También termina saliendo bajo la sombra de una disputa con Trump. Como recordarán, ambos comenzaron a enfrentarse. Trump incluso llegó a amenazar con cancelar los contratos de SpaceX que Musk tiene con el gobierno federal. No está claro que la iniciativa DOGE haya sido buena para Musk. De hecho, sufrió un costo reputacional a raíz de esa experiencia, tanto entre algunos estadounidenses que podrían haber estado inclinados a comprar Teslas como, de manera aún más marcada, entre muchos europeos. Las ventas de Tesla caen dramáticamente en Europa tras la experiencia de DOGE. En todo caso, esto muestra que, en lo que respecta a la relación de Musk con el Estado, sí puede coexistir dentro de una relación simbiótica en la que provee servicios que el Estado necesita para ampliar su capacidad. Puede sostener un arreglo bastante lucrativo. Pero cuando intenta exceder los límites de esa relación, el efecto puede volverse en su contra.

—Usted describe la política según Musk como una cuestión de programación: las ideas que no le gustan son “virus mentales” que contaminan la red humano-máquina. ¿Es eso una metáfora reveladora de su pensamiento o es literalmente el marco con el que Musk toma decisiones?

—El “virus mental woke” es una frase que probablemente se asocie más estrechamente con el giro de Musk hacia la derecha. Como todos saben, en 2022 Musk comienza a promover constantemente posiciones de derecha en Twitter y, ese mismo año, adquiere la plataforma, la transforma en X y desplaza de forma bastante marcada el contenido del sitio hacia la derecha. El “virus mental woke” es algo sobre lo que Musk comienza a tuitear, de hecho, a finales de 2021, y es la frase que viene a la mente de la mayoría de la gente cuando se piensa en el giro hacia la derecha de Musk. Sostenemos que no es una metáfora, que no la utiliza en un sentido simbólico, sino que la entiende literalmente. Este es un punto realmente importante para comprender que, para Musk, la sociedad humana es ante todo una máquina, que la computadora es el nodo de control de la experiencia humana y que internet es la capa primaria de la realidad. La mayoría de nosotros solemos pensar en internet como una emanación o un reflejo de lo que ocurre fuera de línea. Para Musk, en cambio, esa relación está invertida. Para Musk, internet es la realidad, y todo lo demás es consecuencia de eso. Entonces, cuando tu visión del mundo es cibernética, cuando lo ves a través de ‘lentes cyborg’, desarrollas una interpretación muy particular de la política humana, donde las personas no llegan a sus posiciones políticas a través de la participación en movimientos sociales, ni de una reflexión sobre sus condiciones materiales, ni de sus vínculos sociales o familiares, todas las vías habituales de formación de ideas políticas. Más bien, llegan a sus puntos de vista a través de internet; en particular, a través de los memes. Los memes ofrecen una forma de reprogramar la política de una sociedad al reprogramar el ‘software’ en el cerebro de las personas, y su visión es que fuerzas políticas a las que se opone y que son hostiles a sus intereses, en particular, las de la izquierda, habrían secuestrado Twitter para propagar lo que él describe como el “virus de la mente woke”. Eso sería, en esencia, la idea de memes ‘malos’ que han difundido ideas nocivas en el ‘software’ del cerebro de las personas. Por lo tanto, para contrarrestar ese proceso, necesita controlar las interfaces donde proliferan esos ‘malos memes’, como Twitter, depurar la red de esos contaminantes e introducir sus propios ‘memes anti-woke’ que reprogramen el ‘software’ de los cerebros y, con ello, el cuerpo político. Por supuesto, ese no es el modo en que operan los humanos. Esa no es una teoría adecuada de la política, y ayuda a explicar algunas de las dificultades políticas que Musk ha tenido a lo largo de los años. En realidad, esto no funciona como proyecto de transformación social, pero creemos que así es como él entiende el mundo.

—Usted habla de un “futurismo de fortaleza”, la idea de que el progreso tecnológico no es para todos, sino para una élite que se separa del resto. ¿Qué tiene de nuevo el muskismo en su forma de concebir quién merece el futuro?

—“Futurismo de fortaleza” es un concepto para dar sentido a la experiencia de Musk en Sudáfrica. Musk nace en 1971 en Pretoria y crece durante los últimos años del régimen del apartheid en Sudáfrica. La mayoría de la gente es consciente de que el régimen del apartheid es de supremacía blanca, formal y explícitamente, pero también es un régimen modernizador, que se concibe como futurista y que busca alcanzar cierto grado de autosuficiencia tecnológica y económica. El régimen sudafricano del apartheid desarrolla un programa nuclear y llega a construir una bomba operativa a comienzos de los años 80. También obtienen licencias de Ford y Datsun para fabricar automóviles y desarrollan un sector automotor avanzado dentro de las fronteras del país. También utilizaron computadoras centrales de IBM, que en ese momento eran alta tecnología, para implementar el sistema de clasificación racial que era parte integral del apartheid. En muchos sentidos, el régimen intentaba atrincherarse frente a enemigos que percibía tanto dentro como fuera del país, buscando cierto grado de autosuficiencia económica, tratando de aislarse de la inestabilidad de los mercados globales, al mismo tiempo que adoptaba tecnologías avanzadas para implementar más precisa y completamente el sistema del apartheid. Si se analiza la evolución de Musk, podemos ver su giro hacia la extrema derecha y que, en los últimos años, ha promovido activamente la teoría conspirativa del llamado ‘genocidio blanco’, popular entre afrikaners de extrema derecha en Sudáfrica. Algo que observamos en el libro es que Musk, como industrial en SpaceX y Tesla, ya desde los 2000 muestra una fuerte preferencia por la integración vertical, por reducir la dependencia de proveedores externos y concentrar la producción lo máximo posible dentro de la empresa. En los años 2000 eso era algo bastante inusual. Era el apogeo de la globalización, cuando la producción se distribuía a lo largo de cadenas globales de suministro. Decir: “Quiero fabricar autos y cohetes en California y hacer la mayor parte del proceso dentro de la propia empresa” iba realmente a contramano del sentido común de la época. La manera en que interpretamos ese movimiento contraintuitivo es mirar la experiencia sudafricana y decir: dado el énfasis sudafricano en la autosuficiencia y en concebir la fábrica como un enclave más que como un nodo dentro de una red global de producción, eso ayuda a entender el énfasis de Musk en la integración vertical como industrial.

“ChatGPT se lanzó a fines de 2022 y de inmediato transformó el paradigma de Silicon Valley.”

—En 2022 Musk compró Twitter por 44 mil millones de dólares y la rebautizó X. Para ese momento ya controlaba la infraestructura física, cohetes, satélites, autos eléctricos, pero Twitter era el único gran espacio donde se formaba opinión pública fuera de su control. ¿Es esa compra el momento bisagra del muskismo, el instante en que un empresario tecnológico se convierte en algo cualitativamente distinto, alguien que controla simultáneamente la infraestructura material y la infraestructura discursiva del mundo contemporáneo?

—Es curioso; en ese momento, la mayoría de los comentaristas vio la adquisición como muy insensata. Podría decirse que Musk ni siquiera quería concretarla. Un juez de Delaware lo obligó a completar la adquisición. Y el precio que pagó fue muy alto, sobre todo porque, como mencioné antes, a lo largo de 2022 la valuación de muchas empresas tecnológicas cayó dramáticamente. Por eso, muchos consideraron que había pagado un sobreprecio muy elevado y, al principio, parecía algo desorientado respecto de qué hacer exactamente con ella. Podría decirse que, en realidad, ha hecho bastante, y no solo en política. Como se ha documentado ampliamente, ha reorganizado Twitter en términos políticos. Realmente la ha depurado de sus elementos liberales y de izquierda, y la ha convertido en un punto de encuentro de la internacional nacionalista, donde partidos de extrema derecha de Europa, América Latina y Estados Unidos pueden congregarse. Pero un aspecto aún más significativo de la transformación de Musk ha sido la introducción de Grok, su modelo de IA y chatbot desarrollado por su empresa de inteligencia artificial xAI. Si has usado X recientemente, sabrás que Grok está completamente integrado en la plataforma, de modo que puedes interactuar directamente con él en X, pero también etiquetarlo. Y esto, para Musk, es una inversión muy importante. Está invirtiendo mucho dinero en inteligencia artificial, pero quizás, de forma más sutil, está cambiando lo que es la propia red social. Las redes sociales han sido un lugar donde interactuamos con otros seres humanos. Musk está transformando cada vez más las redes sociales en un espacio donde interactuamos con inteligencia artificial. Y esa es una transformación importante. Podría decirse que Mark Zuckerberg, en Meta está intentando algo similar. Si entras en Instagram, ves una proliferación de ‘compañeros’ de IA con los que puedes interactuar. Pero esta es la dirección que está tomando el mundo de las redes sociales: se volverán cada vez más sintéticas. Se convertirá cada vez más en un espacio de interacción con avatares de IA, con ‘compañeros’ de IA, a veces eróticos. Grok, en particular, ha intentado monetizar acompañantes de IA eróticos. Pero, de nuevo, esto nos lleva a un lugar muy distinto al de, por ejemplo, Twitter y Facebook en la década de 2010.

Los despidos en Twitter, llevados a cabo por Elon Musk tras adquirir la compañía en 2022, pueden verse en retrospectiva como el punto de partida de la ola masiva de recortes en las empresas tecnológicas.
UN MERCADO LABORAL DISTINTO. Los despidos en Twitter, llevados a cabo por Elon Musk tras adquirir la compañía en 2022, pueden verse en retrospectiva como el punto de partida de la ola masiva de recortes en las empresas tecnológicas. (FOTO AFP)

—Usted sostiene que la dependencia entre Musk y el Estado es bidireccional: cuando Trump amenazó con cancelar los contratos de SpaceX, descubrió que el gobierno federal ya no podía prescindir de Musk. ¿Estamos ante una nueva forma de poder que ya no puede ser regulada por los mecanismos democráticos existentes?

—Tiene razón en parte, en el sentido de que existe una profunda dependencia entre las empresas de Musk y el Estado. Cuando Trump amenazó con cancelar los contratos de SpaceX en el punto álgido de su enfrentamiento en la primavera de 2025, la dificultad inmediata era que había varios astronautas estadounidenses en la Estación Espacial Internacional, y SpaceX era el medio para traerlos de regreso. Así que, sin SpaceX, tendrían que quedarse ahí arriba, y eso podría ser un verdadero problema. No queremos sugerir que esta dependencia sea permanente e inamovible, pero a corto plazo, gran parte de la capacidad estatal depende de las infraestructuras que controla Musk. Ahora, es importante señalar que existen competidores. Por ejemplo, en el caso de Starlink, el servicio de internet satelital de Musk, del que ha sido un verdadero pionero, dispone de unos 11 mil satélites en órbita terrestre baja que proporcionan conectividad a más de cien países en todo el mundo. Es el líder indiscutido del mercado, y ese es realmente el motor de crecimiento de ingresos de SpaceX, que de hecho saldrá a bolsa el próximo mes. Aun así, hay competidores que esperan alcanzarlo. Amazon tiene una iniciativa llamada LEO que está haciendo todo lo posible por desplegar satélites en órbita terrestre baja para poder competir con Musk. Los europeos tienen una empresa llamada Eutelsat. Los chinos también tienen los suyos. El poder de Musk en estos sectores no es inquebrantable, y en particular, un gobierno con una orientación política distinta en Estados Unidos podría intentar impulsar a los competidores de Musk para reducir su poder y, al mismo tiempo, aumentar la competencia en el mercado. No buscamos ser excesivamente pesimistas ni ofrecer una imagen sin salida, pero sí queremos presentar de forma clara y rigurosa la profundidad del entramado entre las empresas de Musk y el Estado.

—¿Cuál es el contrato social del muskismo? ¿Qué ofrece a quién y qué exige a cambio? ¿Es un contrato que puede sostener una sociedad o que solo funciona para la élite que ya lo era?

—Es una ausencia dentro del muskismo, o al menos un punto especialmente débil: la cuestión de cómo se garantiza cierto grado de consentimiento social. En el caso del fordismo, como usted mencionaba, ese consenso se aseguraba mediante salarios industriales relativamente altos, cierto grado de estabilidad laboral, las instituciones de la negociación colectiva y las del Estado de bienestar. En cambio, en el muskismo hay muy poco que ofrecer al público en general. Nosotros teorizamos algo que llamamos un ‘contrato de fans’ más que un contrato social, en el que, si eres fan de Musk, puedes entrar en una especie de relación parasocial con él en redes sociales. Él podría responder a tu tuit. Incluso podrías monetizar tu cuenta convirtiéndote en suscriptor premium de X y obtener algún ingreso a partir de ese arreglo. Pero parece que, en gran medida, Musk intenta alcanzar cierto grado de legitimidad social mediante la provocación del conflicto. A veces hablamos del fordismo como una filosofía de paz social, una forma de estabilizar la sociedad mediante la negociación de una tregua entre clases. En cambio, el muskismo parece orientado hacia la guerra social. Si se observa su cuenta de Twitter, se ve una demonización constante de los inmigrantes y de las personas no blancas, y en particular, en su interacción con la extrema derecha europea, sus llamados a la ‘remigración’, que implicaría la expulsión no solo de inmigrantes, sino también de cualquier inmigrante descendiente de Europa y, potencialmente, también de Estados Unidos. Se trata, de nuevo, de intentos de larga data de identificar un grupo interno y, mediante la activación de odios racializados, asegurar su lealtad. Pero no hay mucho beneficio material en juego. Sin embargo, aquí podemos ver a Musk como un caso extremo, pero sintomático de un fenómeno más amplio; si se piensa en la industria tecnológica actual, todo gira en torno a la inteligencia artificial. Y lograr apoyo para la IA es, en realidad, bastante difícil, porque se están construyendo centros de datos en todo el país que están haciendo subir las facturas eléctricas de la gente, que son bastante ruidosos y, a menudo, también un problema estético en el paisaje. La gente está muy enojada con estos centros de datos. Incluso personas en distritos rurales muy conservadores están acudiendo a reuniones municipales para expresar su oposición. Y lo que les preocupa no son solo las molestias e inconvenientes inmediatos que generan estos centros de datos, sino también la ambición de desarrollar una tecnología que pueda dejar sin trabajo a ellos, a sus hijos y a sus nietos para siempre. ¿Cómo se construye el consenso social en torno a esa visión? En realidad, es muy difícil. Por eso creo que el sector en su conjunto está lidiando con algunos de los mismos problemas.

“Puede decirse que lo que Musk está haciendo en el caso de DOGE es intentar parasitar al Estado.”

—Usted describe a Musk como un avatar de algo más grande que él mismo. ¿Qué pasaría si Musk desapareciera mañana? ¿El muskismo sobrevive sin Musk? ¿O es tan dependiente de su figura que se desmoronaría con él?

—Esto podría continuar más allá de Musk. Es decir, hay una serie de dinámicas que él encarna y que probablemente seguirían su curso incluso si mañana desapareciera de la escena. Por ejemplo, la creciente integración de un pequeño grupo de empresas de Silicon Valley en la infraestructura interna del gobierno estadounidense continuará, salvo que se produzca algún nuevo desarrollo político. La tendencia hacia la desglobalización, hacia un mundo con fronteras, rearme y reindustrialización, en el que los mercados globales se perciben cada vez más como una fuente de riesgo. Mark Carney, el primer ministro canadiense, pronunció un discurso en Davos en el que describía este nuevo sentido común emergente entre los responsables de políticas públicas, donde, durante todo período de la globalización, la integración se percibía como un beneficio y ahora se la ve como una posible fuente de peligro. El muskismo está muy alineado con la política de un mundo en desglobalización, buscando sacar ventaja de eso, y es probable que esas presiones hacia la desglobalización continúen. Otro elemento que consideramos parte integral del muskismo es la digitalización. La digitalización lleva décadas extendiéndose en distintas sociedades, pero está acelerándose de forma muy marcada con la llegada de la inteligencia artificial generativa. La idea de que cada vez más aspectos de la vida se convertirán en datos, y más funciones de la sociedad y de la economía pasarán a sistemas automatizados mediante el desplazamiento del trabajo humano, es otro proceso que probablemente continuará. El muskismo, en lo que estamos tratando de describir, probablemente continúe con o sin Musk.

—Musk y Milei construyeron una alianza pública muy visible, el abrazo entre ellos, la motosierra de regalo que recibió Musk de parte de Milei, el posteo mutuo en X. ¿Qué vio cada uno en el otro, y qué nos dice esa alianza sobre cómo el muskismo busca expandirse globalmente?

—Musk lleva años forjando relaciones con figuras políticas de la derecha en todo el mundo, y Twitter es, por lo general, el lugar donde lo hace. Me parece que lo verdaderamente interesante de observar en estas interacciones es que el mismo Musk entra en relaciones de tutoría con diversas figuras políticas de la derecha global. En otras palabras, no sabe mucho sobre Argentina, Alemania o El Salvador, ni sobre muchos de los países con cuyos representantes interactúa, pero de hecho aprende y, podría decirse, se radicaliza a través de esas interacciones. Creo que ese es un punto importante, que Musk no es una figura especialmente estática. No es como si se hubiera embarcado en la adquisición de Twitter con una ideología completamente bien formada. Más bien, él identifica figuras que parecen compartir su visión general del mundo, sus rasgos principales, pero a quienes también admira porque parecen disruptivas. Parecen estar desplazando a los partidos tradicionales, tanto de centro como de centroderecha y centroizquierda, y ofreciendo algo que, desde una mentalidad típica de Silicon Valley, se percibe como una ‘startup’ que desafía a los grandes actores establecidos. Obviamente, tiene afinidad con el contenido de los mensajes de la derecha. Tiene un profundo compromiso con el principio de la jerarquía humana y las jerarquías sociales tradicionales. Pero la forma de estas figuras políticas, el hecho de que se perciban como elementos nuevos y disruptivos que usan internet de manera innovadora, sugiere que también está buscando lo que llamamos los ‘Teslas de la política’: actores emprendedores y disruptivos capaces de inaugurar una nueva forma de hacer política.

Thiel en Buenos Aires. Investigadores argentinos sostienen que lo que Peter Thiel busca en Argentina no es desarrollo tecnológico, sino materias primas, energía barata y seguridad
THIEL EN BUENOS AIRES. Investigadores argentinos sostienen que lo que Peter Thiel busca en Argentina no es desarrollo tecnológico, sino materias primas, energía barata y seguridad
para Estados Unidos. (FOTO PRESIDENCIA)

—Peter Thiel acaba de reunirse con Milei en Buenos Aires. Palantir fue clave en el rastreo de inmigrantes para las redadas del ICE, y ahora publica un manifiesto sobre IA militar. Investigadores argentinos sostienen que lo que Thiel busca en Argentina no es desarrollo tecnológico, sino materias primas, energía barata y seguridad para Estados Unidos. ¿Qué lee usted en esa visita?

—El manifiesto surge del libro coescrito por Alexander Karp, titulado The Technological Republic, que de hecho se publicó mientras mi coautor, Quinn Slobodian, y yo estábamos trabajando en este libro. Y nos llamó mucho la atención la convergencia entre los temas del libro de Alexander Karp, quien es, dicho sea de paso, el director de Palantir, y los del libro que nosotros estábamos escribiendo. Por eso, cuando nos preguntan dónde vemos el muskismo sin Musk, o quiénes serían los muskistas más allá de él, solemos señalar especialmente a Karp. Porque ese libro es, en esencia, una propuesta de integración profunda entre Silicon Valley y el Estado estadounidense, en particular, el aparato militar, al servicio de una visión del orden global en la que Estados Unidos se encuentra rodeado de enemigos y necesita tecnología avanzada para garantizar su propia estabilidad en un mundo percibido como muy inestable. Volviendo entonces a la cuestión del consentimiento social, lo que se ofrece aquí no son los incentivos tradicionales que uno podría esperar al servicio de un determinado orden global. No se habla realmente de prosperidad masiva, ni siquiera de libertad: el tipo de palabras y conceptos que normalmente se asocian con la construcción de apoyo social. Se trata, más bien, de una visión mucho más negativa, posiblemente una forma de ‘futurismo de fortaleza’, en la que el mundo es percibido como un lugar muy amenazante y peligroso, lleno de actores hostiles. Y la integración entre el Estado y el sector tecnológico, junto con la aceleración del desarrollo de tecnologías avanzadas, especialmente en torno a la guerra impulsada por IA, aparecen como los únicos instrumentos capaces de proteger, en particular, al pueblo estadounidense frente a esa amenaza. Esa es una visión con una orientación bastante muskiana.

—Musk parecía haberse convertido en el operador político global del muskismo, las intervenciones electorales en Europa, el apoyo a Milei, DOGE. Pero su influencia política directa parece estar retrocediendo. ¿Quién ocupa ese vacío, y es la visita de Thiel a Buenos Aires una señal de que el movimiento tiene otros vectores de expansión política además de Musk?

—Hay un aspecto peculiar en la relación de Musk con partidos y dirigentes de derecha en todo el mundo, y es que si eres una figura de derecha que intenta defender una mayor soberanía nacional, aliarte con un multimillonario estadounidense al otro lado del mundo puede terminar debilitando tu credibilidad en esa cuestión. Y es por eso que la relación de Musk, en particular con varias figuras de la derecha europea, se ha deteriorado en los últimos años. Como hemos visto, por ejemplo, Nigel Farage en el Reino Unido se ha visto obligado a distanciarse de Musk. Y creo que esta es una dinámica interesante, donde si haces un argumento soberanista para decir, el pueblo de esta nación necesita tener más determinación sobre el rumbo que toman, que no podemos estar en deuda con los burócratas de Bruselas o de cualquier otro lugar, entonces ponerse en manos de un multimillonario estadounidense no tiene mucho sentido. Hay, por tanto, tensiones reales entre, por un lado, el intento de Musk de ejercer influencia transnacional y, por otro, el hecho de que las fuerzas sobre las que busca influir son, a su vez, formaciones políticas nacionalistas. Existe ahí una tensión estructural. Y creo que también tiene que ver con el hecho de que, como discutimos antes, la concepción de la política de Musk es bastante limitada, porque se trata de una visión de política de memes. Entonces él se imagina que, si publica más memes que promuevan a Nigel Farage, todo empezará a jugar a favor de Farage. Porque, de nuevo, si uno cree que Internet es la capa primaria de la realidad y que todo depende de ella, entonces parece lógico pensar que emitir los mensajes ‘correctos’ en la red hará que cambien las opiniones de la gente y, a su vez, transformará la política de un país entero. Pero sabemos que en realidad los seres humanos no funcionan así. Esa es una visión extremadamente simplista de cómo funciona la ideología o la política humana. Así que estas son vulnerabilidades importantes para Musk. Y creo que muchos políticos de derecha en todo el mundo han llegado a verlo más como un problema que como un activo.

Producción: Sol Bacigalupo.

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