Antiinmigración, prorrusa y en plena expansión: cómo AfD pasó de los márgenes al centro de la política alemana
BERLÍN.– La aplastante victoria del partido de ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD, por sus siglas en alemán) en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt disparó las alarmas del arco político nacional y europeo y puso una vez más sobre la mesa el avance de las fuerzas radicales que atraviesa buena parte de Occidente.
Los comicios, en los que la AfD obtuvo el 43,8% de los votos, dejaron a la formación a las puertas de hacerse con el gobierno del estado que la Unión Demócrata Cristiana (CDU, por sus siglas en alemán), el partido del canciller alemán, Friedrich Merz, controla desde 2002. La AfD consiguió 39 de los 83 escaños del Parlamento regional, apenas tres por debajo de los 42 necesarios para alcanzar la mayoría absoluta.
El resultado constituye un hito para la política alemana de posguerra, ya que, desde entonces, nunca un partido de extrema derecha había ganado una elección estatal y quedado en condiciones tan concretas de intentar formar un gobierno.
De los liberales antieuro a la extrema derecha
La AfD nació en 2013, en plena crisis de deuda y del euro, de la mano de un grupo de economistas y académicos encabezados por Bernd Lucke, profesor de Economía y antiguo miembro de la CDU.
Su propuesta original reclamaba el desmantelamiento controlado de la moneda común europea y criticaba los rescates financieros destinados a países como Grecia. En las elecciones federales de 2013 obtuvo 4,7% de los votos, apenas por debajo del umbral del 5% necesario para ingresar al Bundestag, el Parlamento alemán.
El ascenso empezó al año siguiente, cuando la AfD empezó a incorporar posiciones más nacionalistas y críticas de la inmigración. La crisis de refugiados de 2015, y especialmente la decisión de la entonces canciller Angela Merkel de permitir el ingreso de cientos de miles de solicitantes de asilo, terminó de transformar el perfil del partido.
El ala más radical fue ganando terreno hasta desplazar a sus fundadores y a los sectores liberales que habían dado origen a la agrupación. Lucke abandonó el partido en 2015. Dos años después, la AfD consiguió 12,6% de los votos en las elecciones federales, obtuvo 94 bancas y se convirtió en la tercera fuerza del Bundestag.
Desde entonces, su crecimiento fue especialmente intenso en los estados de la antigua Alemania Oriental. Allí, el partido consiguió canalizar una combinación de malestar económico, desconfianza hacia las élites políticas de Berlín, rechazo a la inmigración y una identidad regional que todavía conserva diferencias respecto de la Alemania Occidental.
Sin embargo, ya para las elecciones federales de 2025, la AfD dejó de estar limitada a esa geografía y obtuvo 20,8% de los votos y 152 escaños, duplicando prácticamente su resultado de 2021 y convirtiéndose en la segunda fuerza del país, detrás de la CDU/CSU, el grupo parlamentario que conforman la CDU y otro partido conservador de centro-derecha, la Unión Social Cristiana de Baviera (CSU, por sus siglas en alemán).
Meses después de esta victoria, la agencia de Inteligencia alemana clasificó a la AfD como una “iniciativa de extrema derecha”, habilitando a que quede sometida a una vigilancia mayor y más amplia de sus actividades.
La Oficina Federal para la Protección de la Constitución describió entonces al partido como una amenaza para el orden democrático del país, diciendo que “desprecia la dignidad humana”, en especial por lo que calificó como “agitación continua” contra refugiados y migrantes.
En su fallo, el servicio de inteligencia dijo que la afirmación de AfD de basar la identidad alemana en la etnicidad, es “incompatible con el orden básico democrático libre”.
“Su postura general es antimigrante y antimusulmana”, dijo la agencia, acusando a la AfD de suscitar “miedos irracionales y hostilidad” hacia individuos y grupos.
La AfD rechazó la decisión, a la que denunció como una persecución política.
En septiembre del año pasado, en las elecciones municipales de Renania del Norte–Westfalia –el estado más poblado de Alemania–, la AfD volvió a sorprender con el 14,5% de los votos, 9,4 puntos más que en 2020. El resultado, que casi triplicó su caudal de entonces, confirmó la expansión de la formación más allá de su tradicional bastión en la antigua Alemania Oriental y representó una advertencia para Merz en medio del malestar por la situación económica y la inmigración.
Qué propone la AfD
El programa con el que la AfD concurrió a las elecciones de Sajonia-Anhalt permite observar hasta qué punto el partido se alejó de aquella formación liberal–conservadora de sus inicios.
Actualmente, la lucha contra la inmigración ocupa sin lugar a dudas el centro de su propuesta. Según su programa, un eventual gobierno encabezado por el partido impulsaría una “ofensiva de deportación y remigración”, con una estructura específica destinada a acelerar las expulsiones. También buscaría reducir la dependencia de trabajadores extranjeros y sustituir parte de esa mano de obra mediante automatización, digitalización e inteligencia artificial.
El partido también rechaza la inmigración como solución al envejecimiento demográfico. En su lugar, propone incentivos económicos para que los ciudadanos alemanes tengan hijos y reivindica las estructuras familiares “tradicionales”, formadas por padre, madre e hijos.
En educación, el programa plantea una política de integración mucho más restrictiva. Los hijos de refugiados serían enviados a clases separadas bajo el argumento de que su permanencia en Alemania es temporal. También propone separar a los alumnos con discapacidad del resto y modificar los contenidos escolares para reforzar una concepción patriótica de la historia alemana.
Las escuelas no podrían exhibir banderas arcoíris –símbolo de la diversidad sexual y de género– y la bandera alemana debería ser izada diariamente. El himno nacional debería formar parte de las celebraciones escolares.
La formación también plantea limitar determinadas expresiones públicas del islam, entre ellas el llamado a la oración, y modificar la arquitectura y decoración de las mezquitas.
En materia cultural, el programa propone una mayor presencia de figuras históricas alemanas, como por ejemplo el excanciller Otto von Bismarck, y cuestiona parte del enfoque actual de la enseñanza sobre el pasado alemán.
En un tema particularmente sensible para el país, distintos dirigentes de la AfD han protagonizado a lo largo de los años diferentes controversias por declaraciones que relativizan los crímenes del nazismo y reivindican o reproducen consignas asociadas a ese período.
En política exterior, la AfD mantiene una posición particularmente distante de la estrategia seguida por Berlín desde el incio de la guerra de Ucrania. Defiende el fin de la ayuda militar a Kiev, la recuperación de los vínculos energéticos con Rusia y una política exterior más orientada a los intereses nacionales alemanes.
Un partido que incomoda a sus aliados europeos
La formación comparte con buena parte de la nueva derecha europea el nacionalismo, el euroescepticismo, el rechazo a la inmigración y la crítica a las élites de Bruselas. Sin embargo, la AfD está mucho más aislada que algunos de sus homólogos europeos y, por momentos, resulta demasiado extrema incluso para sus aliados.
La primera vez que la fractura entre el partido alemán y sus pares europeos quedó expuesta fue durante las elecciones europeas de 2024. Después de que el entonces cabeza de lista de la AfD, Maximilian Krah, afirmara que no todos los miembros de las SS eran necesariamente criminales, la líder de la ultraderecha francesa Marine Le Pen decidió romper con el partido alemán.
El quiebre tuvo además consecuencias en el Parlamento Europeo. Mientras que partidos como el Agrupación Nacional de Le Pen, la Liga de Matteo Salvini, de Italia, el Vox de Santiago Abascal, de España, y el Fidesz de Viktor Orbán, de Hungría, confluyeron posteriormente en la coalición Patriotas por Europa, la AfD quedó separada y terminó formando su propio grupo, Europa de las Naciones Soberanas (ESN), junto con otras fuerzas de la derecha radical.
Las relaciones del otro lado del Atlántico
El vínculo de la AfD con los partidos de derecha del otro lado del Atlántico es diferente y, por el momento, no ha recibido el apoyo explícito de algunos de los referentes más significativos de la región. Sin embargo, en Estados Unidos, por ejemplo, encontró uno de sus apoyos internacionales más visibles en Elon Musk, el empresario que supo ser uno de los principales aliados del mandatario republicano antes de que la relación entre ambos se tensara.
Ya diciembre de 2024, Musk había declarado en X que “solo la AfD puede salvar a Alemania”. Poco después organizó una conversación pública con Alice Weidel –actual codirigente del partido alemán– y, en enero de 2025, intervino por videoconferencia en un mitin de la formación ante unos 4500 simpatizantes. En aquella ocasión defendió el orgullo nacional alemán y calificó a la AfD como “la mejor esperanza para Alemania”.
Después de las elecciones federales de febrero de 2025, Musk volvió a respaldar a Weidel y, según la propia dirigente, la llamó para felicitarla por el resultado. La intervención del magnate provocó críticas de dirigentes alemanes, que lo acusaron de interferir en la política interna del país.
Musk volvió a celebrar el éxito de la formación alemana en Sajonia-Anhalt, con un rotundo “¡Bien hecho!”, en respuesta a una publicación de Weidel.
La relación con el universo MAGA también acercó a la AfD a otros sectores del gobierno de Trump. Weidel mantuvo contactos con el vicepresidente JD Vance, mientras que Richard Grenell, exembajador de Trump en Alemania, celebró públicamente el triunfo de la AfD en Sajonia-Anhalt.
Tras las elecciones del domingo, Trump publicó una foto de los sondeos a pie de urna en su cuenta de Truth Social.
Agencias AP, AFP, ANSA y Reuters

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