Anthony Feinstein, psiquiatra: “La herida moral es hoy el problema más grande para los periodistas”


Un soldado puede hacer uno o dos despliegues en el frente. Un periodista que cubre conflictos, en cambio, puede volver a las guerras una y otra vez a lo largo de toda su carrera. Está allí para mirar, preguntar y contar, sin el entrenamiento militar de los combatientes y con una tarea que no permite mucho descanso.

Para Anthony Feinstein, psiquiatra y profesor de la Universidad de Toronto, esa exposición repetida deja marcas. Desde hace 26 años estudia la salud mental de los periodistas: primero, la de quienes cubrían guerras; luego, la de quienes trabajan bajo amenazas, acoso en redes, plazos permanentes, inseguridad laboral y presiones políticas.

Llegó a Buenos Aires para colaborar en el desarrollo de un programa de apoyo entre colegas en las redacciones, un esquema por el cual periodistas formados en nociones básicas de salud mental acompañan a colegas que atraviesan una situación difícil.

Anthony FeinsteinFernanda Corbani

Su interés comenzó en 1999, a partir de una paciente que había vuelto de cubrir una hambruna en África Oriental y perdió el habla por una reacción de estrés.

En aquel momento, dice, no encontró un solo estudio sobre trauma y salud mental en periodistas. Sus investigaciones posteriores mostraron que los corresponsales de guerra registran tasas de estrés postraumático y depresión elevadas, y que durante mucho tiempo las empresas periodísticas no ofrecieron apoyo.

En diálogo con LA NACION, Feinstein habló de los daños que permanecen décadas después de una guerra, de los periodistas mexicanos que se autocensuran para proteger a sus familias, de los efectos de la inteligencia artificial y del ciclo de noticias sin pausa, y de la “herida moral” que aparece cuando un periodista debe decidir entre hacer su trabajo o ayudar a una persona que sufre delante de él o ella.

–¿Cómo llegó a estudiar un tema tan específico como la salud mental de los periodistas?

–Empezó en 1999, cuando derivaron a mi clínica a una periodista con una presentación clínica muy inusual. Parecía que tenía un problema neurológico: no podía hablar. Pensaban que había sufrido un ACV, pero el servicio de neurología no encontró nada. Era una reacción de estrés abrumador; lo que llamamos un trastorno neurológico funcional, también conocido como trastorno de conversión.

Cuando empezó a recuperarse, supe que trabajaba para una gran organización canadiense y que había cubierto una hambruna en África Oriental. Había visto morir a mucha gente y cosas terribles. Se sintió cada vez más abrumada, pero tenía miedo de pedir ayuda en su organización: pensaba que, si le contaba a su editor cómo se sentía, la sacarían del lugar de los hechos y no la enviarían de nuevo. No tenía con quién hablar dentro de su ambiente de trabajo. Entonces se calló. Cuando regresó a Canadá, todo colapsó psicológicamente y terminó en el hospital. Después de un tiempo, mejoró.

–¿Qué encontraron al comparar a quienes cubrían guerras con periodistas que no estaban expuestos a ese tipo de situaciones?

–Incluso antes de hablar de psicología, se ve una diferencia demográfica. Los periodistas que van a la guerra pasan seis o nueve meses lejos de sus casas. Es mucho más probable que estén solteros o divorciados, porque no están presentes para sostener una relación. Y una buena relación es algo que protege la salud mental. Ya tenemos a personas que hacen un trabajo peligroso y que, al mismo tiempo, pueden tener problemas en su vida afectiva por la cantidad de tiempo que pasan lejos de sus parejas.

Anthony Feinstein se especializa en atender periodistas que tienen síndrome de estrés postraumáticoFernanda Corbani

En términos psicológicos, no fue una sorpresa que los periodistas que cubren guerras tuvieran más estrés postraumático y, especialmente, más depresión. Pero también demostramos con mucha claridad que, aun cuando tenían esos problemas, no recibían ayuda. Las organizaciones de noticias no brindaban tratamiento a los periodistas con estrés postraumático o depresión. Publicamos esos resultados y los medios empezaron a escuchar. Hace 25 años esa ayuda no existía; ahora las cosas cambiaron, o están cambiando.

–Un soldado puede ir una o dos veces al frente; un corresponsal puede volver a distintas guerras durante décadas. ¿Qué produce esa exposición acumulada?

–Es exactamente por eso que me interesan tanto los periodistas de guerra. Entre todas las profesiones, son quienes tienen mayor exposición a la violencia, incluso más que los soldados.

Entrevisté a Christina Lamb, una periodista británica que estaba en Afganistán con una unidad militar inglesa cuando fueron emboscados por los talibanes. En ese momento advirtió que tenía más experiencia de presenciar combate que los soldados, porque lo había hecho tantas veces a esa altura de su carrera… Esa exposición a la violencia es enorme.

Hemos mostrado que quienes regresan repetidamente a las guerras tienen una prevalencia de estrés postraumático a lo largo de la vida de alrededor del 27% o 28%, tan alta como la de los soldados que estuvieron en la primera línea. Es una cifra muy elevada.

También hay una noticia relativamente buena. Este año publicamos en el British Journal of Psychiatry un estudio sobre periodistas que cubrieron las guerras de Afganistán e Irak después del 11 de septiembre de 2001. Al mirarlos casi 25 años después, las tasas de estrés postraumático bajan bastante con el paso del tiempo, aunque siguen por encima de las de la población general. Lo que permanece es la ansiedad: hay tasas altas de ansiedad en este grupo. La guerra y el tiempo prolongado en ella dejan una marca.

–¿Cómo se manifiesta ese trastorno en un periodista? ¿Es distinto de lo que puede padecer un soldado?

–Es exactamente lo mismo. El estrés postraumático tiene cuatro grupos de síntomas. El primero es la reexperimentación: flashbacks, pesadillas, recuerdos no deseados. El segundo es la evitación: si uno fue traumatizado, intenta no pensar en eso ni volver al lugar donde ocurrió.

Anthony FeinsteinFernanda Corbani

El tercero tiene que ver con que una parte del sistema nervioso se vuelve hiperactiva. La persona no puede concentrarse ni dormir. Puede volver a una ciudad segura, como Buenos Aires, y aun así sentir que sigue en peligro. El cuarto grupo es el de los pensamientos negativos: uno empieza a anticipar desgracias, y las cosas que antes disfrutaba se vuelven difíciles de disfrutar porque se las mira desde una perspectiva negativa.

Los soldados presentan lo mismo. Pero un periodista debe acercarse al problema para contar lo que pasa: no puede sentarse en un hotel de una zona de guerra y hacer su trabajo desde allí. Tiene que ir a la primera línea. En Irak, desde 2003, hubo periodistas incorporados a unidades militares, los “embedded journalists”, y su nivel de exposición fue muy intenso. Además, los periodistas no tienen entrenamiento militar y pueden sentir más miedo que un soldado regular.

Las buenas organizaciones de noticias saben hoy que estos periodistas son vulnerables y cuentan con programas que pueden darles ayuda con rapidez.

–En las guerras actuales, muchas redacciones ya no envían corresponsales de guerra como lo hacían antes. ¿Cómo cambia eso la situación?

–Depende de dónde esté la guerra. En Israel y Gaza, por ejemplo, no se puede enviar periodistas a Gaza. Los periodistas traumatizados allí son palestinos. Ucrania es distinto: se puede enviar periodistas occidentales, pero muchos medios ya no mandan a sus corresponsales de la misma manera que antes. Eligen depender de los periodistas locales que viven allí para contar la historia.

Es un modelo muy diferente. Entonces pasa a ser fundamental que los recursos de salud locales ayuden a los periodistas de esos países. En Ucrania, la mayor parte de la cobertura la hacen periodistas ucranianos y el país tiene un sistema de salud mental desarrollado que potencialmente puede asistirlos. En Gaza, por supuesto, la situación es mucho más compleja.

–Hoy las amenazas no vienen solo de una zona de guerra. También hay periodistas hostigados por su trabajo, incluso en democracias, muchas de las cuales son países de “primer mundo”.

–Es algo muy común y se ve globalmente. Hicimos un estudio en Canadá sobre el acoso a periodistas canadienses y fue intenso. X (ex Twitter) es el medio principal para hostigar, pero también ocurre por Facebook y correo electrónico. A veces, la gente va a la redacción para atacarlos; otras veces, a la casa de los periodistas.

Elisabetta Piqué corresponsal de La Nacion en Irak, frente al puente de Basora, 6/4/2003Elio Colavolpe/Emblema

Es un problema enorme. Es importante que los periodistas se sientan físicamente seguros y que las organizaciones cuiden su seguridad física, pero también tienen que aprender a manejar las amenazas en línea. El trabajo online es un arma de doble filo: ofrece una audiencia enorme, algo que no se consigue con el papel, pero tiene como contracara el hostigamiento.

–Usted estudió en México una situación todavía más compleja, porque las amenazas pueden alcanzar a las familias. ¿Qué encontró?

–Unesco se acercó a mí porque estaba preocupada por los periodistas mexicanos. Hasta entonces, toda mi investigación se había concentrado en periodistas occidentales que volaban a una zona de guerra, se quedaban cuatro o seis semanas y volvían a Londres o Nueva York, donde estaban seguros. Los periodistas mexicanos no podían irse: vivían y trabajaban en uno de los lugares más peligrosos del mundo.

Al principio no confiaban en mí porque estaban muy asustados. Tuve que ir siete veces a Ciudad de México para que el estudio funcionara. Lo que aprendí es que los narcotraficantes no solo atacan a los periodistas: atacan a sus hijos, sus padres y sus abuelos.

Inducen tanto miedo que muchos se autocensuran. No escriben la historia porque se sienten responsables de las consecuencias que su trabajo puede tener sobre su familia.

A veces es tan grave que tienen que entrar en un exilio interno: abandonar la ciudad en la que viven e instalarse en otra parte de México, donde nadie los conozca. Y, por supuesto, algunos son asesinados. Además, en muchos pueblos mexicanos, las fuerzas de seguridad trabajan con los carteles; si van a la policía, la policía les informa a los carteles. No tienen protección.

Hoy hay organizaciones, como Article 19 y grupos de la sociedad civil, que intentan ayudarlos, pero no todos los medios protegían a sus propios periodistas. Fue revelador ver el nivel extraordinario de peligro bajo el que trabajan. Y si los periodistas se autocensuran y no escriben sus historias, ¿qué dice eso de la sociedad civil? ¿Qué tan democrática puede ser una sociedad si sus ciudadanos no pueden saber qué está pasando?

–Usted trabaja con el concepto de “herida moral”. ¿Qué es y por qué puede ser tan importante para los periodistas?

–La definición que prefiero es esta: la herida moral es una condición que puede surgir de presenciar, perpetrar o no impedir actos que transgreden la propia brújula moral. Puede ser por algo que hice, por algo que otros hicieron o por algo que no logré evitar. “¿Por qué no hablé? ¿Por qué no dije algo?”. Produce culpa, vergüenza, enojo, asco o desesperación.

El fotógrafo de guerra Don McCullin, uno de los grandes fotógrafos de guerra, ha dicho que se siente culpable porque su carrera fue construida sobre el sufrimiento de otras personas.

Anthony FeinsteinFernanda Corbani

En 2015 y 2016, con un colega recibimos financiamiento para estudiar a los periodistas que cubrían la crisis migratoria en Europa. Había un millón de migrantes de África y Medio Oriente. Un periodista podía estar en una playa del sur de Italia, ver que llegaba una embarcación y que personas se ahogaban delante suyo. Entonces debía decidir: ¿agarro la cámara y hago la foto o entro al agua para intentar salvarlas?

Algunos decían: “La humanidad es más importante; primero voy a ayudar”. Pero después podía llegar un reclamo del editor en Nueva York, Londres o París: “¿Por qué no conseguiste la foto? Otro diario la obtuvo. Te enviamos por la primicia y no la obtuviste”. Ahí está el dilema moral. La mayoría de los periodistas que pusieron primero su humanidad sintieron que habían tomado la decisión correcta, pero recibieron presión de sus organizaciones. La herida moral, para mí, es hoy el problema más grande para los periodistas. Creo que es más importante que el estrés postraumático.

–¿Dónde está, en esos casos, el límite entre contar y ayudar?

–El estrés postraumático es una enfermedad mental; la herida moral no. Esa es una distinción importante, pero la herida moral lastima a los periodistas de todos modos.

El caso del fotógrafo Kevin Carter, quien tomó la imagen de un buitre junto a un niño desnutrido en África y luego se suicidó, fue complejo: también tenía un serio problema de drogas. Pero la pregunta de fondo es la misma. ¿Uno está ahí para hacer su trabajo como periodista o para ayudar?

McCullin no tiene por qué sentirse culpable. El trabajo de un periodista es contar la historia y es importante hacerlo. Cuando uno fotografía a personas que perdieron todo, muchas de ellas quieren que su historia sea contada. Si el periodista hace bien su trabajo, esa es su misión.

–¿Qué cambió en el manejo de estos problemas?

–La generación anterior, si tenía problemas, bebía. Iba al bar a tomar. El alcohol es terrible para manejar la salud mental: la empeora. Pero era la manera de afrontarlo porque las organizaciones no ofrecían nada.

Nuestro primer estudio mostró con claridad que, si uno regresaba de la guerra, no había nada en la organización que lo ayudara. La idea era que había que tener la fortaleza suficiente, aguantar y seguir. Si no podía hacerlo, encontrarían a alguien más. Había muchos jóvenes, sobre todo hombres pero también mujeres, que querían ir a la guerra porque era excitante, interesante y bueno para la carrera. Cuando regresaban con problemas, la actitud era: “Ahora no es nuestro problema. Resuélvalo usted”.

Esta imagen reciente sin fecha, tomada de un video transmitido por la televisora Al Jazeera de Qatar, muestra al corresponsal en árabe de la cadena en Gaza, Anas al-Sharif, informando ante la cámara en Gaza. Al-Sharif y otros cuatro miembros del personal de Al Jazeera murieron por un ataque con drones israelíes contra su tienda de campaña en la ciudad de Gaza poco antes de la medianoche del domingo 10 de agosto de 2025AL JAZEERA

La generación más joven es más consciente psicológicamente. Entiende que, si una persona se enferma, puede caer muy fuerte: afecta a la pareja, las relaciones, los hijos y la capacidad de trabajar. Para una organización de noticias, cuidar a sus periodistas no solo es bueno para ellos: también es bueno para la empresa, porque un periodista que no está bien no puede hacer bien su trabajo.

–¿Por eso vino a la Argentina? ¿En qué consiste el programa que busca desarrollar?

–Quiero ayudar a desarrollar un programa de apoyo entre colegas. Es un modelo que ya existe en redacciones: se identifica a periodistas interesados en cuestiones psicológicas y se los capacita como trabajadores de apoyo para otros periodistas. Reciben una formación básica en salud mental.

Si un colega está angustiado o preocupado por algo, muchas veces no recurre de inmediato a un psicólogo o a un psiquiatra. Primero conversa con otro periodista. A menudo esos problemas pueden abordarse de una forma más simple. Reuters inició este tipo de modelo en el Reino Unido; lo hacemos en Canadá y lo estamos desarrollando en otros lugares. Si logramos establecerlo aquí, sería un gran avance.

–También prepara un estudio sobre el cerebro de corresponsales veteranos. ¿Qué busca entender?

–Soy neurocientífico y hacemos muchas imágenes cerebrales. Quiero estudiar con resonancias muy sofisticadas a periodistas que pasaron 20 o 25 años cubriendo guerras. Esa exposición es incomparable; ninguna otra profesión la tiene. La pregunta es qué aspecto tienen sus cerebros, qué los ayuda a ser resilientes y qué los vuelve vulnerables.

No todos los periodistas que van a la guerra desarrollan estrés postraumático; de hecho, la mayoría no lo hace. Queremos entender la diferencia entre los que sí y los que no, y aprender de eso para preparar mejor a otros periodistas y ayudarlos a ser más resilientes.




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