Viaje a la mina de cobre más grande del mundo: las lecciones que la Argentina todavía tiene que aprender
ANTOFAGASTA, Chile.– El micro sube durante casi tres horas por una ruta asfaltada, sin un solo pozo, hasta los 3100 metros de altura. Es invierno, pero no hay nieve. Antofagasta está a una latitud similar a la de San Salvador de Jujuy, mucho más al norte que San Juan, hoy el centro operativo del cobre argentino. A los costados del camino no crece vegetación —es puro desierto rocoso—, pero sí hay algo que no falta nunca: líneas de alta tensión que acompañan cada tramo de la ruta, paneles solares y aerogeneradores que abastecen de electricidad renovable a las operaciones mineras. Ese paisaje, tan distinto al que rodea a los proyectos de cobre en la Argentina, es la postal de un país que empezó a invertir en su infraestructura minera hace más de tres décadas.
El destino es Escondida, la mina de cobre más grande del mundo, operada por la australiana BHP, la misma compañía que desde abril de 2024 tiene el 50% del proyecto Vicuña en la Argentina, tras comprárselo a la canadiense Lundin Mining por US$3250 millones.
Escondida sola aportó el 25% de todo el cobre que produjo Chile en 2025 y exportó el año pasado alrededor de US$14.500 millones. El país trasandino vendió al exterior US$58.000 millones en cobre en 2025 y US$63.000 millones si se suma el resto de la minería, una cifra similar a la que exporta todo el complejo agroindustrial argentino, que ronda entre US$55.000 y US$60.000 millones anuales.
La escala de la operación es difícil de dimensionar sin verla. El rajo principal —la mina a cielo abierto, el open pit— tiene 3,5 kilómetros de largo, 2 kilómetros de ancho y 900 metros de profundidad, y todo el distrito minero ocupa una superficie similar a la de la ciudad de Santiago o a la de Singapur.
La propiedad de Escondida está repartida entre BHP (57,5%), Rio Tinto (30%) y un consorcio de empresas japonesas —Mitsubishi Corporation, JX Nippon Mining & Metals Corporation y Mitsubishi Materials Corporation— que controla el 12,5% restante.
Arrancó a producir en 1991 y todavía le quedan, según estiman en la compañía, 80 años más de vida útil. Con un solo día de producción de sus tres plantas concentradoras, Escondida obtiene el cobre necesario para fabricar 25.000 autos eléctricos. No es un dato menor. La demanda mundial de ese material viene creciendo de la mano de la electrificación —un auto eléctrico consume el doble de cobre que uno a combustión— y de la construcción de centros de datos para inteligencia artificial. En BHP proyectan que, hacia 2050, la demanda global de cobre será 70% más alta que la actual.
La comparación con la Argentina, que no produce cobre desde 2018, empieza mucho antes de llegar a la mina. Para acceder a Escondida hay que volar dos horas entre Santiago y Antofagasta —hay 30 vuelos diarios entre ambas ciudades, contra los casi cuatro que hoy conectan Buenos Aires con San Juan— y después tomar un micro por una ruta pavimentada. Para llegar a Vicuña, el proyecto de cobre que BHP y Lundin Mining desarrollan en San Juan, el viaje en micro dura 10 horas y la altura supera los 4000 metros, con nieve en invierno.
El contraste no es solo geográfico. En Chile, gran parte del recorrido tiene caminos asfaltados y líneas de alta tensión; en la Argentina, todavía hay tramos de ripio, lo que encarece el recambio de neumáticos y alarga los tiempos de viaje, y las minas de cobre en construcción se abastecen con grupos electrógenos y diésel, porque todavía no llegó el tendido eléctrico de alta tensión.
Esa diferencia tiene una explicación histórica. Chile hizo, a partir de la década de 1990, una inversión fuerte en infraestructura vial y eléctrica a través de licitaciones privadas, un proceso costoso en su momento, pero que hoy permite que la conexión eléctrica y los caminos pavimentados lleguen a prácticamente cualquier punto de la cordillera. La comparación, de todos modos, tiene una salvedad: Escondida lleva 36 años de operación, mientras que los proyectos argentinos, como Vicuña, todavía están en etapa de preconstrucción. Aun así, en la industria remarcan que ambos países comparten la misma cordillera —y, en muchos casos, los mismos yacimientos binacionales—, por lo que la brecha de infraestructura, más que geológica, es una diferencia de décadas de política pública.
Puertas adentro, Escondida funciona como una pequeña ciudad a 3100 metros de altura. Viven allí 10.000 personas, entre 4000 empleados directos y 6000 que trabajan a través de contratistas. El 45% de la dotación son mujeres, que además ocupan el 51% de los puestos de liderazgo, y un 11% de los trabajadores pertenece a pueblos originarios. Chile es hoy el país con mayor participación femenina en minería del mundo, con el 23% de la fuerza laboral del sector, por delante de Australia. En la Argentina, ese número ronda el 12%, y en la industria coinciden en que el desafío no es tanto atraer talento femenino, sino cómo retenerlo.
El proceso productivo combina dos caminos según el tipo de mineral. Los sulfuros se procesan por flotación en las plantas concentradoras y se convierten en concentrado de cobre, que viaja como una pulpa con 35% de agua por un mineraloducto de 170 kilómetros hasta el puerto Coloso, en Antofagasta. Los óxidos, en cambio, se procesan por lixiviación y electro-obtención y se transforman directamente en cátodos de cobre de alta pureza, con los que se arman planchas de entre 80 y 90 kilos cada una. Desde Coloso, el concentrado sale hacia Asia —principalmente China, Corea, India y Japón—, un viaje marítimo de unos 40 días, a razón de un buque cada tres días y medio. Solo en 2025, la compañía pagó más de US$4000 millones en impuestos y regalías en Chile.
Toda la operación depende del agua de mar. Desde 2019, Escondida cerró sus últimos pozos de agua continental y hoy se abastece en un 100% con agua desalinizada, un proceso que empezó en 2006 y se amplió en 2016 y 2018. Usar agua desalada cuesta hasta cinco veces más que el agua subterránea, principalmente por el consumo eléctrico, dado que solo la desalinización representa un 30% de toda la energía que demanda Escondida, que a su vez equivale al 6% del consumo eléctrico de todo el sistema nacional chileno. La inversión en la planta desaladora fue de US$4000 millones. Chile, en conjunto, se propuso que para 2034 el agua de mar represente el 66% del consumo minero del país, contra el 43% actual; hace apenas 11 años, más del 90% del agua que usaba la minería chilena provenía del deshielo.
El otro desafío, común a todas las minas maduras del mundo, es que cada vez cuesta más sacar el mismo cobre: los rajos son más profundos, las leyes del mineral —la pureza— caen y hace falta procesar más toneladas de roca para obtener la misma cantidad de metal. Para sostener la producción, BHP anunció un plan de inversiones superior a los US$10.000 millones para la próxima década en Escondida, que incluye una nueva planta concentradora que reemplazará a la histórica Los Colorados, en operación desde 1989, además de mejoras en la lixiviación.
En el rajo Escondida Norte, la operación es 100% autónoma desde hace cinco años. Hay 33 camiones y 11 perforadoras se manejan a distancia por una ruta virtual, y la compañía prevé duplicar la flota a 66 camiones para consolidar la que sería la operación autónoma más grande del mundo.
La compañía, que tiene 90.000 empleados en el mundo y 140 años de historia, lleva 35 años en Chile, uno de los países centrales de su portafolio junto a Australia. En la Argentina, en cambio, recién empezó a operar hace poco más de dos años.
Ese desfasaje temporal es, para la industria, el dato que mejor resume la oportunidad y el desafío argentino: el cobre está, la cordillera es la misma y la demanda mundial va a seguir creciendo, pero la infraestructura, la escala y hasta la cultura minera todavía tienen tres décadas de diferencia.

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