«Argentina no compite por escala, compite por cerebro»: Eduardo Wassi y la hoja de ruta para introducir al país en la economía de la IA
Hay una frase que Eduardo Wassi repite hasta volverla casi una consigna: «La inteligencia artificial ya no es una promesa, es una decisión de management». La dice con la calma del que lleva años trabajando con tecnología —fundó Dinatech y un grupo de empresas del sector, y escribe seguido sobre el tema en redes y medios— pero también con la urgencia del que ve pasar una oportunidad y teme que el país la deje escapar otra vez.
La conversación llega en un momento cargado de símbolos. La misma semana en que SpaceX debutó en Wall Street en la mayor salida a bolsa de la historia, valuada en torno al billón y medio de dólares, hablar de tecnología dejó de ser un ejercicio de futurología para volverse una discusión sobre poder, infraestructura y oportunidad. Wassi no esquiva ninguno de esos terrenos. Pasa de los cohetes de Elon Musk a los empleos que podrían desaparecer antes de 2028, de la energía como nueva oportunidad exportadora a los consejos para un emprendedor que recién arranca, sin perder un tono que mezcla precisión técnica con didáctica de sobremesa.
En diálogo con Perfil.com, habla sobre el mundo que viene y, sobre todo, sobre el lugar que la Argentina puede ocupar en él si decide jugar en serio.
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Perfil.: Esta semana SpaceX salió a bolsa en la mayor operación de la historia. ¿Por qué debería importarle eso a alguien que está lejos de Silicon Valley?
Eduardo Wassi: Porque cambió la unidad de medida de la ambición. Una empresa privada construyó infraestructura crítica —acceso al espacio y conectividad satelital— y el mercado la valuó como si fuera un país entero. Y fijate qué motorizó esa cifra: Starlink, el servicio de internet satelital, que ya explica cerca de dos tercios de los ingresos. ¿Por qué? Porque resolvió un problema físico, llevar internet a donde no llega un cable. La lección no es «admiremos a Musk». La lección es que el valor migró hacia quien controla la infraestructura de base: el lanzamiento, la órbita, el cómputo, la energía, los datos. Todo lo demás se construye encima de eso.
P.: Decís que el valor está en quien controla esa infraestructura de base. ¿Dónde queda parada la Argentina en ese mapa?
E.W.: Argentina difícilmente fabrique cohetes, y está bien, no se trata de eso. Lo nuestro son las capas de arriba: el software, la inteligencia, las aplicaciones que se montan sobre esa infraestructura. Y ahí sí podemos jugar, porque eso no se compra con plata, se construye con cerebro. Lo digo claro: Argentina no compite por escala ni por capital barato, porque no los tiene. Compite por talento. Tenemos huso horario alineado con Estados Unidos, una tradición técnica con prestigio y costos competitivos en dólares. Eso es exactamente lo que la era de la IA está demandando. El problema no es la materia prima; es que todavía no decidimos explotarla en serio.
P.: Ves el talento como nuestra gran ventaja y, a la vez, escribiste sobre los trabajos que podrían desaparecer antes de 2028. ¿Cómo conviven esas dos ideas?
E.W.: Conviven perfectamente: son la misma moneda vista de los dos lados. Negar el impacto sería el verdadero error, porque te deja sin plan. Lo primero que se transforma no son los oficios completos, sino las tareas: lo repetitivo, lo predecible, lo que se puede describir con una regla. Lo más expuesto es el trabajo administrativo muy estandarizado; lo más protegido, todo lo que combina criterio, manos y trato humano. Por eso la frase que más repito es esta: la IA no te va a reemplazar; te va a reemplazar alguien que sabe usarla y vos no. Ahí está la diferencia entre miedo y oportunidad.
P.: Si esa es la diferencia, la pregunta obvia es qué hacemos para estar del lado bueno. ¿Cuál es la ventana de tiempo?
E.W.: Es corta, y por eso me impacienta tanto. Yo la resumo en una mesa de cuatro patas: talento, datos, energía y decisión. Talento que sepa construir IA y no solo apretar un botón. Datos tratados como un activo estratégico y no como un archivo olvidado. Energía, porque la IA consume cómputo y el cómputo consume electricidad, y ahí Argentina tiene gas, litio, sol y viento de sobra. Y decisión, que es la pata que más nos falta: la voluntad de tomar esto en serio en lugar de dejarlo siempre para más adelante. Las primeras tres ya las tenemos; la cuarta es la que nos debemos.
P.: De esas cuatro patas, hay una que es pura oportunidad y de la que poco se habla: la energía. ¿Por qué le das tanta importancia?
E.W.: Porque es una ventaja física que tenemos y que pocos están mirando. La IA no vive en el aire: necesita centros de datos, y los centros de datos necesitan dos cosas, energía abundante y lugares donde refrigerar el equipamiento. Argentina tiene gas, litio, sol, viento y regiones enteras con clima a favor. En el mundo hoy hay una pelea por dónde instalar esa infraestructura, porque la demanda de cómputo se disparó con la IA. Pensalo así: en lugar de exportar la energía, podemos traer al mundo a procesar acá. Es casi una exportación nueva, y de las grandes. No hace falta inventar nada raro; hace falta ver la oportunidad y animarse a tomarla. Es la clase de jugada que aparece una vez por generación.
P.: Hoy casi todas las empresas construyen sobre herramientas de IA de unos pocos gigantes tecnológicos. ¿Es un riesgo volverse tan dependiente?
E.W.: Es un tema real, pero la respuesta no es el miedo, es el criterio. Toda empresa hoy se apoya en herramientas que no fabricó, y está perfecto: nadie va a entrenar su propio modelo gigante desde cero. El error es entregar lo que sí es tuyo. ¿Y qué es tuyo? Tus datos, tu conocimiento del negocio y el criterio para decidir. La herramienta la podés cambiar mañana; tus datos y tu gente, no. Por eso repito siempre lo mismo: usá lo mejor que haya disponible, pero no tercerices tu inteligencia. El que entiende su negocio manda sobre la tecnología; el que no, queda a merced de ella. No se trata de fabricar todo uno mismo, se trata de tener bien claro qué controlás y qué no.
P.: Esa idea de criterio y de saber qué controlás, ¿aplica también a cómo se organizan las empresas por dentro? Sostenés que el modelo de organización tradicional está terminado
E.W.: Terminado el modelo estático, sí. Antes una empresa podía darse el lujo de decidir despacio y de arriba hacia abajo. Hoy la información se mueve más rápido que el organigrama. Las organizaciones que ganan funcionan como sistemas vivos: equipos con autonomía, decisiones cerca del dato, capacidad de corregir el rumbo en semanas y no en años. Y ojo con la trampa: meter IA en una empresa rígida no la moderniza, solo la hace equivocarse más rápido y con mejor presentación. Primero se arregla el proceso; después se le suma la máquina.
P.: ¿Por dónde empieza, en concreto, un CEO que no sabe por dónde empezar?
E.W.: Por un problema caro y aburrido, no por el caso de moda. Que elija un proceso que le cuesta plata todos los días —pensá en cualquier área que mueve reclamos, pedidos o papeles repetidos— y le aplique IA con una meta medible: cuánto tardaba antes, cuánto tarda después. Un piloto chico, real, con número. La transformación no arranca con un anuncio en una convención; arranca con una victoria concreta que el resto de la organización pueda ver y copiar. El entusiasmo se contagia con resultados, no con discursos.
P.: De los CEO a los que recién arrancan: ¿qué le dice a un emprendedor argentino que sueña con construir algo grande desde acá?
E.W.: Que piense global desde el día uno, pero que use su origen como ventaja y no como excusa. Emprender en la Argentina te obliga a ser eficiente: hacés más con menos, y ese es justo el músculo que el mundo valora. La IA bajó la barrera de entrada como nunca: hoy un equipo chico puede competir con uno grande si elige bien el problema. Y a los que dicen «hay que irse del país» les contesto que hay una diferencia entre irse y proyectarse. Se puede vender al mundo desde acá. El que se queda y exporta conocimiento construye algo que el que se va casi nunca reproduce: un ecosistema.
P.: Hablando de ecosistema, ¿qué nos puede salir mal?
E.W.: Tres riesgos concretos. Uno, la fuga de talento: si no damos horizonte, terminamos formando gente para que la contrate otro país. Dos, la brecha de acceso: sin buena conectividad y energía, la IA queda para unos pocos y profundiza la desigualdad. Tres, la indecisión: quedarnos esperando el momento perfecto, que nunca llega, mientras otros avanzan. Y agrego un cuarto a nivel regional: Latinoamérica suele competir consigo misma cuando debería integrarse. Si coordináramos talento, datos y energía entre los países del bloque, seríamos un actor relevante en la economía de la IA. Hoy negociamos de a uno y en desventaja. Ninguno de estos riesgos es un destino; los cuatro son decisiones.
P.: Y si todas esas decisiones salieran bien, ¿cómo imagina a la Argentina dentro de cinco años?
E.W.: Un país que dejó de discutir si la tecnología sirve y empezó a vivir de ella. Que exporta inteligencia con la misma naturalidad con la que hoy exporta alimentos. Donde un chico de cualquier provincia tiene conectividad y formación para trabajarle al mundo sin tener que mudarse. Donde el talento se queda porque acá encuentra futuro, y las empresas crecen y contratan. No es ciencia ficción: cada una de esas piezas ya existe en algún rincón del país. El trabajo es ensamblarlas y, sobre todo, sostenerlas en el tiempo. Eso es liderazgo. Y es la conversación que de verdad me interesa dar.
P.: Para concluir, dejanos una frase de cierre
E.W.: El futuro no se espera, se construye. Y por primera vez en mucho tiempo, tenemos las herramientas para construirlo desde nuestro país.

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