El 24 de marzo se cumplieron 50 años del golpe de Estado cívico-militar, que desencadenó el período más oscuro e ilegal de la historia argentina, por la supresión de la Constitución Nacional, la represión política y la violación sistemática de derechos humanos, incluida la libertad de expresión, mediante un aparato de persecución y censura tendiente a controlar la difusión de ideas o informaciones consideradas peligrosas, imponiendo una narrativa única.
Con la recuperación de la democracia en 1983 el país restituyó sus instituciones republicanas, e inició un proceso que es ejemplo en el mundode juzgamiento a los responsables de los crímenes de lesa humanidad, el cual todavía no ha concluido. La reforma constitucional de 1994 introdujo, entre otros avances, normas para la defensa de la democracia y la constitucionalidad, confirió rango constitucional a los tratados internacionales de derechos humanos, y fortaleció garantías para la libertad de expresión. La justicia, la educación y el arte reforzaron estos principios.
Sin embargo, debemos admitir que estas normas fundamentales no han calado en su auténtica dimensión en una parte considerable de la sociedad,que sigue sosteniendo discursos que todavía relativizan, niegan o justifican la magnitud de la violencia estatal de aquellos años, y que en sus prácticas cívicasactuales naturalizan fenómenos cotidianos de autoritarismo yde censura, reforzados por la comunicación digital en la que todos estamos inmersos.
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
No obstante los logros institucionales alcanzados, seguimos atrapados en las múltiples formas que adopta el discurso neofascista, como manifestación extrema del neoliberalismo, y prosigue operando la censura a menudo larvada en la configuración de lo social, mediante nuevos artefactos políticos de visualidad y auralidad.
Con la intención de ayudar a pensarnos y desde un enfoque interdisciplinario, retomando distintas voces muy conocidas de notorio peso académico,podemos problematizar las relaciones entre cultura, poder y tecnología en la producción, transmisión y recepción de discursos sociales, y sus representaciones simbólicas, en los procesos de subjetivación y de construcción de ciudadanía.
Desde una perspectiva semiológica, Roland Barthes explicaba en el Collège de France, en su lección inaugural, quela lengua como realización de todo lenguaje, no es ni reaccionaria ni progresista, simplemente es fascista; porque el fascismo no consiste en no dejar decir, sino en obligar a decir. Para el psicoanálisis lacaniano, la lengua es siempre restrictiva.
Giorgio Agamben se preocupa por un problema político de hoy: la censura opera en el “estado de excepción”, por fuera del derecho. Pensemos en Guantánamo o en El Salvador. Para Agamben los mecanismos de censura constituyen en el mundo actual un dispositivo esencial con que los Estados administran la nuda animalidad de la esfera biopolítica.
Como vemos, el análisis del fenómeno de la censura resulta complejo, y reclama una tarea de deconstrucción derridianadel concepto mismo de ciudadanía. Utilizando términos propios de la economía, podríamos hablar también de una macro censura derivada de estructuras de poder, y de una micro censura admitida de mecanismos concomitantes de cancelación, o de intimidación, expresada en las formas de misoginia, discriminación de género, homofobia, xenofobia y ataque a quienes piensan distinto, que observamos a diario, y que de algún modo legitiman las formas de la exclusión. Esta óptica -entre otras posibles- es la que elegimos abordar.
Desde nuestra condición de intelectuales y de universitarios, sostener que la dictadura militar del ‘76 es la única causa de tantos daños irreparables a las instituciones y al tejido social argentino, resulta un argumento simplista o parcial. Estamos convencidos de que no puede analizarse ese hecho histórico como el producto de una decisión de las fuerzas armadas, bajo la influencia de un proyecto geopolítico estadounidense para toda América Latina, sin considerarel apoyo concreto que le otorgó una gran parte de la sociedad civil, incluyendo a caracterizados dirigentes políticos, empresarios, medios de prensa y cierto sector de la Iglesia. Esto ha sido materia de estudios profundos, desarrollados en el país y en el exterior.
Esa sociedad con rasgos neofascistas fue preexistente a 1976, venía expresándose en décadas anteriores, y cimentó lo se llamó con feroz hipocresía y bastardeando el sentido de las palabras,el “proceso de reconstrucción nacional”. Vamos a puntualizar dos emergentes claros de este neofascismo preexistente, a modo de ejemplos, porque hacen a la historia que debió atravesar nuestra Universidad. Ambos hechosestán relacionados a un organismo que evidentemente causó inquietud y preocupación a ciertos sectores, por lo “peligroso” (valga la ironía) del propósito que perseguía: el Instituto de Cine.
En el año 1956 una mujer, esa magnífica jurista, socióloga, extensionista, docente e investigadora, pero también política y primera Embajadora de la Argentina, que fue Ángela Romera Vera, crea en efecto, el Instituto de Cinematografía de la UNL como una nueva y original unidad académica. Lo hace con el respaldo del rector Josué Gollán, con quien compartió el gobierno universitario y una fuerte amistad, y para ello debió enfrentar a las voces que se oponían en el Consejo Superior.
¿Con qué fin la doctora Ángela Romera Vera funda el Instituto de Cine? Para el desarrollo de una Sociología crítica, a la manera de Adorno y de Horkheimer, que en los años ’50 recién había comenzado a perfilarse; y lo hace a través del aporte tecnológico del cine documental aplicado a las encuestas sociales, que también era una novedad en su época.
Cito las palabras de Romera Vera en el primer cuaderno de Fotodocumentales, editado por la UNL en 1956: “Buscamos a través de él (del Instituto de Cine) una nueva forma de comunicación con nuestro pueblo en su dimensión real. Ni regionalismo, ni pintoresquismo, ni arte de vanguardia. Todo lo que queremos es que los alumnos del Instituto aprendan a ver y a expresar lo visto en forma tal que los espectadores de sus trabajos tengan que mirar y compartir; si además realizan algo bello tanto mejor”.
Con el correr del tiempo, la obra de Romera Vera fue totalmente silenciada. La finalidad del Instituto, de la que dan cuenta además todos los títulos de las películas que se produjeron en su primera etapa institucional, fue desplazada.
Y la creación del Instituto de Cine en prácticamente todas las historias sobre el organismo, se le atribuye exclusivamente a Fernando Birri, que fuera un querido y admirado amigo de quien esto escribe, y cuya correspondencia personal se atesora en mis archivos. Sin embargo, debería reconocerse que en rigor de verdad, Fernando Birri no formó parte de la planta de la Universidad Nacional del Litoral hasta que Ángela Romera Vera lo convocó -aquel año- para ofrecerle la dirección de la nueva unidad académica.
O sea, que la mujer que fundó el Instituto de Cine de la UNL, que había venido pensando y trabajando para concretar esta realización desde 1940, fue totalmente cancelada por un típico relato patriarcal, siendo que este reconocimiento no le hubiera quitado mérito alguno a Fernando Birri, cuya carrera internacional en el cine fue brillante y autónoma, y propia. Censura por cancelación, borrar la historia, no nombrar, no decir.
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Otro ejemplo de la censura, pero como ejercicio perverso del poder del Estado,se produce con la segunda encuesta social filmada, luego de Tire dié. Nos referimos al mediometraje de 1962 Los cuarenta cuartos, producto de la tesis final de un grupo de egresados, bajo la dirección de Juan Fernando Oliva. El film ponía de manifiesto la escasez de ingresos y el déficit habitacional en la ciudad de Santa Fe, que afectaba al veinticinco por ciento de la población según el censo de 1956, haciendo foco en la vida en un conventillo céntrico. De las encuestas previas realizadas se relevó que el inmueble tenía cuarenta y siete habitaciones y solo tres baños habilitados de cara al patio.
La película fue secuestrada.
En 1963 el Presidente José María Guido prohibió su exhibición por decreto y ordenó retener sus negativos. Hay que dimensionar hasta qué punto la propuesta universitaria resultaba movilizadora de las posiciones dominantes argentinas, que pretendían silenciar ciertas realidades. La decisión se encuadró en el clima epocal, dentro del caótico cambio de gobierno tras la destitución también cívico-militar de Frondizi. Otra vez resurge en nuestra historia el pensamiento antidemocrático de contenido neofascista, y ligado a la censura.
Hablamos de neofascismo como marco socio-político de la censura, porque aplicamos esta categoría a los comportamientos de la sociedad argentina en el tiempo, cuya tendencia al autoritarismo, a la anulación de la alteridad y al control sobre las ideas de los que piensan distinto, fue adquiriendo particularidades específicas. Huelga aclarar que usamos el término neofascismo conscientes de las diferencias del modelo clásico del siglo pasado, así como han surgido los términos posfascismo, o tecnofascismo.
Por ello pensamos que las consecuencias dolorosas que marcan nuestro pasado y también nuestro presente, son el producto de la dimensión neofascista de esta sociedad. De modo concurrente, la evolución del capitalismo tecnológico ha venido a constituir un soporte adecuado para potenciar un malestar social que no logra racionalizarse y encontrar su cauce institucional, ni se abre al diálogo social y mucho menos admite el pensamiento crítico. De la sociedad unidimensional que denunció Marcuse, pasamos a un mundo social dividido, profundamente desigual, carente de vínculos comunitarios. El poder económico, no político, y el algoritmo de la tecnología que reemplaza a la razón crítica, o dialéctica, es la conjugación que constituye el nuevo soporte del neofascismo contemporáneo y de sus mecanismos de censura.
Desde esta mirada, el gobierno nacional actual es a la vez un emergente y un promotor desenfadado de esa misma sociedad neofascista que se reactualiza, y que no reacciona con suficiente contundencia frente a las nuevas formas de la censura que el poder ejecutivo propugna a través de medidas que desfinancian la universidad y la investigación científica; promueven la persecución y cancelación de profesores, intelectuales, artistas y periodistas; disponen el cierre de organismos culturales; o prohíben la libertad de cátedra, entre otras medidas no menos crueles.
Aquellos que hoy expresamos diferencias estamos expuestos a una violencia real, que se manifiesta con no menos realidad en forma digital, que cada día se vuelve más agresiva, provoca temor y autocensura, y agrava el tajo social produciendo heridas irrecuperables.
Por estas razones, concluimos en que pensar la censura como un hecho histórico argentino, como un pasado museal, sería coagular un fenómeno que goza de total actualidad, y que como universitarios tenemos la obligación de denunciar.
La censura es un virus de circulación social que hoy está activo, portado por la digitalización de nuestras vidas. No perdamos la actitud crítica, como postularon ya hace más de cincuenta años los miembros de la Escuela de Frankfurt: decir que no, hoy sigue teniendo sentido.

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