Armenios, de la tragedia a la reconstrucción

Cuando analizaba modelos de pueblos migrantes (para fundamentar la resiliencia) como material para la redacción de mi libro Fuerza emprendedora, el sueño de la vida propia hubo un dato histórico que me llamó la atención: el pueblo armenio.

Cuando comenzó el genocidio armenio en 1915, los armenios no abandonaron sus hogares para buscar mejores oportunidades. Fueron perseguidos, deportados y asesinados. Familias enteras fueron obligadas a abandonar ciudades, comercios, industrias, talleres, escuelas y propiedades construidas durante generaciones.

La enorme mayoría de los historiadores coincide en que entre 1 y 1,5 millones de armenios fueron asesinados entre 1915 y 1923 en lo que hoy es reconocido por numerosos países y organismos internacionales como el Genocidio Armenio.

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Quienes sobrevivieron lo hicieron exiliándose. No emigraron.Fueron expulsados.Y aquí aparece una pregunta que considero fascinante desde el punto de vista empresarial:

¿Cómo una comunidad que sufrió uno de los mayores procesos de exterminio y desplazamiento forzado de la historia moderna logró reconstruir, en apenas unas décadas, redes empresariales, instituciones educativas, organizaciones comunitarias y una presencia económica relevante en decenas de países?

Un comerciante armenio podía tener vínculos de confianza en Alepo, Tiflis, Marsella, El Cairo o Constantinopla. La garantía no era un software. Era la reputación»

La respuesta no está en la suerte. Tampoco en la ayuda estatal. Y mucho menos en los recursos naturales. Está en la construcción paciente de activos invisibles.

Antes del genocidio, los armenios constituían una parte muy significativa de la actividad comercial, financiera y artesanal en numerosas regiones del Imperio Otomano. Si bien representaban una minoría demográfica, tenían una participación económica muy superior a su peso poblacional.

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Comunidad Armenia en Argentina.

No era casualidad. Durante siglos habían desarrollado redes comerciales internacionales que conectaban Asia, Europa y Medio Oriente. Mucho antes de internet. Mucho antes de las aceleradoras. Mucho antes de LinkedIn.

Un comerciante armenio podía tener vínculos de confianza en Alepo, Tiflis, Marsella, El Cairo o Constantinopla. La garantía no era un software. Era la reputación. Y la reputación reducía costos. Menos litigios. Menos controles. Menos burocracia. Más velocidad para hacer negocios.

Donde llegaban, construían escuelas. Clubes. Iglesias. Centros culturales. Fundaciones. Organizaciones de ayuda mutua»

Los economistas suelen hablar de infraestructura física. La experiencia armenia demuestra el valor de otra infraestructura mucho más difícil de construir: la infraestructura social. Después del genocidio se perdieron tierras, edificios, fábricas y comercios.Pero las redes sobrevivieron. Y fueron esas redes las que permitieron reconstruir comunidades enteras en Argentina, Francia, Estados Unidos, Líbano, Canadá, Brasil y muchos otros países.

Cuando uno estudia la diáspora armenia descubre otro rasgo extraordinario.La obsesión por las instituciones. Allí donde llegaban, construían escuelas. Clubes. Iglesias. Centros culturales. Fundaciones. Organizaciones de ayuda mutua. No porque sobrara dinero. Sino porque entendían que las instituciones son las fábricas invisibles de una comunidad. Forman personas. Transmiten valores. Generan confianza. Crean oportunidades.

También entendieron algo que sigue siendo válido hoy.La educación es el único patrimonio que nadie puede confiscar.Mientras muchos medían el progreso por las propiedades acumuladas, miles de familias armenias lo medían por la educación de sus hijos. Médicos. Ingenieros. Abogados. Comerciantes. Empresarios. Profesionales.

Sabían que podían perder una casa. Podían perder un negocio. Podían perder un país. Pero no podían perder el conocimiento adquirido. Quizás la enseñanza más importante para quienes hacemos empresas sea otra.

La falsa «corrección política» ante el genocidio armenio

La prosperidad sostenible rara vez se construye en una generación. Se construye en varias. Los armenios pensaron en décadas cuando las circunstancias los obligaban a sobrevivir día a día.

Construyeron escuelas antes que monumentos. Instituciones antes que marketing. Reputación antes que escala. Comunidad antes que individualismo. Más de cien años después, los resultados siguen a la vista. Porque lo extraordinario no es que hayan sobrevivido. Muchos pueblos han sobrevivido a tragedias históricas. Lo extraordinario es que transformaron el exilio en una plataforma de reconstrucción.

Llegaron a países donde no hablaban el idioma, no tenían propiedades, no contaban con respaldo estatal y, en muchos casos, habían perdido a buena parte de sus familias. Sin embargo, reconstruyeron empresas, industrias, escuelas, organizaciones y comunidades prósperas.

Por eso creo que la gran lección empresarial de la comunidad armenia no es la resiliencia. La resiliencia aparece cuando todo sale mal. La verdadera lección es haber comprendido que la riqueza más importante nunca estuvo en los edificios, en las fábricas o en las cuentas bancarias. Estuvo siempre en las personas, en la educación, en la confianza y en la capacidad de construir instituciones que trasciendan a una generación.

Y esa es una forma de riqueza que ningún genocidio, ninguna crisis y ningún exilio puede destruir completamente. Tal vez es hora que la Argentina productiva reaprenda sus valores y saque mucho de lo valioso del pueblo armenio.

*abogado, emprendedor y fundador de la Unión de Emprendedores de la RA.

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