Es posible escribir un libro sobre clínica psicoanalítica frente a la violencia sexual si no es desde la indignación?
El problema de la violencia sexual en sus diversas caras –contra niños, niñas, adolescentes, feminidades y sexualidades diferentes– no puede ser pensado como un problema individual, no está dirigido solo a las víctimas directas. Es un problema estructural en el sentido de que cada acto violento está dirigido contra toda la sociedad para que se sostenga ese orden de poder.
Cada agresión sexual (aabusos, femicidios, transfemicidios) es una advertencia que intenta que se conserven las relaciones de poder vigentes. Y también en el sentido de que es la propia sociedad capitalista y patriarcal la que reproduce los resortes para que estas violencias se gesten y se perpetúen.
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No podemos dejar de pensar la violencia sexual como el resultado de un entramado socioeconómico, de género, político y subjetivo. Es un analizador de la sociedad capitalista y patriarcal, o sea, deja a la vista cómo opera el poder para someter a quienes están en los lugares más vulnerados.
Las violencias sexuales contra infancias y adolescencias son crímenes de poder que usan la sexualidad como medio para el dominio de las y los más vulnerables que tienen a su alcance.
Quien tiene una pequeña porción de poder habitualmente por ser varón y ser adulto, en lugar de unirse a otros y otras de su clase para denunciar el sometimiento padecido y desarticularlo, va a identificarse con el poderoso sometiendo a alguien más vulnerable que se encuentre a su alcance, un niño o una niña, un adolescente, una femineidad, una sexualidad diferente a la hegemónica. No puede dejar de provocar indignación.
Este libro recorre, en el transcurso de su preparación, tiempos de enorme convulsión socioeconómica, política y subjetiva dentro de Argentina. Se arañan números que resultan desoladores para hablar de infancias pobres e indigentes: más del 60%, en uno de los países más ricos en alimentos y menos densamente poblados. No hay cómo entenderlo si no consideramos las políticas que apuntan a la entrega de las riquezas y los recursos naturales al servicio del tecnocapitalismo financiero, al que ya no le alcanza con aumentar pornográficamente sus ganancias. Quiere un mundo para muy pocos, en el cual se descarte como cosas inútiles a las grandes mayorías, ya que perturban con sus necesidades y deseos el objetivo principal: reproducir y acrecentar el capital en el menor tiempo posible.
El Estado tiene una gran responsabilidad en abandonar a las víctimas y otorgar impunidad a femicidas y abusadores. Causas penales en gran mayoría sin condena, equipos de psicólogos/as del Ministerio Público de la Nación que siguen usando el diagnóstico del Síndrome de Alienación Parental (SAP), entregando a niños y niñas a sus abusadores, fiscalías que mandan pericias judiciales a niños y adolescentes y no a los agresores adultos, equipos del cuerpo médico forense que ven lesiones y no las escriben.
El aumento de la violencia sexual durante la pandemia del covid-19 deja a la vista, cada vez de manera más contundente, que la casa familiar y la familia ampliada pueden ser lugares en los cuales la dependencia infantil hacia los adultos cuidadores resulte violada. Una de las máximas crueldades.
Una evidencia que nos deja la pandemia es que esto que sucede en algunas familias aumenta cuando otras instituciones como la educativa, la de la salud y las culturales están inaccesibles. Educación, salud y recreación en clubes, talleres y espacios culturales podrían resultar lugares de detección de violencia intrafamiliar cumpliendo un rol comunitario esencial, junto a la Educación Sexual Integral (ESI), mientras las instituciones creadas para proteger y defender los derechos de las infancias, como la judicial, pueden tornarse muchas veces lugares de revictimización.
Con la pandemia del covid-19 aumentó de manera alarmante la violencia sexual en los entornos digitales. Pedófilos que utilizando un perfil falso intentan una amistad con chicos y chicas para luego obtener fotos o videos íntimos. El avance posterior es hacia chantajes para lograr encuentros presenciales o nuevos materiales con contenido sexual, quedando en la responsabilidad individual de las familias detectar o evitar el grooming.
Surge entonces la pregunta acerca de cómo explicamos el crecimiento tan desembozado de estas crueldades, que van más allá de la pandemia a pesar de que se vienen visibilizando, de las legislaciones de avanzada que tenemos en nuestro país, de los trabajos de los feminismos, de la militancia Lgtbi+ y de la implementación de la ESI para desenmascarar estas y otras violencias.
No se puede pensar este aumento si no se lo enmarca en los procesos de desubjetivación que está provocando el tecnocapitalismo financiero. Una muestra de ello es el gran crecimiento de los intentos de suicidio en la adolescencia, que constituyen hoy una epidemia en varias localidades de nuestro país. Hay un puente entre estos dos crecimientos, el de la violencia sexual y el de los suicidios adolescentes.
En un informe reciente presentado en el Congreso de la Nación sobre la situación de la salud mental en Argentina, que abarca a 16 provincias, se reporta que el 63% de los adolescentes internados por conducta o ideación suicida han padecido abuso sexual y son mujeres.
¿Qué soporte subjetivo para tantos trabajos psíquicos pueden ofrecer hoy los adultos formateados por el neoliberalismo?
¿Cómo se construye alguna ilusión que sostenga el deseo de estar vivo o viva para estas adolescencias? Una cadena de precariedades en la corposubjetividad los arroja al vacío cuando todavía nuestros niños, niñas y adolescentes necesitan sentirse con soportes externos firmes que aún no pudieron construir intrapsíquicamente.
El miedo y la violencia destructiva y autodestructiva se constituyen como organizadores de una sociedad neofascista en la que predomina una cultura que no funciona como soporte de lo pulsional, sino que impulsa a las descargas sin transformaciones contra el otro u otra considerado diferente y sobre todo si está fragilizado: enfermos, jubilados, discapacitados, desocupados.
Pedofilia, explotación sexual y trata. No solo violencia intrafamiliar y grooming
En una sociedad con altísimas desigualdades, una gran porción de las infancias y adolescencias está condenada a solo sobrevivir, que es bien diferente a estar vivo o viva.
Y las redes de explotación sexual están al acecho. Ni siquiera ofrecen dinero. A cambio de comida, de carga para la tarjeta SUBE o de un porro captan a nuestras infancias y adolescencias vulneradas para que ingresen a esos dispositivos de dominación y trata. Todo bajo el confuso mensaje de que las estarían ayudando y protegiendo. Y muchas veces esas adolescentes no llegan a registrar que se trata de una explotación sexual, en un mundo en que la explotación laboral, la exclusión social y las fake news están naturalizadas.
Puede haber redes orgánicas, pero también hay redes pequeñas, que no siempre son internacionales. Actúan a través de secuestros, pero también de ofertas de empleo, personas que se presentan ante esas niñas como vínculo afectivo. Hay casos de transmisión transgeneracional de madres y abuelas en la misma situación que inducen a niñas y adolescentes.
Muchas cuestiones dan para confusiones, y por eso es tan importante pensar cómo nombrar. No se trata de pornografía infantil sino de trata y explotación sexual contra infancias y adolescencias.
Los proxenetas pueden presentarse como los referentes de esas niñas, y llevarlas a la consulta hospitalaria. Por eso es necesario considerar las condiciones para entrevistar a los y las adolescentes en los equipos de salud, no frente al adulto que los acompaña.
También hay explotación sexual en hoteles y lugares de turismo ligados a actividades en las que hay concentración de varones. Los mal llamados clientes son prostituyentes, y del sistema prostituyente se habla muy poco en la Argentina, como ya planteaba Juan Carlos Volnovich en su libro Ir de putas. Reflexiones acerca de los clientes de la prostitución.
A través de niñas y niños que viven en hogares de abrigo, se busca generar el contacto con otros niños allí alojados. Se habla de desapariciones, pero luego se sabe que la adolescente estaba con un “novio”, que puede ser parte de una pequeña red que ejerce la explotación sexual.
Es importante saber que desde hace pocos años se ha logrado una legislación por la cual quien filma y produce esa pornografía, quien la consume y quien la reenvía están alcanzados por la misma pena. Es un delito con desde cuatro años de cárcel. Hay detección por parte de Interpol que permite identificar el dispositivo desde el cual se realizó esa práctica y producir un allanamiento al pedófilo cuando ya todo está documentado. (…)
Estado actual de la protección de derechos
En este calamitoso escenario de retroceso y pérdida de derechos, estamos viviendo el contraataque a todos los avances conquistados en materia de reconocimiento, denuncia, evaluación, protección y atención interdisciplinaria de los efectos de las violencias sexuales.
Desde el poder se actúa para inhibir las justas denuncias contra progenitores agresores, sobre todo con poder económico y político. Se busca promover el miedo a denunciar en las madres y familiares protectores, y el miedo a intervenir para la protección y la atención en profesionales de distintas disciplinas.
Mucho ha sucedido en nuestra sociedad argentina en relación con provocar, desde el poder, un ataque a toda la gama de derechos adquiridos en los últimos años por infancias y adolescencias producto del avance en una legislación que es ejemplar en el mundo, y en los derechos humanos. También producto de luchas por parte de los feminismos, de grandes avances en cuanto a la conceptualización teórica acerca de los efectos en la salud mental individual y familiar de las violencias contra infancias, adolescencias y adultos protectores, en su mayoría madres.
Se trata de una ofensiva para neutralizar y retrotraer los logros adquiridos en derechos humanos, de género y de protección integral de la niñez.
Es así como, al momento de estar escribiendo esta introducción, nos encontramos con:
Un primer proyecto: impulsado por sectores del Gobierno aliados a grupos antiderechos y estudios de abogados que defienden a agresores sexuales, empujan una ley que se denomina “de falsas denuncias”, que criminaliza las denuncias por abuso sexual y violencia de género.
Propone penas de prisión de tres a seis años a quienes realicen denuncias que no terminen en condena judicial, que son la gran mayoría. La razón por la que la mayoría de las causas no termina en condena tiene que ver con la aplicación del falso SAP en la Justicia.
Se considera que las denuncias, en su mayoría de madres, no son para la protección de niños y niñas sino para separar a sus hijos/as del progenitor.
Poniendo en el centro los derechos de los adultos, aunque sean agresores, se desconoce el padecimiento de niños, niñas y adolescentes abusados/as y, en muchos casos, de sus madres protectoras.
La Justicia patriarcal ejerce complicidad institucional y no investiga o lo hace con criterios adultiformes (proteger el derecho del adulto), sobresee a los agresores y luego obliga a niños y niñas a “revincularse” con el progenitor agresor.
No puede haber “revinculación” cuando el adulto ya rompió el vínculo. Se trata de vinculaciones forzadas.
En lugar de garantizar justicia, se quiere avanzar en garantizar impunidad.
Un segundo proyecto actual pretende reformar la Ley 26.061, de protección integral de niños, niñas y adolescentes. Solo se tomaría como válido un único informe de un perito oficial designado por el juez, no necesariamente formado con perspectiva de niñez ni de género. Finalizaría así el derecho de las víctimas a declarar ante profesionales de confianza en un entorno protegido. El Poder Judicial resultaría cómplice de los agresores sexuales revictimizándolas.
Un tercer proyecto apunta a crear una comisión que revise las causas de los abusadores con condena firme. Quienes estuvieran condenados por abuso sexual, que siempre representan un porcentaje mínimo de los casos denunciados, se beneficiarían en función de posibles “errores judiciales”.
En medio de este contexto de retrocesos y de impunidad para los agresores sexuales, tanto las madres protectoras y otros familiares que les creen a los niños, como los y las profesionales de los equipos interdisciplinarios que trabajan con ellos, incluyendo peritos, pasarían a estar sospechados de mentir, deformar y realizar prácticas no éticas.
Complicidad de género y de clase por parte de una parte de jueces y juezas, defensores y defensoras de niños, niñas y adolescentes, fiscales, psicólogos/as y trabajadores/as sociales que no se interesan por poder dialogar con otras disciplinas, conservando miradas que corresponden a una Justicia patriarcal, heteronormativa e identificada con el poder económico, a su servicio y protección.
El trabajo clínico frente a lo traumático
¿Cómo es el trabajo psicoanalítico que estamos convocados a realizar frente a la materialidad clínica con que nos encontramos en sujetos que han padecido un traumatismo por violencia sexual?
¿Con qué diferentes tipos de materialidad psíquica nos vamos a encontrar después del traumatismo y cómo se realiza la tarea de ligazón y ensamblaje, aunque hayan pasado muchísimos años ya?
Partimos de los aportes de Freud, sobre todo a partir de la segunda tópica y de Más allá del principio del placer (1920). Freud describe allí otra modalidad de funcionamiento psíquico que no se basa en la representación. Se sostiene en que la repetición busca la descarga independientemente del principio del placer. El afecto, la fuerza, predominan sobre la representación. El Ello ya no alberga solamente representaciones reprimidas sino también restos traumáticos que se dirigen a la descarga.
“Formas de la repetición que no se deben al retorno de un deseo previamente reprimido, sino a la insistencia de lo no procesado, como descubre Freud en 1920, lo no ligado, mociones que solo logran expresarse a través de la acción o la angustia, despliegue dramático que, al figurarse como tal en la mente del analista, dará origen a la representación. Inaugurando un ‘experienciar’ que requiere del sostén y la disponibilidad del analista en un proceso francamente intersubjetivo. Una verdadera ‘matriz secundaria de procesamiento y transformación’”. Es así como Alfredo Tagle, nombrando a este “entre” analista y paciente como matriz secundaria (la primaria está entre el adulto criador y el bebé, y da origen al psiquismo humano), se refiere al trabajo que llevará adelante la dupla terapeuta-paciente para ligar eso que no para de dirigirse a la descarga y de repetirse bajo la forma de compulsiones.
Si no se va construyendo un dique para lo pulsional a través de una transformación que ofrezca significados, tenderá compulsivamente a la descarga, que sería desligazón.
Sea cual fuere el nivel de organización alcanzado por el Yo, si este no puede realizar un trabajo de procesamiento, significando y entendiendo lo que ocurre, el resultado será destructivo de la trama psíquica y empobrecedor del Yo.
Si lo traumático aparece frente a un Yo todavía incipiente, no capaz de mantenerse integrado a partir del odio, se producirá una desorganización.
Con un Yo que ya estuviera más integrado, veremos la capacidad de este para reorganizar defensas. Lo que provoca efectos traumatizantes permanecerá disociado, o desmentido, y pueden producir actuaciones sin sentido o emociones incomprensibles.
La mayoría de nuestros/as consultantes padecieron violencias durante sus infancias y han tenido que recurrir a los más diversos y extremos mecanismos para seguir viviendo a lo largo de muchos años, llegando a nuestros consultorios e instituciones durante esa infancia, en la adolescencia o en la vida adulta. Algunos de ellos han padecido perturbaciones profundas ya en la matriz primaria, que se han traducido en el desarrollo de un falso self ante la imposibilidad de que un verdadero self pudiera manifestarse, teniendo que reaccionar en términos de Winnicott.
La transferencia es el terreno en el cual todo esto se manifestará y podrá ser primero alojado (no rechazado) y luego significado.
En muchos/as de nuestros/as pacientes encontramos que una regresión a la dependencia se dispara cuando hay condiciones ambientales propicias en dicha transferencia, lo cual constituye un futuro promisorio para ese análisis. Pero allí será fundamental la lectura que realice el analista recibiendo y no forzando resolver abruptamente dicha regresión.
Algunas preguntas que nos atraviesan son: ¿en qué momento de la constitución psíquica, de la conformación de la tópica psíquica, se produjo el ataque? ¿Se prolongó en el tiempo?
Pero también: ¿este ataque ligado a la violencia sexual sucedió en un aparato psíquico que ya había logrado la conformación de un Yo y de un inconsciente, o sea, había ya una tópica psíquica constituida a partir de que se hubiera instalado satisfactoriamente la represión originaria, en términos de lo planteado por Silvia Bleichmar? ¿O esto ocurre en tiempos previos a los de la demarcación de esta tópica, como podría ocurrir en la violencia sexual contra bebés? ¿O podríamos encontrarnos con un aparato psíquico cuyo incipiente armado tópico hubiera resultado desmantelado por acción del traumatismo?
¿Con qué apoyos contaba ese Yo, en relación con soportes de por lo menos un adulto que pudiera estar disponible para registrar que algo le estaría sucediendo e intervenir protegiéndolo?
Muchas veces nos encontramos con que ese adulto que constituye un soporte afectivo para ese niño o niña también atravesó un traumatismo por violencia sexual en su infancia, nunca procesado. No pueden a veces protegerlo/la de probables violencias sexuales, quedando expuestos a lo transgeneracional que se repite.
El amparo social para esa adulta o adulto criador es fundamental para que pueda tener la disponibilidad que la crianza demanda. Sin amparo social, no puede haber capacidad para alojar a un ser humano. Por eso resulta tan preocupante la propuesta del capitalismo neoliberal que considera que cada uno debe encargarse por sus propios medios de generarse las condiciones de sobrevivir, desconociendo y eliminando el rol de una comunidad amparadora.
¿Qué hace el Yo de esos niños que atraviesan traumatismos en tales circunstancias para seguir viviendo? ¿A qué mecanismos extremos tiene que recurrir y cuáles son los “efectos colaterales” en el aparato psíquico?
¿Se trata de “hablar de lo que sucedió” para que el trauma sea procesado? ¿O se trata de que no quieren o no pueden hablar porque sienten una retraumatización?
¿Cómo se manifiesta aquello que no ingresa en la lógica del lenguaje ni tampoco responde a las legalidades de las representaciones? Se trata de trozos adheridos a una realidad vivida, sin transformaciones, que irrumpen de manera cruda en medio de algo simbólico, o sea, en medio de un juego, dibujo o relato.
Se trata de restos sobre todo olfatorios, visuales, auditivos, que funcionan como elementos privilegiados en la lectura que realiza el analista a partir de que le resultan disruptivos en medio de otros elementos representados, y que le permiten detectar la presencia viva, tangible, de lo traumático. Esa presencia no es registrada por el propio sujeto.
Un olor de un caramelo que masticaba el agresor durante la agresión sexual. Una sensación de dolor que solía sentir con las infecciones urinarias que se impone a la percepción actual, aunque da resultado negativo en el análisis clínico. Una voz escuchada que no es una alucinación psicótica sino una percepción anclada en una vivencia en la escena que resultó traumática.
Lo que Bleichmar trabajó como lo indiciario.
El analista lo lee a partir de su manifestación más cruda e irreductible.
Tan importante como insumo para un psicoanálisis no endogenista que reconoce lo no metabólico proveniente del exterior y tiene que crear modos de intervención frente a esas manifestaciones que no deben ser confundidas con síntomas que requirieran ser interpretados.
¿Cómo entendemos las conductas sexuales abusivas de adolescentes contra niños y niñas? ¿Qué tipo de descargas no transformadas expresan?
¿Cómo operan los mecanismos defensivos y cómo trabajar en la psicoterapia para integrar lo que quedó disociado por obra del traumatismo?
Estas y muchas otras preguntas intentarán ser respondidas en estas páginas, abonando un psicoanálisis abierto a lo real que ingresa al aparato psíquico. Un psicoanálisis que entiende la violencia sexual no como un hecho que atañe solo al individuo o su familia, sino que puede verla como un engranaje de una cultura que produce inscripciones desubjetivantes en las corposubjetividades que fabrica.
Este psicoanálisis necesita trabajar en interdisciplina e intersectorialidad para resultar eficaz a la hora de aportar al procesamiento de estos traumatismos, cuestionando la neutralidad.
Como lo planteaba Laura Conte, psicoanalista del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), refiriéndose a los traumas provocados por el terrorismo de Estado: “Somos con nuestros pacientes un mismo cuerpo social fragmentado por el horror”.
El procesamiento dependerá de quién es la persona que ejerció la violencia, cuáles fueron las formas de su ejercicio, cuánto reconocimiento hubo en el medio familiar y social de la víctima, la prolongación en el tiempo, los recursos psíquicos de quien fue atacado/a, las condiciones de soporte emocional también en los adultos que están dispuestos/as a proteger a ese niño/a (madres y familiares protectores, profesionales de los equipos de salud que trabajan con estos casos).
También dependerá de las condiciones de reconocimiento o renegatorias de estas violencias que predominen en la sociedad en ese momento histórico.
Su magnitud y los efectos que produce en el psiquismo de quien lo padece la posicionan como una temática muy relevante dentro de la de salud pública.
☛ Título: Entre el trauma y el vivir
☛ Autora: Susana Toporosi
☛ Editorial: Topía
☛ Edición: 2026
☛ Páginas: 206
Datos del autora
Susana Toporosi, psicóloga (UBA) y psicoanalista de niños y adolescentes. Trabajó más de cuarenta años en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez de CABA, donde coordinó el área Salud Mental de Adolescencia.
Es miembro del Consejo de Redacción de la revista Topía e investigadora en la Facultad de Psicología (UBA) sobre abuso sexual infantojuvenil.
Escribió En carne viva. Abuso sexual infantojuvenil (Topía, 2018) y compiló, junto a Adriana Franco, La crueldad y el horror (Topía, 2023), artículos sobre violencias sexuales contra niñas, niños y adolescentes.

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