Ignorar la realidad no la hace desaparecer. Javier Milei es una extravagancia institucional y un error de la democracia. Representa una deriva del republicanismo que, incluso para la derecha liberal, resulta ser un experimento temerario cuyo mesianismo colisiona de frente con el pragmatismo de la razón. Lo que este gobierno ejecuta bajo la bandera de la ideología es sencillamente intolerable; nos asiste, por lo tanto, la obligación de impedir su prosecución antes de que el daño al tejido nacional sea irreversible.
Cuando vemos la forma en que se trata, y solo doy tres ejemplos, a las personas con discapacidad, a los jubilados y a pacientes hospitalarios poniendo en riesgo concreto la vida de ellos, tenemos que tener claro que evitar la continuidad de esta políticas tiene como razón central, salvar vidas, que es el eje sobre el que cualquier humanismo y cualquier sentido ético debe girar, la sacralidad de la vida humana.
La prensa amiga del régimen repite una monserga que intenta confundir el legítimo reclamo con la sedición. Califican de «golpista» a todo aquel que busque poner límites al desastre. Seamos claros: el golpismo es la bota militar, el asalto a la Casa Rosada o la violencia física sobre el funcionario y el sabotaje organizado.
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Nada de eso ocurre aquí. Nuestra búsqueda es la finalización de una anomalía formal a través de los resortes que la propia Constitución prevé. El Juicio Político es un mecanismo tan legal como la elección que lo llevó al poder; y la movilización masiva, pacífica y popular es legítima ante un gobierno que pierde el sentido de realidad.
De la hegemonía al insulto: cómo la política argentina cayó en la trampa de los extremos
Lo que hoy enfrentamos no es una crisis política común, sino la erosión de la legitimidad de ejercicio. Cuando la anomalía deja de ser vista como una esperanza de cambio para ser percibida como una amenaza a la supervivencia social, el contrato se rompe.
La historia demuestra que cuando la brecha entre la gestión y la demanda social se vuelve insoportable, las instituciones cruzan un punto de quiebre inevitable. En nuestro país tenemos ejemplos que hablan de la relación entre la movilización popular y el destino de gobierno no queridos:
La Revolución del Parque (1890): Es el ejemplo de cómo una movilización urbana intensa puede derribar a un presidente. Juárez Celman encabezaba el «unicato», un modelo de concentración de poder y corrupción. Aunque la revolución fue contenida en las armas, la presión social forzó su renuncia, demostrando que el mando no es un cheque en blanco.
El 17 de Octubre de 1945: Fue el momento donde el «consenso de obediencia» se trasladó de las oficinas a las plazas. La movilización obrera obligó al gobierno de entonces a capitular y transformar el orden institucional, liberando a Perón y abriendo paso a la voluntad popular.
Diciembre de 2001: Bajo el grito de «Que se vayan todos», el colapso del modelo de convertibilidad y la traición a la clase media mediante el corralito detonaron la renuncia de Fernando de la Rúa. Fue la prueba de que un gobierno queda deslegitimado cuando rompe su función básica de garantizar la paz social.
Hay dos ejemplos en lo internacional como es lo de Islandia en 2009 donde las prácticas democráticas no se violentaron pero la protesta social logró sus objetivos y tras el colapso financiero, la ciudadanía entendió que la élite política había traicionado el contrato de protección económica.
La «Revolución de las Cacerolas» no fue un acto de violencia, sino de madurez ciudadana: el pueblo forzó la caída de la élite financiera y política que había destruido el bienestar común.
La realidad argentina nos exige, hoy más que nunca y parafraseando a Arturo Jauretche, ‘la urgencia de ser más inteligentes’ «
En Ecuador (1997), el Congreso utilizó la figura de «Vacancia por Incapacidad» para destituir a Abdalá Bucaram tras masivas protestas; el sistema político entendió que la salud de la República estaba por encima de la continuidad de un líder
Hoy, lo revolucionario es detener el avance del proyecto libertario, combinando táctica y estrategia en una sinergia virtuosa.
Existe una pretensión de restauración conservadora que debemos enfrentar con determinación. La realidad argentina nos exige, hoy más que nunca y parafraseando a Arturo Jauretche, «la urgencia de ser más inteligentes».
En verdad, lo que hace este gobierno es intolerable e insisto, pone en riesgo la vida de colectivos vulnerados, y tenemos la obligación de impedir su persistencia.
Es fundamental entender que el derecho a oponerse a un gobierno por vía popular (elecciones, pedir Juicio Político y hasta movilizaciones masivas) no es un acto puramente caótico, sino un proceso de sensatez social en defensa de la vida, la salud y la alimentación. Casi una consecuencia lógica de la evolución adaptativa. Ninguna especie quiere morir.
La legitimidad de ejercicio de este gobierno, está erosionada, las instituciones del Estado, dejaron de responder al sentido que le dan origen.
*Diputado nacional mc – Río Negro

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