Hay que atravesar el desierto de lo que nos falta para construir certezas

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“Todavía no estamos en el mundo, todavía no hay mundo. Las cosas todavía no se han hecho. La razón de ser no se ha encontrado” anotó en el siglo XX el surrealista Antonin Artaud.

Bastante antes, en 1593, el rey francés Enrique IV había impulsado una inédita era de tolerancia religiosa cuyo lema fue “París bien vale una misa”.

Y en los albores del oscuro siglo XIV, las tropas enviadas a Roma por Felipe IV “el hermoso” abofetearon, destituyeron y apresaron hasta su muerte al Papa Bonifacio VIII. Este rey de Francia acabó también con los Templarios, cuyo último Maestre, Jaques de Molay, antes de ser consumido por la hoguera, maldijo a viva voz a sus verdugos (Felipe IV y su Papa francés, Clemente V). La maldición parece que tuvo efecto, porque en ese mismo año de 1314 murieron ambos verdugos, y poco después, tras más de tres siglos de reinado, se extinguió el linaje de los Capeto, la Dinastía de Felipe IV.

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Como remate, algunas décadas más tarde, la Peste Negra arrasó Europa, matando a unos cincuenta millones de personas (cerca de la mitad de su población). Fue el principio del fin de la Edad Media.

En nuestro siglo XXI, Pete Hegseth no es el Secretario de Defensa del presidente estadounidense Donald Trump. El cargo que ostenta se denomina ahora Secretario de Guerra, como si ya no interesara disimular la pasión agresiva haciéndola pasar por un acto de autodefensa, sino que se elige mostrar abiertamente la intención de atacar, invadir (“apropiarme de lo que yo quiera” en palabras del propio Trump), fuera de toda consideración de las leyes vigentes y del Derecho Internacional.

Hegseth, aguerrido militante del llamado cristianismo sionista, invitó recientemente a orar por el éxito de la intervención militar en Medio Oriente iniciada en febrero, porque esa acción se realiza “en nombre de Jesucristo”. Tales declaraciones merecieron una rápida respuesta del actual Papa León XIV, que continúa la línea pacifista y pro “justicia social” de su antecesor Francisco.

“La misión cristiana ha sido a menudo trastocada por lógicas de dominio totalmente ajenas al camino de Jesucristo”, afirmó el pontífice nacido en Estados Unidos.

El Secretario de Defensa del presidente Donald Trump se denomina ahora Secretario de Guerra, como si ya no interesara disimular la pasión agresiva»

Las piezas se han movido de lugar: si en la Edad Media los monarcas europeos enfrentaron al Papado para disputarle la “centralidad universal”, y si durante los tiempos modernos, además de crear la Inquisición, muchos Papas apoyaron flagrantes injusticias como la expulsión de los judíos de España o la masacre de los aborígenes americanos en la Conquista, los actuales pontífices levantan su voz para poner un límite a quienes pretenden imponer al mundo las condiciones que habían gozado los faraones bíblicos.

El presidente argentino Javier Milei acaba de ser recibido en Israel por el primer ministro Benjamín Netanyahu. En compañía de este amigo, Milei dijo que “la Torá fue el antídoto contra las ideas de izquierda”, al tiempo que reiteró sus tradicionales ataques contra la justicia social.

Así como el Secretario de Guerra no tuvo empacho en invocar a Jesús para justificar sus aspiraciones imperiales, así tampoco lo tuvo Milei al predicar tamaña inversión del texto fundamental de la tradición judía. Parece evidente para cualquiera que lea el Libro del Éxodo, que allí la formación del pueblo hebreo se da en el marco de un levantamiento contra la esclavitud (léase “injusticia social”) implicada en el yugo del Faraón, y de la consecuente partida a los rigores del Desierto, donde la libertad que se busca solo es hallada en torno a la Ley recibida por Moisés.

Todas estas ideas “de izquierda” que vertebran la Torá, opuestas por el vértice a las arengas de los detractores contemporáneos de la justicia y los derechos humanos, son denostadas por ellos… en nombre de la Torá.

Milei dijo que ‘la Torá fue el antídoto contra las ideas de izquierda”, al tiempo que reiteró sus tradicionales ataques contra la justicia social'»

Tomando la perspectiva del psicoanálisis, donde la certeza -a diferencia de una “verdad”, que solo es posible balbucear “a medias”- se presenta como un fenómeno clínico radical (por ejemplo en la psicosis), podríamos abordar las aserciones extremas emitidas una y otra vez por todo un sector del liderazgo político mundial y enunciadas como verdades absolutas no sujetas a ningún tipo de duda, como si fuesen parte, o al menos se acercasen, a un discurso psicótico o delirante.

Pero hay también otro tipo de certezas, por ejemplo la que un sujeto que se psicoanaliza sería capaz de lograr, al final de un análisis, en tanto certeza de su “castración” (es decir, de la falta irreductible que lo habita), o la encontrada en el cogito cartesiano, a saber, la convicción de que “no puedo no existir mientras percibo que estoy dudando”, una certeza imposible de alcanzar sin el paso por la angustia (por el desierto, en términos bíblicos) de haberse atrevido a ponerlo todo en duda.

El texto bíblico puso en duda las míticas certezas que los antiguos necesitaron para construir las primeras sociedades humanas, y a partir de allí interrogarse sobre la posibilidad de una sociedad más libre, justa y armónica»

René Descartes, que para Lacan llegó adonde llegó en calidad de un “vagabundo” que transitó “la vía del deseo”, hijo intelectual del tiempo de tolerancia (aludido más arriba) que Enrique IV impulsó en Francia, y mucho más cercano a la tradición judaica que a las “certezas psicóticas” (su extremo opuesto), decidió tomar distancia de los múltiples saberes que había adquirido en las escuelas, viajar para aprender del Libro del Mundo, e indagar en sí mismo con el objeto de encontrar algo seguro en medio de tanta perplejidad (una perplejidad que no dejaba de acrecentarse desde la mencionada gran crisis del siglo XIV).

La Voz le dijo a Moisés: ‘seré lo que seré’; Descartes le dio una vuelta al mensaje divino y encontró en sí otra certeza: ‘yo soy, yo existo'»

Volviendo al texto bíblico, la novedad primordial anunciada en sus páginas consistió, también, en atreverse a poner en duda las míticas certezas que los antiguos necesitaron como sostén para construir las primeras sociedades humanas, y a partir de esa puesta en cuestión, acceder a interrogarse sobre la posibilidad de una sociedad más libre, justa y armónica.

Cuando Moisés le preguntó a la Voz que le habló desde la zarza ardiente cuál era su nombre, apenas recibió como respuesta la oracular sentencia: “Seré lo que seré”, y sobre ese “apenas” tuvo que ingeniárselas para emprender la proeza que lo aguardaba.

Varios milenios más tarde, Descartes le dio una vuelta de tuerca al divino mensaje, encontrando en sí mismo esa otra certeza: “Yo soy, yo existo”.

No es mucho lo que tenemos, pero tampoco es poco. Ahí está el incierto camino, invitándonos a transitarlo, y a hacernos cargo de la incompletud contenida en la afirmación de Artaud que encabeza estas líneas.

Toda pretensión de cerrar la brecha, de apropiarnos de lo que no nos corresponde (como ese cielo quequisieron los soberbios constructores de Babel o el infausto Ícaro), todo intento de obstruir la interrogación o el necesario tránsito por el desierto de lo que nos falta, recurriendo a certezas imposibles e inconsistentes, solo pueden llevarnos a la perdición y a la catástrofe.

* Escritor y filósofo; autor de «Vericuetos del Espanto» e «Invierno sueco. El último viaje de René Descartes»

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