Violencia y tristeza: nuevos datos de niñez y accionar estatal

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Argentina necesita ordenarse. No somos centroamérica, necesitamos restaurarnos en el hilo de Borges y Marechal, José Hernández y Sarmiento, Carrillo, Cortázar y Lugones, Yupanqui y Spinetta, Amelia Podetti. Cualquier exacerbación, por valiente que se manifieste, no dará con la meta añorada de una realidad más integrada y vivible, si no es adecuada al contexto específico.

El último estudio del Observatorio de la Deuda Social de la UCA refiere que prácticamente la tercera parte de los chicos tiene muy pocos amigos, casi el 20% padece ansiedad y tristeza y los problemas de aprendizaje trepan ya al 36,8%.

En esa ciénaga lacerante, donde la identidad de millones de chicos busca constituirse desesperadamente, optar como eje vertebrador de la conversación pública, por el último recurso de la persecución penal de un caso, a lo que es en realidad una epidemia sociosanitaria, entraña un doble riesgo: agotar la capacidad simbólica del poder estatal (¿Qué queda después del castigo?) y autogenerarse un efecto dominó (muchos, antes que ser un Don Nadie, prefieren ser Billy The Kid, el malevo famoso).

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Analizar científicamente el «efecto dominó» por una propagación por identificación ante la difusión de imágenes de control absoluto de «estilo Bukele«, se nutre del concepto de «Rasgo Unario«: según la teoría de la identificación histérica de Freud, el contagio ocurre cuando un grupo se identifica con un «rasgo» del otro para ordenar su propio deseo compulsivo.

En el nivel delictivo, cuando no están dadas las condiciones materiales y espirituales propias de un estado de justicia para desarrollarse constituyendo una identidad integrada, mostrar al delincuente juvenil como el centro de una guerra estatal, se lo dota de una identidad de guerrero. Furtivo guerrero que «hacer retroceder» o «preocupar» al aparato máximo del Estado. Luego, replicando el modelo punitivo sin evaluar la estructura de base en que el ecosistema de la vida se ha desordenado, opera como disparador.

La caída del Padre simbólico, inficionada por la licuación de la posmodernidad liberal, el descarte global que denunció Francisco y la delegación neuronal en la tecnología, es la derrota del ordenamiento del goce. En ese marco se produce la paradoja de la validación por el castigo, en la cual el adolescente, solo, triste y sedentario, resuelve su enigma: no sabe quién es y encuentra en la respuesta del poder una respuesta: «Eres un enemigo de la Nación«.

En Francia, en 2005, se dio quizás el caso más estudiado bajo la lente del «contagio». El detonante fue la muerte de dos adolescentes que huían de la policía en un suburbio de París (Clichy-sous-Bois). La respuesta del entonces ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, quien utilizó una retórica de estigmatización extrema (llamando «escoria» o racaille a los jóvenes) derivó en erigir lo que era una protesta local en una revuelta nacional de tres semanas.

Modelos matemáticos posteriores demostraron que la violencia se propagó como una epidemia; no hubo una organización central, sino que los jóvenes de otras ciudades se «identificaron» con el síntoma de París al verse reflejados en el discurso punitivo del gobierno.

En el Reino Unido en 2011 tras la muerte de Mark Duggan a manos de la policía en Tottenham, Londres, los disturbios se extendieron a Birmingham, Liverpool y Manchester en cuestión de días.

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Investigadores de la Universidad de Keele (informe Beyond Contagion 1) concluyeron que el factor clave no fue la «criminalidad sin sentido», sino la construcción de una identidad compartida.

En Nepal 2025/26 el caso de la «Generación Z» es un caso muy reciente y pertinente por el uso de la tecnología. Ante críticas y burlas en redes sociales hacia los hijos de la élite política («nepo babies»), el gobierno prohibió plataformas de redes sociales. Los jóvenes adoptaron símbolos de la cultura pop (como la bandera de One Piece) para representar su resistencia. El vacío de liderazgo tradicional fue llenado por una identidad de red que terminó forzando cambios en el gabinete nacional.

En Chile 2019, se dio el «Efecto Torniquete» en relación con la Identidad Escolar. En un trasfondo económico, el detonante fue la respuesta estatal ante la evasión masiva del metro por estudiantes secundarios. La criminalización de adolescentes de 14 a 16 años y el despliegue militar inmediato produjo en espejo una masa juvenil (que no tenía una dirección política clara en ese momento) que adoptó el salto del torniquete como un rasgo de identidad nacional, en las regiones del país.

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Una comunidad organizada es una comunidad liberada. Hoy depende de recuperar el orden material y espiritual (familia, trabajo, educación, pertenencia, integración) antes de que la mímesis de la violencia escale. No hay mayor desorden que el abandono de nuestras tradiciones y el quiebre de la movilidad social ascendente.

¿Eso significa no sancionar? ¡Todo lo contrario! Implica establecer condiciones sustanciales primarias en las que la sanción es un recurso predicado, un accidente de esa sustancia: traducido, puedo cobrar penal por tocarla con la mano, si antes: puse la cancha y la pelota, marqué el área, capacité al árbitro, hice factible el disfrute del juego, dispuse una sombra para compartir un jugo y unos choripanes en el tercer tiempo.

(1) Un nuevo informe concluye que la identidad social fue clave en la forma en que se propagaron los disturbios en Inglaterra en 2011

Matías Dalla Fontana es psicólogo (UCA)

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