El 21 de abril de 2025, miles de peregrinos todavía comentaban el pequeño milagro que habían presenciado el día anterior en la celebración de la Pascua: el Papa Francisco, a sus 88 años y con una neumonía encima, recorrió la Plaza de San Pedro desde un papamóvil descubierto, estaba recuperado pero débil.
Pero a las 9:45 de aquel lunes, el Vaticano anunció dramáticamente que Francisco había muerto esa madrugada de un derrame cerebral mientras dormía.
Al luto masivo surgido por la muerte de uno de los papas más populares de las historia siguió uno de los cónclaves más vigilados en décadas. Al final, el 8 de mayo, una elección rápida que descolocó a casi todos los que creían tener el mapa del próximo pontificado: Robert Francis Prevost, un agustino nacido en Chicago que pasó buena parte de su vida sacerdotal en el Perú.
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El favorito de los progresistas dentro del cónclave tampoco era Prevost sino el cardenal Pietro Parolin, el anciano secretario de Estado y figura de confianza de ese sector, cuya eventual elección habría cerrado definitivamente la cuestión de la Misa en latín. Prevost les resultaba menos predecible.

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Aunque nacido en Illinois (EEUU), la psique eclesial de Prevost se forjó en las selvas y barrios humildes de Perú, una biculturidad que terminó seduciendo a los cardenales electores indecisos en el cónclave. No sería el embajador de los intereses de Washington en Roma, sino un gran conocedor de la periferia que podía entender el «idioma Francisco» pero con un talento administrativo que el papa argentino no tenía.
Desde que apareció en el balcón de la Basílica de San Pedro, tras su proclamación con el nombre de León XIV, dos sectores de la Iglesia empezaron a disputarse su figura como si fuera un trofeo.
Por un lado, los progresistas más combativos —un grupo de funcionarios y periodistas cercanos al entorno franciscano bautizados con ironía como «las viudas de Francisco»— se apresuraron a proclamar que el nuevo Papa era, en esencia, la continuación natural del papado anterior.
Sostenían que Francisco había elegido directamente a Prevost, que era su heredero ideológico, el hombre que continuaría su obra. La narrativa del «Francisco II» les resultaba útil para presentarse como los guardianes de una revolución inconclusa en la Iglesia.
Incluso voces tradicionalmente cercanas a Francisco, como su biógrafo Austen Ivereigh, o el vaticanista Gerard O’Connell, tuvieron que reajustar sus historias. Ya que lo que en mayo de 2025 se leía como una transición natural hoy es analizado como una corrección de rumbo necesaria pero dolorosa para la Santa Sede.

La realidad es que la narrativa progresista era falsa. Al igual que anteriores Papas, Francisco nunca tuvo un sucesor designado, no dejó una carta secreta con instrucciones ni tejió en las sombras la candidatura de ningún cardenal antes de morir.
Los conservadores, por su parte, sufrieron un escalofrío inicial, convencidos de que Prevost era un nuevo Francisco dispuesto a empujar a la Iglesia en una dirección todavía más liberal, pero con más astucia y sin los gestos revolucionarios de su predecesor.
Ambos bandos se equivocaron. Y esa es, quizás, la característica más definitoria del primer papa estadounidense. ¿En qué pontífice se convirtió, exactamente, el hombre al que sus amigos llaman «Bob», al que el mundo conoció como León XIV y que otros hubieran querido llamar «Francisco II«?
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Parte de la dinámica en juego en las primeras semanas del papado de León XIV era que tanto progresistas como conservadores veían en él lo que querían.
Prevost, un hombre desconocido para el mundo entero, tenía peso en el Vaticano. El estadounidense había llegado a Roma llamado por Francisco, como prefecto del Dicasterio para los Obispos y había participado en el Sínodo sobre la Sinodalidad.
Su llegada coincidió con un ambiente turbio en el Palacio Apostólico. Citado por el británico The Times, a principios de 2025 un alto funcionario de la Santa Sede había comparado la política del Vaticano con “una corte renacentista” dividida en pequeñas facciones o camarillas que buscaron influir en la elección del próximo Papa.
Las rencillas continuaron con mayor fuerza después del período de Sede Vacante y el viejo grupo conocido como «las viudas de Francisco» —a los que el difunto pontífice parecía tolerar solo para hostigar a los tradicionalistas— impulsó con fuerza la narrativa de Prevost como un «Francisco II».
Del otro lado, los cardenales conservadores más influyentes, varios de los cuales se habían opuesto abiertamente al reinado de Francisco, veían a León como producto del «sistema Bergoglio». Pero también se equivocaron.

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Casi un año después de la elección de Prevost, ninguno de los dos bandos tan fuertemente divididos en la era Francisco tiene motivos para celebrar.
Un sacerdote que trabaja con León XIV en Roma lo describió en términos que ya se repiten en los pasillos de la Santa Sede: “Es de izquierda en el medioambiente, claramente no le gusta la política exterior de Trump, pero instintivamente conservador en materia de moral sexual.”
Esa combinación no encaja en ninguna de las grietas que dejó Francisco. Y eso parece ser exactamente lo que León XIV quiere.
La herencia que recibió León XIV no era sencilla.

Doce años de pontificado habían dejado una Curia dividida, procesos judiciales cuestionables, reformas a medio implementar y una tensión litúrgica que había radicalizado a sectores enteros de la Iglesia, especialmente en los Estados Unidos.
Entre los funcionarios más notorios del entorno bergogliano figuraban nombres que los vaticanistas conocen bien: Pietro Parolin, el secretario de Estado que firmó el polémico acuerdo con Pekín sobre la designación de obispos chinos; Arthur Roche, el prelado inglés que aplicó con especial rigor las restricciones a la Misa tradicional; y el cardenal Víctor Manuel Fernández, el argentino conocido como «Tucho», a quien Francisco designó guardián doctrinal de la Iglesia.
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La pregunta que se instaló desde el primer día fue si León XIV mantendría ese esquema o comenzaría a desmantelarlo. Pero el Papa tomó su propio camino y con su propio estilo.
El 30 de marzo, León XIV anunció una reestructuración de la Curia, pero el hecho de que el Papa mantenga hoy en sus cargos a esos tres hombres cercanos a Francisco (aunque Roche ya tiene los días contados porque llegó a la edad de jubilación) es motivo de confusión.
En el caso del cardenal Fernández, los conocedores del Vaticano señalaron que León lo mantiene en su puesto pero vació de contenido sus funciones. Las grandes decisiones doctrinales ahora pasan por un comité de juristas que el Papa consulta en privado.
La preferencia de León por funcionarios curiales experimentados, junto con la promoción de un grupo de religiosos angloparlantes conocidos por su eficiencia y pragmatismo, refleja también su propia trayectoria: antes de ser Papa, Prevost dirigía el dicasterio encargado de supervisar a los obispos del mundo.

En lo litúrgico, León tampoco hizo gestos espectaculares. El Papa no derogó el decreto de Francisco que había restringido la Misa Tridentina, pero sus señales hacia las comunidades que la practican —especialmente en Francia— fueron lo suficientemente cálidas como para que esos sectores comenzaran a respirar.
En otro gesto que no pasó desapercibido, el Papa convocó para los ejercicios espirituales de Cuaresma de la Curia romana al monje-obispo noruego Erik Varden, teólogo con un perfil decididamente ortodoxo y un creciente predicamento entre los católicos más jóvenes.
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El regreso al castillo papal de Castel Gandolfo y al Palacio Apostólico —Francisco rechazó las vacaciones y vivió en la Domus Sanctae Marthae, la residencia de huéspedes del Vaticano desde su elección— fue otro mensaje claro. Y también lo fue la restitución del protocolo formal en las audiencias y ceremonias pontificias.
Para muchos en la Santa Sede, esa normalización del decoro institucional fue recibida como un alivio que trascendía las disputas ideológicas. “El Papa sabe que nada bueno puede construirse mientras los pulsos no vuelvan a la normalidad. Ese es su primer regalo a la Iglesia entera”, dijo un alto funcionario del Vaticano.
Otra de las cosas que León XIV no copió de Francisco fue su forma de gobernar la Iglesia.

El argentino tendía a la informalidad, al gesto improvisado, al círculo reducido de confianza. Algunas fuentes internas reconocieron que ejerció el poder con mano dura: “Francisco demuestra un autoritarismo que la Curia no ha visto en mucho tiempo”, dijo un alto diplomático destinado en Roma.
En 2018, el New York Times dijo que, bajo Francisco, la vida en el Vaticano era “más inestable” que bajo el intransigente alemán Benedicto XVI (2005-2013). “La amenaza de despidos o purgas está siempre presente, el poder de ciertos cargos se reduce, la probabilidad de un latigazo papal aumenta”, escribió el periódico estadounidense.
Inmediatamente después de la muerte de Francisco, varios cardenales expresaron abiertamente su malestar por el estilo solitario de gobierno que ejercía el Papa argentino.
Pero León XIV se esforzó por escuchar a todos. En enero pasado convocó a todos los cardenales del mundo para un consistorio extraordinario de dos días, retomando una práctica de consulta colectiva que Francisco había prácticamente abandonado.

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En ese consistorio, de los cuatro temas previstos —liturgia, reforma de la curia, evangelización y sinodalidad— los primeros dos no llegaron a debatirse por falta de tiempo. Algunos lo interpretaron como una derrota de los reformistas.
La normalización del rol papal también incluyó una reforma silenciosa pero letal en la estructura superior de la curia: León dejó de convocar al «C9» —el consejo de cardenales creado por Francisco— para devolver el peso de las decisiones a los jefes de los Dicasterios.
Bajo la premisa de aplicar con rigor la Constitución Praedicate Evangelium, el Papa transformó la monarquía absolutista del Papado en una estructura de gestión profesional, donde el carisma se subordina a la institución.
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Hasta hace pocas semanas, el perfil público de León XIV era el de un hombre capaz y reflexivo, pero sin el magnetismo de sus predecesores. El analista Marco Politi lo dijo con precisión: “Era visto como un Papa muy sensible y de alta cultura, pero no se le consideraba tan carismático como Francisco o Juan Pablo II”.
Pero eso cambió cuando Donald Trump, en plena guerra con el régimen islámico iraní, amenazó con destruir la civilización de Irán y las especulaciones sobre un posible uso de armamento nuclear empezaron a circular abiertamente.
León cruzó entonces una línea que había respetado durante meses: calificó de «inaceptable» la retórica bélica del presidente de Estados Unidos e instó a los ciudadanos estadounidenses a presionar a sus representantes para que trabajaran por la paz.
Trump respondió en sus redes sociales llamando al papa “FRÁGIL en materia de delincuencia y terrible en política exterior”. La primera ministra italiana Giorgia Meloni, aliada habitual de Trump, calificó el ataque de “inaceptable” y defendió el derecho del pontífice a pedir la paz. El vicepresidente JD Vance, católico practicante, le sugirió al Vaticano que se limitara “a cuestiones de moralidad”.
La dureza del Papa frente a la Casa Blanca tiene precedentes diplomáticos en 2003, cuando Juan Pablo II se opuso frontalmente a George W. Bush por la invasión a Irak. Sin embargo, León XIV fue más allá del llamado a la paz, invocando la doctrina social de la iglesia para cuestionar no solo la guerra sino el carácter moral del liderazgo.

León XIV respondió a los ataques del establishment estadounidense diciendo que el mundo estaba “siendo devastado por un puñado de tiranos” y repitió su crítica a quienes utilizan la religión para justificar la guerra.
Para Politi, fue una ruptura histórica: “Un ataque medieval; nunca en los tiempos modernos hemos visto a un jefe de Estado atacar tan directamente al papado romano”. Pero esto impulsó a León al centro de la escena: “Se ha convertido en un punto de referencia para la opinión pública mundial… para la mayoría de las naciones” que “no quieren una política de brutalidad como la que persigue Trump”, agregó el experto.
La experta vaticanista Elise Ann Allen señaló el efecto paradójico del enfrentamiento: “Este ha sido León desde siempre, pero el mundo por fin está despertando a quién es él”. El choque con Washington le dio al Papa una plataforma que ningún discurso ordinario le habría podido dar.

Hay una ironía notable en todo esto: el primer papa estadounidense de la historia terminó ganando visibilidad global enfrentándose al gobierno de su propio país. Y lo hizo sin el dramatismo calculado que a veces se le atribuía a Francisco, sino simplemente diciendo lo que pensaba porque creyó que era necesario hacerlo.
“León ha encontrado su lugar en el papado y ha encontrado su voz. Y no creo que vaya a dar marcha atrás”, concluyó Allen.
A un año de la muerte de Bergoglio, el «huracán Francisco» sigue soplando pero con menor fuerza. El hombre que hoy se sienta en el trono del Vaticano no es su sombra ni su corrector. Es un hombre distinto, con una lógica propia, que está aprendiendo —en tiempo real— a ser Papa.
Y algunos creen que todavía no terminó de mostrar sus cartas.

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